La habilidad manual no es un patrimonio común de los seres humanos, como para mi desgracia he tenido ocasión de comprobar desde que tengo memoria. De los dedos morados por golpear con el martillo donde no debía a pinchazos evitables, el cuadro con el marco roto tras haber fallado el clavo o las gotas de aceite hirviendo sobre la piel. Y eso en caso de acertar con el huevo y no como aquella vez en que olvidé poner la sartén y, tras quebrar la cáscara, lo eché directamente sobre el fogón. Y ni les cuento de la limpieza consiguiente.
No hay genética que pueda justificar el ser un manazas (mi hermano es la antítesis de esta inepcia) ni aprendizaje que valga. Y mira que me he esforzado para evitar el consabido «¡Tú no, mejor déjalo, no la vayamos a liar!». En esa línea, el refrán que es hoy título supone también la triste constatación de unas carencias que, a estas alturas, tienen difícil arreglo. ¡Es que ni una sola trucha! Pero no es sólo que se me resistan martillo o tijeras (falta la rueda para completar tres de los mejores inventos de nuestra especie) sino que, por copiar al rumano Cioran, todo lo que ha producido el genio técnico (excepto el boli y antes la estilográfica) me inspira un terror casi sagrado.

En cambio, si dispongo en mi arsenal de celo, cinta aislante y algún que otro palillo, puedo obrar maravillas.
Para el lomo despegado de un libro, celo; la cinta negra igual vale para un roto que para un descosido y, ayer mismo, arreglé la pantalla del ordenador inmovilizando la tecla de «Auto» con un palillo convenientemente insertado en la ranura. En mi caso, las manos duchas a veces han dado paso a la mano de santo por disimular la falta de destrezas en los dedos, esa gracia que no quiso darme el cielo. O la escuela primaria. Por cierto: ¿a alguien le ocurre lo mismo? Sería un consuelo…
Conocía de su existencia a través del médico Antonio Mesquida, buen amigo y alma de la misma, de modo que acepté con sumo gusto asistir al acto en que, a través de filmaciones sobre el terreno, se mostraban con cuatro pinceladas (resumir la solidaridad y sus matices es empresa imposible) los veinte años de actividad en diversos países.

Terminé, supongo que como todos los asistentes, reviviendo un cúmulo de sentimientos que, de algun modo, redimensionan. Aunque no quede más remedio que seguir cada cual en ese espacio que media entre la compasión y el egoísmo. Afortunadamente, Llevant en marxa nos empujó, siquiera por unas horas, hacia la primera y, con ello, la certeza de que seguir por ahí no sólo beneficia a algunos desheredados sino, aunque sea de paso, también a quienes se esfuerzan en conseguir, contra viento y marea, un mundo más justo.
Muchos recordarán, en tiempos de infancia o adolescencia y por lo general entre los chicos, el entretenimiento con cuerda de por medio. Un grupo en cada extremo y a tirar con todas nuestras fuerzas hasta comprobar quiénes conseguían arrastrar a sus contrarios. Recordado con la perspectiva de los años, no deja de resultar un algo metafórico, para los tiempos que seguirían, que ganar fuese retroceder y a la inversa: quienes avanzaban es que iban perdiendo.
A lo que se aprecia, la experiencia de la soga ha servido de poco porque se repite entrados ya en la madurez. Los grupos, los Partidos por llamarlos como se estila, las coaliciones o los visionarios, ganan un buen día y se llenan de lodo hasta las entretelas al tiempo que ponen a los perdedores a bajar de un burro; pierden en el siguiente embate y serán entonces ellos los denostados, aunque ni unos ni otros aprendan lo suficiente como para cambiar sus comportamientos: ya que no en el juego -más bien un esperpento-, siquiera en el tono con que se interpelan. Continúan entre charcos y traspiés con tal de hacerse con el momio y/o reforzar su egolatría, sin que haya final previsible ni argumento que los disuada.
Encima, alguna vez la cuerda podría romperse y no me refiero sino de pasada al Estado y el soberanismo catalán, uno a cada lado. En síntesis: un espectáculo que movería a compasión sino fuera por la reiteración y, entonces, el disgusto. Quizá todo dependa del pie con que nos levantemos. O de las emociones: nunca buenas compañeras de haber cuerda entre nosotros.
Los músicos callejeros concitan opiniones encontradas porque, al eventual placer que puedan proporcionar, se oponen las molestias que el sonido puede causar entre quienes nos sentamos en la terraza de cualquier bar en pos de la tranquilidad; junto a una copa y el rato de conversación distendida.

Los canta como se debe: con el acento y la convicción que precisan. Es argentina, agradable y traduce satisfacción al entonar las letras que en otros tiempos aprendí. Esta noche, o mañana, espero volvérmela a encontrar cuando tome asiento. Para tararear en voz baja junto a ella y cualquiera de estos días, si accediese, con ella.
El título, copiado de Góngora, parece inspirar el reciente comportamiento de Puigdemont. Para quien no esté al loro, el presidente de la C.A. de Cataluña, portavoz de la corriente soberanista y que, tras los palíndromos que mencionaba en el anterior post («Puigdemont en diferido»), sigue por los cerros de Úbeda -o del Montseny, como seguramente preferirá- tras ser requerido por el Gobierno del Estado para que aclarase, con un «sí» o un «no», la ambigua declaración de tal vez independencia. Su respuesta, cuatro folios en lugar del monosílabo, prolonga la incertidumbre y mantiene en el alero la evolución de un asunto que se ha convertido en acertijo.
En Mallorca, el «Ya te diré cosas», frecuente como contestación a cualquier emplazamiento, puede equivaler a la reacción de Puigdemont y, por lo que hace a Rajoy, la definición no es tampoco en su tierra lo habitual así que, si hubiésemos de elegir mediador -como se viene pidiendo- entre el gallego y el catalán, quizá un vasco sería la mejor opción, y su «¡Me c… en la leche: si estamos a setas, estamos a setas!», podría desencallar lo que puede convertirse en una tragicomedia de oídos sordos. Un sí pero no aunque tal vez. Y así, hasta finales del siglo.