Tras asistir el pasado martes a su discurso/espectáculo, la estupefación se mezclaba con los intentos varios por adscribir su posición a alguna experiencia pasada que me permitiera discernir la intención que subyacía en semejante confusión.
El «Sí pero no, por lo menos de momento» que creí entender, daba para cualquier hipótesis y, de entrada, no pude evitar pensar en Bárcenas: desde la Cospedal y sus pagos en diferido, en línea con Puigdemont, hasta la ambiguedad de Rajoy (¡Otro que tal baila!) asegurando que todo era falso salvo alguna cosa. No obstante y después de lo oído, habré de concluir que los turbios manejos no son exclusivos de esa Derecha corrupta que es ahora interlocutora para los diferidos ajenos. Sólo queda la esperanza de que, con parecidos talantes, se facilite un diálogo entre iguales.
Pero no acabaron ahí mis lucubraciones. ¿Y si el de la Generalitat estuviera por el palíndromo, como el mejor camino para la Declaración Unilateral de Indepe?
Porque lo cierto es que el sentido de su proclama no cambiaba, fuera escuchada al derecho o al revés. Al modo de «Olaf usa su falo», aunque el de Puigdemont quizá precise de excitación por parte de la CUP tras haberse encogido debido a las adversas circunstancias. Y puesto a hacerse ininteligible, quizá habría sido más propio anunciar en su comparecencia que había decidido «procrastinar las posverdades», en vez de posponer las mentirijillas. Igual significado, pero con términos más posmodernos y que tampoco habrían oscurecido su mensaje más de lo que consiguió. Únicamente me faltó el poder contemplar la cara de Don Mariano: impertérrito. ¿Y ahora qué?
Muchos de ustedes habrán conocido a alguno/a (a partir de aquí, ya no precisaré sobre miembros/as) que encarna, sin empanadilla de por medio, el estereotipo a que quiero referirme; ése que anda siempre a caballo entre el enfado y el lamento por no ser percibido como desearía, verse obligado a soportar lo indecible (el aludido no podría explicarlo, por confuso, de ser interrogado al respecto) y estar falto de respuestas acordes a sus merecimientos. Nada que ver con el caracter depresivo que alimenta la tristeza, sino con el talante de alguien para quien las interacciones, cualesquiera que sean, excitan su malestar y, en consecuencia, día tras día revela su enojo con palabras o gestos. Un desacuerdo con todos que se anticipa incluso al porvenir porque, como decía Mefistófeles en el Fausto, si se acaban unos problemas surgirán otros para amargarle la existencia y hacer patente que su copa, para los demás, está siempre medio vacía.
Haga lo que haga, nunca es apreciada su valía por mala voluntad, envidia o estupidez, de lo que se seguirá por su parte, si no el odio, cuando menos la desconfianza frente a todo y todos: el sistema, las circunstancias o esa oculta conspiración para anularlo. El arquetipo que me ocupa es una víctima que conoce con anticipación su inevitable fracaso a resultas de la incomprensión, la ajena torpeza o, en ocasiones, una constelación de factores que terminarán en contubernio para oscurecerlo o relegarlo. Como decía el pintor Liebermann refiriéndose a él mismo, ése a quien describo es también incapaz de comer todo lo que le gustaría vomitar y, por resumirlo, sólo se encuentra a gusto en los entierros.
La carrera no es sólo por mantener la forma física aunque también y, pasada la juventud, seguir con ella pese a la artrosis dice bastante del protagonista. Así, es comprensible que aún recuerde con admiración a un anciano, muchos años atrás, inmune al desaliento (mantener el aliento le costaba más) y empeñado en acudir cada mañana a la pista para seguirse probando junto a quienes por lo menos doblaba en edad.
¿Más razones para las estampías? Pues nada como nuestro entorno político para intuírlas a docenas. «Los indepes» catalanes, sin mirar a los lados y hacia quién sabe dónde (es lo que sucede con una guindilla en pleno culo); Rajoy, los pies en polvorosa en los días previos al enfrentamiento y en busca de apoyo y consejo por parte de Trump (¡Ahí es nada!);
Pablo Iglesias en zig-zag para ver de pillar votos en cualquier pista o, Pedro Sánchez, carrerillas cortas y detenerse cada tanto por averiguar cuántos le siguen. Se esprinta, ya digo, por conveniencia, hipocresía o impostura; para quedarse con el dinero ajeno o sus voluntades, convirtiendo en actual lo que dijera Oscar Wilde: que en asuntos de importancia, es el estilo y no la sinceridad lo que cuenta. No obstante, y por
seguir con el título, hay una evidencia que no debieran echar en saco roto los que en días pasados han armado la de dios es cristo: cuando el objetivo se presume lejano, mejor la carrera de fondo porque, de entregarse al esprint, pueden acabar exhaustos al poco de haber comenzado. Con la consiguiente frustración de quienes apostaron por ellos y aguardaban en la meta.
Que la vida es un entramado de coincidencias se hace patente cuando menos lo esperas y, en ocasiones, afloran con las mismas un aluvión de recuerdos que han permanecido durante años en la trastienda de la memoria. Les cuento. Hace unos meses cambié de domicilio y, por esas mismas fechas, retomé las páginas de un proyecto novelístico que ha estado en el cajón, a medio hacer, durante 25 años. Trata sobre la vida y milagros de un peculiar sujeto, Juan Casasnovas, que a lo largo de unos meses y tras conocernos en el hospital -en el que yo trabajaba y donde él ingresaba una y otra vez a causa de su progresivo deterioro-, me relató las mil y una historias que por entonces me cautivaron.
Casasnovas se hizo millonario con el contrabando de oro entre Suiza y la India, por su afición al juego terminó arruinado… Años después enfermó de cáncer, volvió a Mallorca y su hermana le mandaba mensualmente el dinero necesario para comer y pagar la habitación de la pensión donde se alojaba.
Se diría que el destino me ha traído al escenario donde transcurrieron los últimos años de mi personaje y, también por ello, el interés que puse entonces se ha renovado. Podría presumir que dejé a Casasnovas en suspenso hasta que la casualidad me pusiera de nuevo tras sus huellas. Tengo que preguntar en el bar si aún lo recuerdan y, conociendo a los dueños, me será fácil. ¡No me lo acabo de creer…!
El tal William Mathias Schöll, nacido en el siglo XIX, era un podólogo que, tras estudiar medicina, fundó su propia Compañía para comercializar objetos y productos varios no siempre relacionados con los pies. Murió hace 50 años y, sin embargo, los anuncios con su nombre como marchamo de calidad siguen martilleándonos, bajo la presunción -ya evidencia- de que para muchos nos hemos convertido, de ciudadanos, en meros clientes.

Todos mis respetos a Schöll y su envejecido negociete cambiado de manos, pero que a día de hoy nos sigan con el tal Doctor es, ante todo, una operación de marketing que promociona un batiburrillo sin garantías. En pocas palabras: a poco que se investigara, podría concluirse que la firma tiene poca credibilidad y, si me apuran, bastante de componenda. A este paso, podría ser que, cualquier día, nos salga Hipócrates avalando quién sabe qué.