MUCHO OCURRIÓ POR AZAR

Escribió Pascal que si la nariz de Cleopatra hubiera sido más pequeña, el aspecto de la Tierra entera habría sido otro. En esa misma línea creo que la casualidad, un detalle, cualquier acontecer inesperado, pueden determinar el curso de nuestra vida. Sin pretender ser un ejemplo extensivo, es lo que a mi me ha ocurrido en buena medida, tomando decisiones a propósito de sucesos o percepciones de los que no supuse a priori su impacto en mi devenir. Incluso emociones o querencias surgen en ocasiones sin premeditación, y el perenne hechizo frente a vistas montañosas supongo se originó por el entorno de aquel pueblo pirenaico de mi infancia, Queralbs, al que nuestro padre, militar, fue destinado cuando yo contaba apenas tres años y que sigo recordando con nostalgia. Cualquier día será tema para un post.

Me decanté por la medicina tras visitar un día la consulta del Dr. Forment,  en Figueres, y observar su seguro talante y la comodidad del despacho en que nos atendió, así como la respetuosa atención con que mis familiares escuchaban sus indicaciones. Después, y ya en la residencia de estudiantes de la calle Capitán Arenas, en Barcelona, vi pasar desde la ventana de mi habitación –la 105; nunca lo olvidaré- a quien unos años más tarde sería mi esposa. Sola, disfrutando del paseo y con un físico que me atraía desde que la vi, en un par de ocasiones anteriores, por la Diagonal. “¿La conoces?” –pregunté al amigo acodado a mi lado-. “Sí, claro. Se llama… Es mallorquina y vive allá abajo, en el colegio mayor Montserrat”. El caso es que, de no residir cercanos, jamás habría tenido la oportunidad que me brindó el destino.

Ya casados y todavía formándome en la especialidad elegida, seguían pesando mis lecturas sobre la Amazonia. Empecé en la adolescencia con las aventuras del Coronel Fawcett y seguí con “Los Yanoamas”, “El camino de El Dorado” de Uslar Pietri, Humboldt y su “Del Orinoco al Amazonas”… Tomaba apuntes, un listado de los animales selváticos por orden alfabético y tal mi afición que, ya durante el bachillerato, el profe de literatura me instó a que diese un par de charlas sobre el tema a mis compañeros de curso. Seguí en las mismas hasta que, finalizados los cinco años para la obtención del título profesional y ya con un hijo, decidí viajar como misionero seglar (desde mi agnosticismo nunca lo imaginé)  hacia la selva, con destino a orillas del río Madre de Dios y allí habría quedado – y tal vez desaparecido como ocurriera con mi héroe, Fawcett- si la fatal enfermedad de mi padre no me hubiera impelido a volver. Tras su fallecimiento, en excedencia del hospital barcelonés y sin trabajo, recalé en esta Mallorca donde esposa e hijo habían quedado a la espera de reunirse conmigo allá, en Puerto Maldonado.

Continué ejerciendo la profesión en una isla que nunca había entrado en mis planes. Por fortuna me adapté, terminó por encantarme y desde entonces hasta hoy. Aconsejaba Séneca encontrar un camino y hacerlo, aunque en mi caso aún no he averiguado si yo encuentro esos caminos o son ellos los que me apresan. Así he seguido y, mientras tanto, sin saber bien quien soy entre los varios que he sido y en espera del próximo imprevisto seductor, nada mejor que seguir el consejo de Claudio Magris y ponerme a escribir.

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DE LA MEDICINA AL BALOMPIÉ

El empleo de lenguajes propios de una actividad (idiolectos), jergas útiles para comunicarse entre iguales, debiera sin embargo cuidarse y las más de las veces evitarse si se pretende dialogar con ajenos a determinadas profesiones. La mayoría de entre ustedes sabrán del -en ocasiones incomprensible- vocabulario jurídico, pero por oficio quiero referirme hoy al que empleamos los sanitarios, útil para nosotros aunque con frecuencia impropio –aunque por hábito caigamos en lo mismo una y otra vez- frente a enfermos o familiares de los mismos. Y la reflexión me ha surgido, por extraño que parezca, a propósito del también idiolecto futbolero que vengo oyendo en la radio y del que les comentaré al final hasta que, ya harto, apago.

Sobre enfermedades y sus cuidados, el listado de expresiones de dudosa inteligibilidad para el profano se haría interminable. “¿Hacemos contención mecánica?” –me sugirió un colega en meses pasados respecto a alguien ingresado y que se tiraba de la cama con creciente frecuencia-. Y también yo hube de preguntarle a qué se refería porque así, de entrada, pensé que proyectaba restringir su acceso a vehículos, y no sujetarla al colchón para evitar golpes. Nombrar trastornos como odinofagia, nicturia o linfedema no aclarará nada o, si el oyente sabe algo de sufijos y conoce que terminar la palabra en “itis” alude a inflamación, puede interpretar la orquitis como inflamación de una orquesta y, de padecer enteritis, que se ha inflamado por completo: por entero.

Pero viene lo anterior, ya les digo, en paralelo a los apodos o metonimias (¡átame esa mosca por el rabo!) que suelen emplear quienes comentan los partidos de la jornada o por venir, dando semana tras semana la razón a Einstein cuando afirmó que la estupidez, a diferencia del genio, no tiene límites. Incluso muchos de quienes damos la espalda a balón y pataditas, hemos llegado a saber que los del equipo de Barcelona suelen ser designados como culés y, los del Madrid, blancos o merengues, aunque con otros colores pinten bastos y tal vez se precise un máster –con asistencia a clase, y no figurado como el de algunos próceres- para asignar ciudad, sin equívoco que valga, a rojillos y bermellones, amarillos, blanquiazules, azulones y rojigualdas o, como guindas del pastel que he debido ir anotando,  situar a leones y alfareros, periquitos, carbayones, pepineros o nazaríes. Y encima puede escucharse, añadido a lo anterior, que unos son del Cholo y los otros de Ancelotti o Scariolo. Todo antes de dejar el boli y cambiar de canal por dejar de oír memeces y, además, a gritos.

En aras de todo ello, deduzco que progresar debería ser, si no hacerse con mejores modos de emplear el tiempo, por lo menos procurar que, en algunos temas, el lenguaje fuera vehículo de transmisión y no obstáculo, evitando hacer palmario que lo que queda por aprender supera el fondo y atañe también a las formas. Desde aquí, procuren evitar una supuesta enteritis y, de ser hinchas alfareros tengan cuidado, no vaya a caérseles el jarro de las manos.

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EL TIMO DE ENDESA X

               Se trata de una empresa de servicio técnico y mantenimiento vinculada al grupo Endesa del que, según nos indicaron en la última reclamación presencial, se han separado recientemente, aunque a saber qué hay de cierto en ello dados los engaños y vaguedades a que nos tienen acostumbrados. La tal E-X factura entre 50 y 100 euros/año por unas prestaciones que pueden no haber sido requeridas; no existir contrato alguno firmado y si pese a ello se solicita su intervención para cualquier avería, tal y como ofrecen, el resultado deja mucho que desear. Llamamos en dos ocasiones tiempo atrás: la primera vez sin conseguir que acudiese nadie y, en la siguiente, hubimos de buscar a un técnico sin nada que ver con ellos. Les remitimos la factura para un reembolso que tardó varios meses.

               En vista de todo lo anterior, intentamos cancelar una relación impuesta y llevamos meses sin conseguir el menor avance. Hemos reclamado telefónicamente – no disponen de sede en nuestra ciudad y en Endesa nos advierten que se trata de otra compañía con la que “comparten datos pero no sistema” (?) – , aunque la comunicación con la tal X es un calco de lo que los mejicanos denominan relajo, es decir, mucho hablar para no llegar a conclusión alguna. Esperas interminables y te pasan a otro interlocutor hasta que te des por vencido/a, tras advertirte uno de ellos que deberán leerte las cláusulas (de un acuerdo que no has suscrito), lo que durará aproximadamente 15 minutos. Una quimera lograr que remitan al disconforme el inexistente contrato, no es factible darse de baja antes de un año de iniciado el mismo (?), de hacerlo proseguirán los cobros como si tal cosa y tampoco es posible advertir al banco que suspenda los pagos, toda vez que se trata de una factura conjunta: Endesa y su pareja X.

           “Si está usted en desacuerdo, deberá escribir una carta, a mano, dirigida a nuestra sede en la calle Hermosilla…”. Por concluir (lo que con ellos es pura utopía), todos los visos de una generalizada estafa moralmente inaceptable porque sus beneficios se sitúan por delante de cualquier otra consideración. Los presuntos usuarios, muy a su pesar, a seguir en las mismas. Y ellos, si te he visto -o escuchado- no me acuerdo. Así que vuelta a empezar.

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¿PALABRITAS PARA LA DISTENSIÓN?

                 A través de las palabras se puede llegar a la felicidad o, por el contrario, acabar en la desesperación. Así dijo más o menos Freud y en el caso de los diminutivos, las palabritas a que voy a referirme, si no enfado cuando menos incomodidad por esa infantilización a que nos someten, lo que en servicios sanitarios y por parte de enfermería (en boca de médicos/as es menos frecuente) suele ser costumbre extendida. Quizá se deba a la creencia de que de ese modo disminuye la ansiedad del paciente aunque, siquiera en la percepción de algunos, sólo consiga acercar la ridiculez a la cama del hospitalizado o  sillón de la consulta.

Le voy a poner una gotita: abra bien el ojito. Así me decía en cada ocasión la encargada de prepararme para la revisión del oculista. Nunca oí ojazo –lo que hubiese interpretado como término admirativo-, ojillo u ojete, éste último por razones obvias. Con parecidas formas, si acostado/a, “Levante un poco el culete para la inyeccioncita” y, al igual que con el ojito (aunque en este caso el sufijo “ito” por lo visto no procede), jamás culote, culo o culazo. “Mueva un poco la cabecita”, el piececito, este dedito… Reducciones todas con efecto impostado y que, más allá de la supuesta intención amable en su elección, algo tienen de falta de  respeto para con un receptor que bastante tiene con aguantar la situación para encima verse con órganos y apéndices minimizados.

Considero un error el orillar el nombre de las cosas cuando el interlocutor está obligado a asumir cuanto le venga encima y, por prudencia, se guardará de responder como haría si sentado en el bar. Así que ya iría siendo hora de dejarse de traseritos, muslitos o boquitas y tratar al necesitado/a de ayuda como se haría en otras circunstancias, empleando las palabras corrientes, sin reduccionismos u, otras veces, tecnicismos propios de un idiolecto que la población general no alcanza a entender porque no son empleados en el lenguaje cotidiano. En resumen, y en las relaciones entre profesionales y enfermos o presuntos, acabemos con las niñerías o términos sólo inteligibles por los enterados. De esto último ya comenté tiempo atrás en otro post.

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UN APLAUSO A LAS RESIDENCIAS DE MAYORES

           En los últimos tiempos y debido a un infausto problema familiar, he conocido de cerca la organización y funcionamiento de una de esas residencias; sabía de otras por terceros y no puedo por menos que expresar mi gratitud y admiración hacia las mismas. Quizá haya excepciones pero, hasta donde sé, la dedicación de sus empleados, desde los sanitarios/as a quienes atienden las llamadas o limpian, hacen de esos centros refugios para, llegado el deterioro y/ o la vejez, paliar en lo posible sus indeseadas consecuencias.

           Sin duda muchos de nosotros preferiríamos el final en casa, y el ingreso en una residencia, a más de subrayar ese inicio del último tramo, puede llevar aparejada la nostalgia por quienes nos acompañaban, acentuar la soledad y el silencio. Sin embargo, lo que he vivido corre parejo en buena medida a la descripción que, en la novela de Alice Munro –¿Quién te crees que eres?-, hace la protagonista, Rose, del centro donde lleva a su anciana madrastra. En los pisos superiores habitaban quienes estaban en peor estado, y en la primera planta los más espabilados y todavía en disposición de socializarse. Ahí se organizaban conciertos, programaban bailes, había juegos de mesa y algunos, escribe la autora, “dicen que son más felices de lo que lo han sido en toda su vida”.

          En mi reciente experiencia, bien es cierto que la vejez iguala y demasiadas veces, como dijera el poeta Rafael Pérez, con crueldad, pero he comprobado el exquisito cuidado e incluso con alguna que otra terneza doméstica, un buen aseo y alimentación, paseos en silla de ruedas por el jardín y, cuando el deterioro cognitivo o la dificultad respiratoria lo hacían necesario, el oxígeno y la vigilancia formaban parte de una cuidadosa atención, bajo la estricta supervisión de un médico que no tenía empacho en llamarnos (vivíamos lejos) cada par de días e informarnos de la evolución. Por todo lo anterior, y esa amabilidad que se prolongó tras el fallecimiento, un agradecimiento para el que las palabras no serán nunca suficientes.

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