En los últimos tiempos y debido a un infausto problema familiar, he conocido de cerca la organización y funcionamiento de una de esas residencias; sabía de otras por terceros y no puedo por menos que expresar mi gratitud y admiración hacia las mismas. Quizá haya excepciones pero, hasta donde sé, la dedicación de sus empleados, desde los sanitarios/as a quienes atienden las llamadas o limpian, hacen de esos centros refugios para, llegado el deterioro y/ o la vejez, paliar en lo posible sus indeseadas consecuencias.
Sin duda muchos de nosotros preferiríamos el final en casa, y el ingreso en una residencia, a más de subrayar ese inicio del último tramo, puede llevar aparejada la nostalgia por quienes nos acompañaban, acentuar la soledad y el silencio. Sin embargo, lo que he vivido corre parejo en buena medida a la descripción que, en la novela de Alice Munro –¿Quién te crees que eres?-, hace la protagonista, Rose, del centro donde lleva a su anciana madrastra.
En los pisos superiores habitaban quienes estaban en peor estado, y en la primera planta los más espabilados y todavía en disposición de socializarse. Ahí se organizaban conciertos, programaban bailes, había juegos de mesa y algunos, escribe la autora, “dicen que son más felices de lo que lo han sido en toda su vida”.
En mi reciente experiencia, bien es cierto que la vejez iguala y demasiadas veces, como dijera el poeta Rafael Pérez, con crueldad, pero he comprobado el exquisito cuidado e incluso con alguna que otra terneza doméstica, un buen aseo y alimentación, paseos en silla de ruedas por el jardín y, cuando el deterioro cognitivo o la dificultad respiratoria lo hacían necesario, el oxígeno y la vigilancia formaban parte de una cuidadosa atención, bajo la estricta supervisión de un médico que no tenía empacho en llamarnos (vivíamos lejos) cada par de días e informarnos de la evolución. Por todo lo anterior, y esa amabilidad que se prolongó tras el fallecimiento, un agradecimiento para el que las palabras no serán nunca suficientes.



















