¿PALABRITAS PARA LA DISTENSIÓN?

                 A través de las palabras se puede llegar a la felicidad o, por el contrario, acabar en la desesperación. Así dijo más o menos Freud y en el caso de los diminutivos, las palabritas a que voy a referirme, si no enfado cuando menos incomodidad por esa infantilización a que nos someten, lo que en servicios sanitarios y por parte de enfermería (en boca de médicos/as es menos frecuente) suele ser costumbre extendida. Quizá se deba a la creencia de que de ese modo disminuye la ansiedad del paciente aunque, siquiera en la percepción de algunos, sólo consiga acercar la ridiculez a la cama del hospitalizado o  sillón de la consulta.

Le voy a poner una gotita: abra bien el ojito. Así me decía en cada ocasión la encargada de prepararme para la revisión del oculista. Nunca oí ojazo –lo que hubiese interpretado como término admirativo-, ojillo u ojete, éste último por razones obvias. Con parecidas formas, si acostado/a, “Levante un poco el culete para la inyeccioncita” y, al igual que con el ojito (aunque en este caso el sufijo “ito” por lo visto no procede), jamás culote, culo o culazo. “Mueva un poco la cabecita”, el piececito, este dedito… Reducciones todas con efecto impostado y que, más allá de la supuesta intención amable en su elección, algo tienen de falta de  respeto para con un receptor que bastante tiene con aguantar la situación para encima verse con órganos y apéndices minimizados.

Considero un error el orillar el nombre de las cosas cuando el interlocutor está obligado a asumir cuanto le venga encima y, por prudencia, se guardará de responder como haría si sentado en el bar. Así que ya iría siendo hora de dejarse de traseritos, muslitos o boquitas y tratar al necesitado/a de ayuda como se haría en otras circunstancias, empleando las palabras corrientes, sin reduccionismos u, otras veces, tecnicismos propios de un idiolecto que la población general no alcanza a entender porque no son empleados en el lenguaje cotidiano. En resumen, y en las relaciones entre profesionales y enfermos o presuntos, acabemos con las niñerías o términos sólo inteligibles por los enterados. De esto último ya comenté tiempo atrás en otro post.

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UN APLAUSO A LAS RESIDENCIAS DE MAYORES

           En los últimos tiempos y debido a un infausto problema familiar, he conocido de cerca la organización y funcionamiento de una de esas residencias; sabía de otras por terceros y no puedo por menos que expresar mi gratitud y admiración hacia las mismas. Quizá haya excepciones pero, hasta donde sé, la dedicación de sus empleados, desde los sanitarios/as a quienes atienden las llamadas o limpian, hacen de esos centros refugios para, llegado el deterioro y/ o la vejez, paliar en lo posible sus indeseadas consecuencias.

           Sin duda muchos de nosotros preferiríamos el final en casa, y el ingreso en una residencia, a más de subrayar ese inicio del último tramo, puede llevar aparejada la nostalgia por quienes nos acompañaban, acentuar la soledad y el silencio. Sin embargo, lo que he vivido corre parejo en buena medida a la descripción que, en la novela de Alice Munro –¿Quién te crees que eres?-, hace la protagonista, Rose, del centro donde lleva a su anciana madrastra. En los pisos superiores habitaban quienes estaban en peor estado, y en la primera planta los más espabilados y todavía en disposición de socializarse. Ahí se organizaban conciertos, programaban bailes, había juegos de mesa y algunos, escribe la autora, “dicen que son más felices de lo que lo han sido en toda su vida”.

          En mi reciente experiencia, bien es cierto que la vejez iguala y demasiadas veces, como dijera el poeta Rafael Pérez, con crueldad, pero he comprobado el exquisito cuidado e incluso con alguna que otra terneza doméstica, un buen aseo y alimentación, paseos en silla de ruedas por el jardín y, cuando el deterioro cognitivo o la dificultad respiratoria lo hacían necesario, el oxígeno y la vigilancia formaban parte de una cuidadosa atención, bajo la estricta supervisión de un médico que no tenía empacho en llamarnos (vivíamos lejos) cada par de días e informarnos de la evolución. Por todo lo anterior, y esa amabilidad que se prolongó tras el fallecimiento, un agradecimiento para el que las palabras no serán nunca suficientes.

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TURISMO: ¿CUÁNDO Y EN QUÉ PUNTO EL EQUILIBRIO?

             Sabemos de antiguo que no todo lo deseable se puede armonizar. Es lo que está sucediendo en algunos lugares, donde le masificación turística impide en buena medida justificar la pasta que los visitantes procuran: evidencia que pone de manifiesto una vez más que quienes debieran velar por el avance al unísono de progreso y bienestar, exhiben su incompetencia no sólo por lo que hacen sino también por lo que eluden, evitando tomar decisiones comprometidas y apostando por los parches. Tiritas en lugar de  un tratamiento intensivo para lo que ha dejado de ser llaga para convertirse en grave enfermedad social.

            Desde hace más de una década se viene hablando en las Baleares de un aporte económico –el turístico- que puede terminar en colapso, y es que más de 20 millones de visitantes harán inasumible a no tardar su consumo de espacio y recursos; algo equiparable a lo que venía ocurriendo en Venecia, con más de 600 visitantes por cada residente. No obstante, aquí, como en otros lugares y por distintas circunstancias, sigue siendo adecuado copiar a Séneca si quisiéramos recriminar a muchos dirigentes su inoperancia, repitiéndoles por enésima vez que hablan de un modo y actúan de otro. Vean si no la progresiva deforestación de la Amazonia por el comercio de madera y caña de azúcar, el hipócrita buenismo con ciertos inmigrantes y el rechazo de otros mientras algunos se siguen enriqueciendo con los diamantes o el coltán de sus países de origen o, por no seguir, Unidas Podemos junto al proletariado hasta hacerse de la casta. En el tema que hoy me ocupa, el dinero pone un velo –pero no descarta- al desastre que podría avecinarse, con lo que se diría que banalizar el mal no fue cosa solamente del nazi Eichmann.

              Tourist go home, rezan algunas pintadas callejeras que sin duda no han sido escritas por hoteleros o comerciantes, en los que priman los cuantiosos beneficios por sobre consideraciones tales como el deterioro medioambiental o el previsible agotamiento de  recursos y no solo energéticos. Entre otras cosas, humo de cruceros hasta oscurecer el horizonte o un avión cada 40 segundos hasta superarse los 1600 vuelos diarios, pero las patronales hoteleras aumentan sus ingresos entre un 30 y un 50%,  añadiendo a las habitaciones camas de tapadillo o, pese la la labor inspectora, el alquiler vacacional ilegal (hasta 1/3 del total, se publicaba hace unos años) sigue ofreciéndose bajo mano. El personal sanitario u otros trabajadores llegados a Ibiza no pueden costearse un alojamiento, y Formentera cuadruplica en verano su población. Cualquiera deduciría, tras considerar todo lo anterior, que sentido común y poder político no suelen ir de la mano. En cuanto a intereses privados y democracia, se dirían antónimos. ¿Hasta cuándo en el alero? Pues con masificación de por medio y en estas islas, hasta que todo se vaya a tomar… por donde el lector elija.

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CAFÉ: UN VICIO SALUDABLE. ¡BIEN!

La lectura de noticias suele situarnos habitualmente contra las cuerdas por los múltiples  riesgos de que nos advierten. Y no es, como escribiese T.S. Eliot, que seamos incapaces de soportar demasiada realidad, pero no se trata únicamente de violencia desatada o la incoherencia entre predicciones y comportamientos (el cambio climático es buen ejemplo). También lo que comemos y bebemos trae inquietudes aparejadas: que si mucho cuidado con las carnes rojas o procesadas, huir de las grasas -y nos viene a la cabeza el poco recomendable plato de ayer-, conviene evitar los embutidos, las bebidas azucaradas o el pan blanco, ni hablar de patatas fritas… Así que, supongo, compartirán el suspiro de alivio tras la nueva confirmación de los beneficios que proporciona el café y el placer de tomarse uno, de buena mañana, mientras se hojea el periódico.

Ya, desde  los primeros noventa, se sabe de numerosos efectos positivos del mismo para conservar la salud; disminución de incidencia para varias enfermedades crónicas: diabetes tipo 2 o Parkinson, protección frente a los cálculos biliares… En líneas generales, el consumo moderado de café (no más de 300/350 mgrs de cafeína al día), con o sin azúcar, se asocia a una reducción del riesgo de muerte, lo que confirma de nuevo un estudio prospectivo sobre población inglesa, publicado este mismo año 2022 en Annals of Internal Medicine y en el que se compara a los consumidores de 2 a 4 tazas diarias respecto a quienes no lo toman habitualmente.

Con más de 170.000 participantes en el cuestionario (precisando cuantas tazas, tipo de café con o sin edulcorante añadido, así como estilo de vida, patologías previas…), y en relación a un grupo control, se comprueba,  tras 7 años de seguimiento, que los bebedores de entre 2 y 4 cafés diarios tuvieron una significativa reducción (30% inferior) del riesgo de morir, por enfermedades cardiovasculares o cáncer, respecto a los no consumidores y sin relación con el tipo del mismo o la adición de azúcar, aunque sería aconsejable evitar su exceso. Los investigadores concluyen una vez más que el café (sin sobrepasar las 6  ó 7 tazas diarias, se indica en los comentarios) puede formar parte de un estilo de vida saludable y, en consecuencia, recomendarse a tenor de éste y otros estudios anteriores.

            Quizá, a pesar de las mencionadas evidencias, muchos seguirán con aquello de que lo más seguro es que depende, aunque con un bar por cada 175 habitantes en España, como indicaba el articulista Rodríguez Rivero hará un par de años, la barra libre para el café es toda una bocanada de aire. ¡Ojalá pudiera afirmarse lo mismo de un par de cervezas! O de la copa, siquiera de vez en cuando, tras el postre…

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SEMEJANZAS HASTA EL HASTÍO

         Al decir de Proust, todo lo que es del mismo tiempo se parece. Y todos, yo añadiría. Empezando por los Partidos políticos y sus representantes cuando, en pos de sus objetivos (que también son calcos, aunque con disfraz), quieren perfilarse, bien sea en sus silencios, bien en frases y proclamas. Servir a la ciudadanía con altura de miras –declararán desde la tribuna-, y los adversarios, advertirán,  siempre tras cortinas de humo para disimular mentiras e inepcia. Las corruptelas propias, cuando denunciadas, se investigarán, mientras que las ajenas marcarán de por vida. Ganará España si pierde la Derecha o la Izquierda según quién lo anuncie, porque ese es el “relato” de unos u otros, con el establecimiento de un “cordón sanitario” (entre comillas, sus nuevos descubrimientos léxicos) para el oponente.

            Iguales excusas, frases para la galería, énfasis, tópicos y, de no alcanzar una mayoría absoluta, las coaliciones serán la regla y motivo de calculado escándalo para los que no consigan poltrona: un “Gobierno Frankenstein” apoyado en indepes y bolivarianos, o la sabida identificación con el fascismo encarnado en Vox para, finalmente, un más de lo mismo por ambos lados:  sea en impuestos, salarios o repetidas alusiones a la necesidad de mejorar Sanidad, Educación y Servicios Sociales: ámbitos siempre citados juntos y en ese orden.

Pese a su distinta adscripción, admitirán que Macarena Olona (Vox) e Irene Montero, de Podemos, exhiben un parecido aire, o que el “débiles y débilas” y «ellos, ellas y elles», parece asumirse como máximo exponente de progreso en lo referente a igualdad de género. ¡Pero si incluso en el pelo, Donald Trump y Boris Johnson se dirían espejos! ¡O el Papa y nuestro rey emérito cojeando por un igual! Con semejante escenario, fácilmente extrapolable a cualquier país del entorno, ¿cómo confiar en el progreso si no hay contrarios, como acertadamente sugiriera William Blake? En resumen: ¡qué ganas de conocer a los distintos si acaso los hay! ¡Saber de diferencias más allá de las formas…! Siquiera por albergar la esperanza en un futuro prometedor y no el que nos dibujan, a poco más de un año vista, tirios o troyanos.

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