EL ESTÓMAGO A LA SOMBRA DE LA IGLESIA

Como la mayoría de ustedes, he comido o cenado en lugares varios y rodeado de los entornos más diversos: frente a bosques y llanuras, hechizado por el paisaje o ensordecido por los tubos de escape, contemplando el mar, los puentes sobre el Sena o en un interior sin apenas aireación. Pero en los pueblos de esta Mallorca donde vine a recalar para mi suerte, restaurantes y baretos los hay siempre en las plazas de las iglesias, al abrigo muchas veces de la fachada e incluso, en ocasiones, cerca de una escultura de Cristo junto a la puerta principal y con el dedo de éste, o de una santa, apuntando hacia los comensales sentados a pocos metros.

           Si de cambiar la sugerencia de Brillat Savarin, “Dime lo que comes y te diré quién eres”, a alguien se le ocurriese insinuar “Dime dónde comes y te…”, empezaría a preocuparme dada mi querencia por dichas plazas. No obstante, en la elección hay indudables ventajas, ciertas o imaginadas, y es que El cielo protector, título de la novela de Bowles, trasciende la literatura cuando sentado y mirando hacia lo alto. Parecida inspiración puede llevar al cliente, bajo los influjos sagrados, a sorber el vino de su copa como si de un cáliz se tratara y, de ser preguntado por el camarero sobre la calidad del mismo, contestar “divino” quizá sea la espontánea respuesta.

            En suma, que bebidas y condumio se vuelven especiales cuando distraemos la espera de las mismas con la observación de la arquitectura y estilo del rosetón, torres y agujas, estatuas, puertas y dinteles… Tanto es así, que incluso los descreídos obtenemos un especial placer en llenarnos la andorga en dichos lugares. Como quien dice en gracia de Dios. Y los creyentes, quizá sientan algo parecido a la levitación…

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MIS LECTURAS: AVENTURA, CONJETURA, PREMURA, HARTURA…

           Me refiero a las actitudes varias que uno puede adoptar cuando se enfrenta a la palabra impresa. En lo que a mí se refiere, suelen embargarme sensaciones encontradas y la seducción no es en muchas ocasiones la que prima, o bien se mezcla con otras que aportan algo distinto a lo que esperaba. No me refiero en exclusiva a obras de ficción, en las que seguir hasta el final o darlas a la mitad por terminadas puede ser una frecuente disyuntiva, sino también a artículos de opinión, recensiones de variado pelaje, informaciones con pretensión de objetividad…

Ya apunté hace unos años a este mismo tema que, por irresuelto, vuelve hoy a motivarme. A veces, el interés por las conclusiones prima por sobre una argumentación a la que sólo atenderé si estoy en desacuerdo con el final, de modo que la lectura se convierte en un salto desde el título a los últimos párrafos. Sin embargo, otras veces puede suceder que los traspiés empiecen a medio camino y continuar sea, de seguir en el empeño, todo un reto. Es sabido que quien escribe, aun siendo sólo un aficionado, se ve constantemente tentado a compararse con el autor que tiene delante, y es el motivo de que la lectura sea más bien análisis: excesivas reiteraciones, la terminología es impropia y quizá me pase un rato con posibles alternativas léxicas… De ser metáforas, puedo verme obligado a pensarlas dos veces y: ¿mejor adyacente que colindante? ¿La radio «pone» música o “emite”? Demasiados “de” en una misma línea, creo que sobra esta coma… Así hasta decir basta y ni les digo si, por el contrario, resulta que el escritor de marras se expresa como los ángeles, coexistiendo entonces el interés con una creciente frustración.

Comprenderán que el perseguido placer pase a ser, con excesiva frecuencia, un agotador ejercicio en el que pueda vencer el hastío o tal vez la envidia. Como apuntaba antes, resultará que puedo ir en pos de la tesis -como haría de estar frente a una revista científica- cuando se trata de una novela o, si entre manos cualquier lucubración, me pierda en forma y estilo sin importarme en absoluto el razonamiento. Según el ánimo del momento, quizá lea poesía al modo que lo haría con un estudio sobre mutaciones genéticas, y todo ello por la frecuente tendencia a priorizar mis –demasiadas veces erróneas- expectativas. Con tales mimbres, llevo tiempo pensando que a más de uno, entre los que me incluyo, no nos vendría mal un nuevo entrenamiento que nos permitiese leer dejando a un lado el lastre que suponen apriorismos, o el excesivo amor por lo propio, como tamiz para las redacciones del ajeno.

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SOBRE LA VIRUELA DEL MONO

          Sin haber terminado todavía con la Covid-19 y consiguiente inquietud, nos ha sobrevenido  esta rara enfermedad, sólo endémica en Africa central-occidental. El agente causal no es desconocido como era el caso del SARS-CoV-2, sino por un virus del que se sabe desde 1958 y el cual, de no ser adecuadamente tratado, podría resultar letal entre el 3-10% de los infectados.

No obstante, se ha dispuesto de mucho tiempo para conocer cómo se disemina y verificar su sensibilidad a determinados medicamentos. También se ha constatado que la vacuna contra la viruela –recibida durante la infancia por la mayoría de adultos con más de 50 años- ofrece una protección superior al 90%, de modo que para esta nueva afección estamos en mejor situación. Por lo demás, la transmisión sólo ocurre en situaciones de estrecho contacto físico y, a diferencia de la Covid, el ya afectado sólo contagia cuando presenta síntomas (el periodo de incubación dura entre una y tres semanas), de modo que evitar el contacto en caso de rash, ampollas en manos, pies y mucosas o fiebre sospechosa, disminuye sustancialmente el riesgo. En cuanto a los animales portadores,  usualmente se trata de roedores, raros en el entorno urbano, mientras que los monos, que dan nombre a la enfermedad, no son los reservorios habituales.

          Hasta ahora, se han reportado en España más de 700 infectados (la mayoría varones), lo que sitúa a nuestro país a la cabeza en Europa en cuanto a incidencia junto a Inglaterra, Portugal y Alemania, aunque a día de hoy no se ha comunicado ningún fallecimiento. Hubo constancia anteriormente (2003) de unos 70 casos en USA, por primera vez fuera de África y debido a ratas importadas de Gambia que trasmitieron el virus a perros de las praderas y de estos a humanos, pero ninguna diseminación como la actual, al parecer iniciada por un británico que viajó a Nigeria y quizá contrajo la infección a través de un animal salvaje. A partir de entonces, tal vez el virus haya podido mutar y aumentar su capacidad infectiva al igual que hemos conocido para el virus Covid en los dos años pasados, aunque no se hayan demostrado hasta aquí cambios sustanciales en el genoma del agente causal.

Otra preocupante hipótesis sería que la disminución de la inmunidad colectiva que pudiera haber producido el aislamiento por causa de la Covid (aumento de la distancia social, lavados más frecuentes, mascarillas… y en consecuencia reducción de la exposición a patógenos varios), hubiera hecho a la población más susceptible a diversas infecciones, ésta u otras, como efecto indirecto de la pandemia sufrida. Esperemos que ello no ocurra y, en cuanto a la viruela de mono, probablemente desaparecerá a corto plazo, precisamente por las dificultades de transmisión descritas y el conocimiento general sobre formas de contagio, sumado a la eficacia de la vacuna específica y medicación varia para reducir la gravedad en los afectados.

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¡SI ES QUE NO SE ENTERAN!

Nunca se elije tan mal como cuando no sabes lo que quieres, y esto viene siendo casi la norma en unas decisiones políticas erráticas y no siempre oportunistas, sino resultado de la inepcia. Basta un mero paseo por la ciudad, cualquiera de ellas y la que yo transito a diario es buen ejemplo, para constatar que, sean unos u otros quienes se hayan hecho con las poltronas, persisten sin arreglo errores, deficiencias o carencias repetidamente denunciadas y cuya solución no precisaría de alta tecnología o presupuestos inasumibles.

Por empezar en lo cotidiano, eliminar de una vez el escalón de las aceras, en los pasos de cebra, facilitaría el tránsito a quienes han de emplear sillas de ruedas o tienen dificultades para la normal deambulación. ¿Tan complicado sustituir cuatro bloques por una rampa de palmo? Pues décadas sin solución, al igual que algunas plazas de suelos que parecen diseñados en sus irregularidades y socavones para propiciar caídas y, cuando empedradas o enlosadas de nuevo, toda una muestra de heterogeneidad en la que pueden mezclarse la cerámica con los adoquines, placas de granito o mero cemento. Una querencia por el arte abstracto, tal vez. Pueden eliminarse los paneles laterales de algunas terrazas de bar que no suponían molestia alguna y protegen del viento, mientras que en otras zonas, la profusión de mesas llega a impedir el paso y, por no hacer la lista interminable, los cables eléctricos, que podrían siquiera adosarse a las paredes de los edificios, si no empotrarse, continúan simulando feas telarañas a medio hacer en lo alto de muchas calles.

Pero cambiemos de tercio. Se viene denunciando repetidamente la falta de suficientes profesionales sanitarios en los hospitales de determinadas comunidades, en verano, como consecuencia de las vacaciones de unos/as y carestía de los alojamientos para sus sustitutos. Sin embargo, sería factible remodelar algunos de los enormes espacios de que disponen la mayoría de dichos centros y habilitar habitaciones para estancias temporales, con manutención incluida, al disponer de dicho servicio para los enfermos ingresados. No se antoja descabellado, como tampoco plantearse de una vez por todas la agilización de los procesos de desahucio caso de impago u okupas, y es que es de todo punto inadmisible que se cargue al propietario o inquilino legal, con las consecuencias de comportamientos que debieran ser solventados una vez comprobada, en el curso de pocas semanas –y no en meses e incluso años-, su ilegalidad. Justicia rápida (la permisiva quedaría reservada al el rey emérito), y si para ello se precisa de más jueces, creo que una mayoría estaríamos de acuerdo en aumentar esas plantillas rebajando, en contrapartida, las de esos miles de funcionarios que, por exigir “cita previa” en sus vacíos emplazamientos pueden hacer, durante buena parte del tiempo, de su capa un sayo.

Distintas cuestiones podrían hacer del tema una interminable enciclopedia, pero el propósito de hoy es simplemente poner el dedo en alguna que otra llaga de las muchas que nos afectan: el porqué de ese distinto talante en la acogida de refugiados ucranianos en comparación con los africanos huyendo de iguales o peores circunstancias; la hipotética sensibilidad sobre el medio ambiente al tiempo que miran hacia otro lado cuando el humo emitido por los cruceros turísticos nubla el horizonte o, por no seguir, la llamativa ausencia policial en lugares de venta prohibida , ruido a altas horas o tráfico de drogas. ¿Explicaciones? Saber de la cualificación de algunos responsables podría dar alguna que otra pista y así, a título de ejemplos, de Ministra de Sanidad en España una abogada y, su predecesor, filósofo. El Ministro de Cultura no pasó del bachiller o, en Mallorca, la Consejera de Agricultura de profesión librera, y el secretario de Economía y Turismo, cineasta. Como podría concluirse, la formación profesional puede tener que ver con el desconocimiento del ámbito que debieran regular. Y de sumar a ello que, como observara Einstein, inteligencia y poder no suelen ir juntos, así nos luce el pelo.

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MI NUEVO DESCUBRIMIENTO: ¡EL AUTOBÚS!

     Afirmaba Pessoa que para viajar basta con existir. Creo que llevaba razón, aunque el obligado tránsito hasta el propio fin, de no ser un vegetal, implica también desplazamientos más allá de uno mismo y, desde mis años de estudiante, nunca más en tranvía. Trenes sí, y algún que otro autobús en diversos países, pero nunca en mi ciudad de residencia hasta hace pocas semanas, cuando subí a uno de ellos y el disfrute que trajo aparejada la olvidada experiencia me ha movido a contarla y, por descontado, a repetirla.

Una delicia, ya les digo, esos ratos que me propongo menudear por el placer del trayecto sin volante entre manos y el destino como cuestión menor. En la parada, asiento en el que relajarse sin otra ocupación que la de esperar su llegada, no más allá de 15 o 20 minutos y, una vez en marcha, todo el tiempo para otear en derredor esos paisajes desapercibidos cuando se es a un tiempo viajero y conductor. Las señales de tráfico o los pasos peatonales ya no reclaman nuestra atención y, en su lugar, podremos dedicarnos también, más acá de la ventanilla, a observar actitudes y comportamientos de los desconocidos que puedan acompañarnos en asientos aledaños. Dentro, precisas indicaciones luminosas en tres idiomas sobre las siguientes paradas, los minutos para llegar a ellas, conexiones posibles en cada una y todo, al disponer de tarjeta ciudadana, por treinta céntimos con independencia de la distancia, lo que se acerca bastante al regalo si consideramos el precio actual de los combustibles, ¿no les parece?

Vete por el mundo y maravíllate, aconsejaba un clásico y eso es, precisamente, lo que procura el autobús durante su periplo o en el paseo subsiguiente, sin necesidad de buscar aparcamiento y con la seguridad del regreso en iguales condiciones. Tengo la convicción de que acabaré siendo adicto al mismo, siquiera en esta urbe, Palma de Mallorca, y sus alrededores. Pospuestas, hasta donde me sea posible, las gasolineras, y olvidada esa mirada fija más allá del motor o los controles de velocidad bajo pena de multa. Y si “viajar en autobús es vuelo gallináceo”, como escribiera Josep Pla, Pues ningún inconveniente en imitar al ave de corral. Y, en el ínterin, ¡que me quiten lo bailao!

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