En vista de la polémica surgida hace pocos meses respecto al uso del catalán en una consulta médica y la ignorancia de dicho idioma por la profesional, no puedo por menos que relatarles un par de anécdotas sobre problemas de comunicación que me contó, años atrás (y anoté en su día, divertido) Juanmi, un simpático enfermero del hospital donde ambos trabajábamos.
El ATS a que me refiero y recién llegado de Cádiz, su tierra natal, comenzó a trabajar en una pequeña clínica de Mallorca donde visitaban a muchos ancianos que no sabían expresarse en castellano. Un buen día, “Acudí a a la habitación donde permanecía ingresado el abuelito a quien habían operado de la rodilla. Sa cama no va be, me dijo, y entendí que algo sucedía. Me fa mal.
Iba mal y empecé a mirar la cama por los cuatro costados sin apreciar nada especial. Pues yo no veo nada… Pareció enfadado: Está malament! Me preocupé por su alteración ya que, entre sus antecedentes, constaba que era hipertenso, así que me agaché y, a cuatro patas, la revisé por debajo, el somier… Pues mire: no sé que nota usted, pero yo no le veo ningún problema. El vejete, ya muy cabreado, alzó la voz.
Supongo que me ponía de vuelta y media hasta que por fortuna una auxiliar, ésta mallorquina, acudió al oír los gritos y preguntó por el lío. Le conté que repetía sobre el mal estado de su cama pero que en mi opinión estaba en perfectas condiciones. Empezó a reírse y aún ahora, cuando me ve, sonríe de oreja a oreja y me recuerda que cama es pierna, aunque de seguro no lo olvidaré.”.
Sin embargo, no vayan a suponer qué los problemas surgen sólo de la incomprensión entre los hablantes de dos idiomas, y otro de sus relatos evidenció que el acento, incluso si son todos castellanoparlantes, puede ser fuente de equívocos. En esta ocasión, sucedió entre dos andaluces, también en Mallorca donde –por si alguien lo desconoce- existe un pueblo llamado Artà.
En nuestro hospital, el paciente estaba esperando a que le llamasen para hacerse el TAC programado. Al rato, entró en la sala el conductor de una ambulancia, también del sur, que debía trasladar a un enfermo. “¿Quién es el que va pa Artá ?”.
“Yo. Yo voy par´tá”, le contestó el otro y allá que se fueron los dos, a 75 kms del hospital. Fue al preguntarle en qué calle le dejaba y responder el del TAC que él vivía en Palma, cuando se aclaró el malentendido y es que, como se demuestra por todo lo anterior y más, que guardaré para el futuro, dialogar –en cualquier idioma, dialecto o idiolecto- no es siempre la definitiva solución. Que mi palabra sea/ la cosa misma…, como escribiera Juan Ramón Jiménez en un poema, a veces no pasa de intención, de modo que poner buena voluntad y comprobar las hipótesis es, y así se demuestra en la ciencia, el mejor y a veces el único camino.