Para cada cual, hay unas cuantas de sarpullido. Producen el efecto del agua que entrase por la nariz durante el baño. Hagan memoria y lo comprobarán. Quizá molesten a causa de la antipatía que se siente por quien las repite como un bordón, por el mero sonido o sin motivo alguno: porque sí. Y no me refiero exclusivamente – aunque también – a esas palabras que guardan cola para entrar en el diccionario. Para mí, que – como probablemente a muchos de ustedes- la filología me pilla a trasmano, lo que me resulta imposible es separar algunas de las palabras que escucho, que leo, de la cara o tonillo de sus autores.
Una sola puede bastar para justificar el juicio que me merezca el personaje, y las palabras que aborrezco transformar la indiferencia en desprecio. Si ya detestaba previamente a quien las profiere, ¡qué incomparable placer! Algunos infinitivos me irritan tanto que pellizcaría al sujeto en cuestión. Le retorcería la nariz. Es el caso de los “procrastinar”, «desescalar»… Un colega -condición ésta de colega muy proclive al dime y al direte, pero no me odien por escribir direte, háganme el favor- no impartía conferencia en la que no resilienciase varias veces. Señalaba la diapositiva con el puntero, decía «Con la obligada resiliencia» e indefectiblemente echaba hacia delante el labio inferior, soplaba, su flequillo ondeaba y yo me retorcía en la silla como aquejado de un retortijón.
Es demasié para el cuerpo, frase equiparable en su idiotez a la de «alucinar por un tubo» y ambas más odiosas si cabe que las muletillas. El impacto emocional de éstas depende del aspecto de quien las diga, y los «vale», «superguay» o «¡mola!» no suenan tan mal si surgen de una boquita mona, pero, ¿qué me dicen de «implementar»?
No hay gestor de tres al cuarto que no la saque a colación, y los políticos la han hecho suya junto al repertorio que incluye, junto a los repugnantes infinitivos antes mencionados, «dimensionar», «relativizar» y otros por el estilo que estarán presentes, absolutamente todos, en cualquier informe o memoria que se extienda más allá de un folio.
Sus competidores para la poltrona (hablar de adversarios ideológicos es una quimera) nunca mienten, sino que faltan a la verdad. Todos ellos sustituyen postura por «posicionamiento» y prefieren «seguimiento» a observación o vigilancia, pero es demasiado fácil sacarles punta e injusto cebarse en ellos y no mencionar el «letraherido» de algunos críticos. Es la de «letraherido» una palabra-aguijón, tan irritante como lo ergonómico de un teclado, una silla o el water, que no sé por qué extraña razón se aplica únicamente al mobiliario y no al culo, que ése sí que es ergonómico cuando el volumen de las nalgas almohadilla con generosidad los huesos que cubren.
Pero nada comparable al fastidio que puede ocasionar la charla de la famosa y la cursilería con que maneja “el desamor”, un ajustado sustantivo al que he tomado injusta ojeriza – lo reconozco – de tanto oírselo pronunciar mientras las veo componer la mueca que exprese a un tiempo la pesadumbre superada y el lancinante dolor que les tocó vivir. En un santiamén comprendo el desamor de su pareja, y que pusiera pies en polvorosa para huir del nuevo look con que la entrevistada atavía su bobalicona tristeza: el look y su firme intención de darse a los demás – ¡horror! – y vivir el futuro «en positivo»: la definitiva puntilla.
Todo lo dicho es, no obstante, un incordio evitable porque se lee o escucha voluntariamente. El asunto cambia cuando uno decide ir a comprar un objeto de cierto precio al Corte Inglés, visita la tienda de muebles o solicita un préstamo al banco, porque, en esos casos, será excepcional librarse del «caballero»: «Siéntese usted, caballero» o, si delegan en un tercero, «Fernández: el caballero desearía…».
El almibarado «caballero» puede ser peor que el tuteo y algunos lo emplean a la vez. Es el caso de los guardacoches. Con estos últimos sales del paso por un euro y pocos segundos de atención, pero un empleado de corbata no se conforma. «Permítame, caballero…». Tampoco es cuestión de rendirse y salir de estampía a las primeras de cambio o iniciar una discusión, pero puede venir al poco el definitivo mazazo: «Caballero, considérelo usted en positivo» y, en ese momento, el suicidio aparece como la única alternativa que no acaba en cárcel.
Yo creo que todo lo dicho es enfermizo por mi parte, pero no lo puedo evitar. Por eso no leo revistas del corazón, tampoco compro muebles y espero librarme de un préstamo hipotecario. En cuanto a los políticos, ya se pueden ustedes imaginar. Pero no habrá quien se libre de ellos. Nos van a seguir implementando hasta la saciedad, y enfatizarán las priorizaciones hasta convertir en demostrable su íntima convicción de que la ciudadanía traga lo que le echen. Quizá debería acudir a un amigo psicólogo, pedirle que atenúe el desamor que siento por esa panda y, para mejor resistirlos, que aumente mi resiliencia a través de la hipnosis.






A medida que pasan los años, civilización y tecnología se unen indisolublemente en un matrimonio que hace de nosotros, sus hijos, testigos obligados de ese amor. Enriquecedor, sí, aunque también un algo inquietante por desconocer hasta dónde podrán llegar en semejante abrazo que los fusiona, mientras avanzan al unísono entre genomas y agujeros negros: de la microscopía a una desconocida inmensidad que nos va atrapando a riesgo de quitarnos la luz que antaño nos serenaba.
La cirugía robótica lleva camino de imponerse en paralelo a la fabricación de prótesis o viviendas por técnicas tridimensionales. Igualmente, es posible comercializar nuevas vacunas en 10 meses cuando en el pasado reciente se precisaban 10 años, traducir del swahili al ruso en pocos segundos o conocer cómo andamos de presión arterial mientras tomamos un vino. El coche aparca ya sin nuestro concurso, quizá aparezca en el móvil la lista de lo que andábamos buscando y sólo comentamos en privado. O la interpretación exhaustiva de lo que soñamos la pasada noche.
Deduzco que en breve plazo estaremos en condiciones de teletransportarnos: hacia el futuro o, dando marcha atrás, para saludar a cualquier neandertal convertido por un rato en contemporáneo. Por todo lo anterior y mucho más, cabría preguntarse si, como afirmase Keats en su día, se está destejiendo el arcoiris por mor de la ciencia. Mi opinión es que no y, en todo caso, lo que sucede es una multiplicación de colores que podrían quizá hacerlo irreconocible para aquellos a quienes esos sorprendentes descubrimientos nos han pillado peinando canas. Sin embargo, no conviene preocuparse aunque andemos con el pie cambiado y fuera de onda. Pronto vendrá un robot a consolarnos. Y quién sabe si a sustituirnos. De momento conviven con nosotros y, si lo dudan, reparen en Sánchez o Casado.




El afamado notario, boquiabierto y sus ojos como platos. Toda su vida profesional estaba sembrada de disensos por causa de las herencias que hubo de gestionar; el principal motivo de discordia familiar desde siglos atrás, como afirma Yourcenar en su novela Recordatorios y no solo entre la burguesía, porque casi nadie es tan pobre que no deje algo, siquiera se trate de unos calcetines.
Algunos volvían cualquier día de tapadillo para ofrecerle sustanciosos incentivos a cambio de una distinta interpretación del testamento en cuestión y, de negarse, en la siguiente reunión los efluvios del resentimiento lo incluirían. De ahí que, en esta ocasión, creyó toparse con una nueva estrategia, más sofisticada y desconocida hasta entonces, aunque sospechó que acabaría como de costumbre. A no ser que hubiesen llegado los marcianos.
Pero siguieron los cumplidos, palmadas entre ellos, caricias e incluso lágrimas de afecto al tiempo que todos, sin excepción, se empeñaban en renunciar también a la legítima en beneficio del resto. La elección entre equidad o amor respecto al que se sentaba enfrente, se decantaba siempre por el segundo, las usuales recriminaciones habían dejado paso a compartidos y nostálgicos recuerdos de infancia, la única avidez que mostraban se plasmaba en constatar la felicidad ajena y, de levantarse, no era como antaño con el fin de acercar a la cara del contrincante un dedo acusador, sino para el abrazo.
Nadie quería el apartamento del rellano, y el dinero en el banco serviría para costear los viajes que harían juntos. En ese instante, el notario despertó y no consiguió volver a conciliar el sueño mientras daba vueltas a la que se avecinaba en la próxima reunión y, aún incrédulo tras recobrar la conciencia, pensó en contarles lo imaginado, aunque al poco renunció. Podía ser si cabe peor, aunque fuera de todo punto imposible que cupiese.