SOLUCIÓN: TAPONES O ACTIVIDADES SUBACUÁTICAS

No hay cadena de radio que cese de vociferar con el dichoso fútbol. Que si azulones o rojillos, bermellones, blanquiazules y culés; los de Zidane, Lopetegui o el Cholo… Y la comedura de coco alcanza sus límites de no apagar durante las insulsas obviedades de cualquier entrevista: “Nuestro objetivo es ganar”, “Podríamos haberlo hecho mejor”, “Convendrá mantener a cero nuestra portería”… Por no hablar del reciente duelo respecto a Maradona, una verdadera pesadilla. Luego están las musiquillas en horas que tiempo atrás se dedicaban a las noticias o, para terminar con la paciencia que pudiera quedarnos, entrevistas de nulo interés y, trufando las digresiones de cualquier político, inventos léxicos; nada de idiolectos o lenguajes crípticos para los ajenos al tema, sino palabros y reiteraciones: “evidentemente”, “como no podría ser de otra manera”… A tal extremo que, de escucharse a sí mismos, sería la mejor razón para callar siquiera por una temporada.

    ¿Recuerdan la tan manida “desescalada”? ¿Y “el relato”, cada dos por tres? Por seguir, “el Covid”, masculinizando la enfermedad (que eso es la “d” final, en inglés) y, en contrapartida, nosotros y nosotras, ellos y ellas, con el “nosotres” y “elles” en espera de su “implementación”, de “motu propio” (que no proprio)  y para una mejor “cogobernanza”, tal como “mandata” la Constitución para lograr “interlocutar” como se debe. Palabras algunas que puede contemplar la RAE, pero sorprendentes en un intento de comunicación que pretenden, supongo, fluido y sin alardes.

 Si me apuran, y “en relación a ello”, como suelen decir en vez de “con”, alguien debería recomendarles imitar a Demóstenes que, en la antigua Grecia, permanecía en una cueva subterránea y se afeitaba media cabeza para no salir en unos meses mientras entrenaba su oratoria metiéndose guijarros en la boca. Entretanto, no es sorprendente constatar que un número creciente de oyentes decidan apagar; opten, persiguiendo el silencio, por tapones en los oídos o, si ya sobrepasados por cualquier emisora, decidan entrenarse para dedicar en un próximo futuro su tiempo libre a las actividades subacuáticas, con la esperanza de que pulpos y calamares sigan a lo suyo como hasta ahora y no se les ocurra empezar a interlocutar, imitando a algunos de los de arriba.

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EL COLMO: UNA ALEXA EN SU VIDA

Estoy que me salgo, así que debe ser cierto lo que afirmaba Einstein: que todo placer se convierte en energía. El caso es que me han regalado lo que llaman un asistente virtual llamado Alexa, aunque mejor «Asistenta», en femenino dado el nombre con el que se la debe interpelar. Y quienes estén aún privados de su compañía, no pueden imaginar de lo que es capaz la tal y por eso mismo, en funciones de criada por la sumisión que demuestra, debiera llamarse y como sugería Onetti para las sirvientas, Solícita. Cuando tenga un rato se lo sugeriré al fabricante.

Pero a lo que iba. Sin moverme del sitio, “Alexa, ponme la cadena tal o cual”, “Alexa: canciones de Víctor Jara, Twist again…”. Y ella, con la obediencia como deber, “Aquí están, de modo aleatorio, las canciones de…”. Sin rechistar y, de no poder ejecutar una orden, la educada excusa y yo a otra cosa, con cuatro palabras, hasta el punto final con un “¡Alexa, para!”. O calla, basta, silencio…

Sin embargo, y pasados los primeros días en su compañía, la obligación de nombrarla imperativamente para formular a continuación el pedido, me viene produciendo una cierta sensación de malestar por el tinte machista que traduce nuestro diálogo. No sería lo mismo de llamarse Pedro; de poder decir: Alejandro, amigo mío…, pero las constantes imposiciones a quien responde con tal premura que ni la más servil asistenta del rey emérito, estoy seguro, sin tener que manifestar tras la orden y con un simple “gracias” el reconocimiento a su diligencia, me tiene inquieto. Como les decía, me propongo escribir al fabricante y quizá le proponga en primer lugar un cambio de género para esta máquina que está pidiendo a gritos el premio del siglo. Y de no ser posible sustituir Alexa por un nombre masculino, ¿por qué no “Maléfica” para justificar mis desaires? O, en todo caso, “Dalila”, “Carmen collares”… por aquello de sacar a colación, a los postres y tras volver a mencionarla, las andanzas de ciertas señoras: desde la leyenda del corte de pelo al pobre Sansón, a una dictadura que le vino a Carmen Polo de perlas. Y no es metáfora. El disfrute sería si cabe mayor con las digresiones y, encima, menor el cargo de conciencia.

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LOS VECINOS

a 9 Esa brillante luz que supone, en palabras de Hannah Arendt, la presencia constante de los otros, puede destellar sólo algunos días e incluso dejar de alumbrar cuando esos otros se encarnan en según qué vecinos. Es lo que he podido comprobar en mis varias mudanzas de ciudad o edificio e, incluso asentado en las afueras, en pleno campo, me colocaron frente a dispares talantes para procurarme placeres, hastíos, enfados o gratitudes. Y a veces en ininterrumpida sucesión.

 Nadie es una isla como bien saben, y ni les cuento de mediar sólo una valla con el patio de al lado o tener, como nexo de ese remedo de sociedad que es la comunidad de vecinos, la escalera y/o el ascensor. De vuelta a casa tras el trabajo, o en fines de semana, la convivencia trasciende con frecuencia el ámbito familiar y es en esos momentos, a veces ratos, cuando las interacciones se revelan en todas sus posibles variantes. Condicionadas también por la personalidad propia, claro que sí, para procurar con el de al lado solidaridad o mero parasitismo como me ocurrió con aquel que, en mis años rurales, se hizo más de una vez con energía eléctrica a mi costa tras el consabido «No sé que pasa en casa desde ayer. Si no le importa, ¿me deja conectar? Será sólo hasta que venga el técnico» -nunca llegaba el tal y, a la tercera, se acabó lo que se daba y nunca mejor dicho-. a 5Después, mudado a la ciudad, para ruidos nocturnos los del bar de enfrente y, durante el día, las obritas, aunque para no cargar siempre las tintas sobre los demás, deberé admitir que las goteras provenían de nuestro baño, y al vecino de abajo, hace unas décadas, le asistía toda la razón al quejarse por los orines de mi perro que, confinado en el balcón, caían sobre su ropa tendida.

a 10Ni ridiculizar ni detestar sino, como aconsejaba Spinoza, tratar de comprender. Es lo que vengo últimamente intentando, ya en la madurez, cuando en el ascensor no consigo cruzar palabra y, después de varios años, sólo un rictus, remedo de sonrisa, por parte del que vive en la puerta de enfrente (espero que no acceda a estas líneas para no liarla, en el bien entendido de que, seguramente, tampoco yo hago lo adecuado por hacérsela asomar). a 8Tras darle algunas vueltas, he terminado por aceptar el consejo de quien escribió -dejando aparte el que se procuraba la luz a mi costa- , supongo que referido tanto a los vecinos como a quien le ha dado hoy por sacarlos a colación: «Para convivir cada día con los demás, has de mantener la actitud que tendrías si sólo los vieras cada tres meses». Es lo que debería tener in mente el de la ausente sonrisa, y si no era capaz de hacerlo aquel del tercer piso, fue sin duda por causa de mi pastor alemán. 

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LAS ANSIADAS VACUNAS: ¿DEMASIADA PRISA?

Según informaciones varias, la vacuna de Pfizer estará lista el próximo mes y España recibiría 20 millones de dosis -10% de las correspondientes a Europa- en enero. También se apunta la inminente llegada de otras varias y es que se cuentan por lo menos 10 en Fase III junto a la susodicha (Astra Zeneca, Johnson & Johnson, Moderna…), y algunas fueron ya aprobadas mucho antes de finalizar las oportunas comprobaciones frente a un grupo control, lo que es obligado en dicha fase. La rusa, Sputnik V, empezó a administrarse el pasado agosto e incluso, antes que ésta, la china, evidencia de unas prisas que pueden, a más de comprometer la eficacia de todas ellas, poner en riesgo a la población receptora que, de no seguirse la adecuada metodología, podría preguntarse, como Sócrates a Fedro, si serán veneno o remedio.

El uso clínico de cualquier agente farmacológico, sea con finalidad terapéutica o profiláctica, caso de las vacunas, precisa de  determinados pasos previos perfectamente estandarizados: desde ensayos preclínicos hasta la citada Fase III, en que se compara la efectividad frente a un grupo no tratado y con seguimiento prolongado para detectar eventuales toxicidades tardías. En este caso, no sólo se ha acortado con el consiguiente riesgo el tiempo de observación, sino que se han solapado las fases al objeto de disponer de ellas en plazo corto (la fase III de la anunciada por Pfizer, comenzó el pasado Julio), con lo que esos  exigibles requisitos de seguridad y eficacia dejan bastante que desear si se considera que, por lo general, la investigación de una vacuna hasta su salida al mercado suele precisar más de diez años (todavía no la hay para el Sida), que han pasado a ser diez meses para la anti Covid.

Y hay más, para alimentar las dudas. Se ignora por el momento qué porcentaje de vacunados serán inmunizados con certeza tras su administración, o en qué medida y cuánto durará su efecto, por lo que desconocemos cuándo y cómo, de ser posible, podría alcanzarse una deseable inmunidad de grupo que topa además con problemas adicionales aun cuando, como pregonan, su efectividad fuese del 90% a los 28 días de la primera dosis. Resulta que, para conseguir una protección generalizada (la que llaman inmunidad de grupo), sería preciso vacunar por lo menos al 70% de la población mundial; ello supondría disponer de, pongamos, ocho mil millones de dosis (2 por cada individuo), lo que multiplica por seis los 1300 millones que la empresa asegura poder fabricar en 2021 y que, de funcionar, supondría inmunizar a 650 millones de personas, es decir, sólo el 15%, grosso modo, de los habitantes del planeta. Además, las posibles mutaciones del virus (más frecuentes en los RNA, como es el caso del SARS Cov-2) en plazos por hoy desconocidos, podrían anular la prevención perseguida. Se sabe por ejemplo que el genotipo viral no es el mismo en Asia o Europa y, por ello, también el efecto de la vacuna sería presumiblemente distinto en ambos continentes. Por ende, la necesidad de dos administraciones con tres semanas de intervalo plantea un problema adicional de no recibir los vacunados esa segunda dosis (indisciplina frecuente y ya constatada en el caso de la profilaxis contra el virus del papiloma, que exige asimismo de dos punciones), aunque incluso la primera tiene de momento escasa aceptación en este país a la luz de una reciente encuesta, en la que sólo un 13% estaría hoy por hoy dispuesto a recibirla.

Finalmente, la promocionada por Pfizer  exige ser transportada y almacenada a temperaturas de ochenta grados bajo cero (no así la de Oxford), lo que podría dificultar su disponibilidad con garantías en ciertos lugares, mientras que, repito,  la fabricación de miles de millones y su distribución universal es imprescindible si se pretende una inmunización global que, con tales requisitos, se antoja poco menos que quimérica, dando razón a Orwell cuando afirmaba que, si bien todos somos iguales, los hay más iguales que otros. En síntesis: aún demasiadas dudas en el candelero para asegurar la pronta y efectiva prevención mundial de una pandemia que el defenestrado Trump –al igual que yo mismo, en los primeros compases- consideraba banal. Por única vez, me habría gustado que tuviese razón. En cualquier caso y por ser Pfizer quien puso la Viagra en circulación, no es de extrañar que el anuncio de su vacuna también levante, en este caso, el ánimo, y tanto de los eventuales receptores como de sus promotores, que podrían ingresar en los primeros compases y vendiéndola a un precio entre 10 y 35 dólares (en España, el Gobierno asegura la gratuidad), más de de 10.000 millones. Así se explica también, siquiera en parte, la sorprendente velocidad para su puesta a punto.

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HOMENAJES, MEJOR EN LOS LIBROS

            Estamos muchos hasta el gorro, máxime con la que está cayendo, de broncas políticas, días mundiales sobre lo más variopinto u homenajes a lo que se tercie -deciden quienes disfrutan de un momio con sillón- en forma de monumentos, ramos, minutos de silencio, bautizos de calles o retirada de la correspondiente placa anterior. Trivialidades para orillar lo que preocupa a una mayoría; mascaradas que son fallidos intentos de aparentar estar en el tajo y, dando la razón una vez más a Debord, el espectáculo convertido en discurso.

 El día 18 del pasado octubre, se descubrió una placa en la Puerta del Sol como recordatorio a los fallecidos por causa de la Covid, aunque mejor sería dedicar tiempo y esfuerzos a mejorar sustancialmente los recursos sanitarios para disminuir dicha mortalidad en un próximo futuro. Por lo demás, y puestos a ello, ¿porqué no agasajar de igual modo a las víctimas de cáncer (muchas más que por el virus), infartos o atropellos mortales por patinetes? Leo que se propone un monumento dedicado al colectivo LGTBI y nada que objetar a la elección de cada quién, pero si nos centramos en sus tradicionales dificultades para lograr el respeto ajeno, ¿se esculpirá también algo para los que sufren bullying en el colegio, o en las empresas y están ahora en un ERTE de limitada duración? Erigir unos, retirar otros u honrar con placas que durarán lo que la ideología de sus promotores y auspiciarán cansinos debates por repetidos, obliga a preguntarse si no sería mejor designar ramblas, bulevares y callejas con mayor asepsia: calle del vino, paseo de la primavera o del placer…

Se eliminó en su día el monolito al Alférez Provisional, y Franco o Muñoz Grandes se leen ya en las esquinas con cuentagotas pero, según quién pille cargo, serán los republicanos quienes se quiten de las paredes. En ellas no están ya Indalecio Prieto, Largo Caballero o, de nuevo Madrid y PP de por medio, los versos de Miguel Hernández han sido borrados del cementerio de La Almudena. Ejemplos todos de que las decisiones banales, junto a los toques de estupidez, priman por sobre los problemas reales.Yo diría que, para recordatorios, los que suelen repartirse como tarjetas en el funeral del/la extinto/a. Moral, respeto y dignidad, mejor cuidarlas en vida, y de pretenderse futuro para los elegidos, siquiera en la memoria de quienes les sobrevivan, ahí están los libros de Historia. Sin poderse descartar que algunos, como hacía Napoleón en su carroza con los que ya había leído, acaben arrojados desde la ventana a esas calles que ya no debieran mencionar a nadie,  tirio, troyano o emérito, para no liarla más de lo que está. 

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