Ha habido, en estos meses pasados, un algo amenazador en la quietud defensiva, propicia a volver la vista atrás y recrearse en unos recuerdos removidos, como escribiera Onetti, por el mal tiempo. Empujados hacia un pasado, el de nuestra juventud, donde el único virus que albergábamos solo clamaba por llegar cuanto antes a la culminación de tantos sueños.
El trasiego era entonces menor, el ruido del tráfico no entorpecía las conversaciones en la terraza y, cuando a solas, el pensamiento orillaba los inhabituales dramas del entorno y podía mecerse entre anhelos y posibilidades. El paseo, sin los actuales atiborramientos que volverán a no tardar, permitía respirar al margen de vecinos alientos, y mascotas o plásticos no eran aún compañías ineludibles al pisar la calle, así que la tranquilidad no precisaba de imposición legal alguna; suciedad, la derivada de una naturaleza todavía reconocible, y en la playa no era necesario dictar un estado de alarma para que la arena fuese visible en toda su extensión, sin tumbonas y sombrillas que la asemejasen a suelo de gulag.
Tengo estas semanas viva en la memoria mi primera visita a una cala de Mallorca, allá por finales de los sesenta, junto a un amigo y nuestras respectivas novias. En Portals Vells, ni una sola barca anclada mientras nos extasiábamos frente a las rocosas oquedades y nadábamos en unas aguas tan o más vírgenes que nosotros mismos. Es el mundo de ayer, que diría Zweig, recreado por la espoleta de estos meses y un silencio que, sin embargo, no se parece al de entonces, aunque quizá también tenga algo que ver en esa diferencia la añoranza por la juventud perdida.
Pero frente al hoy y al ayer desvanecido, una vida que, como cualquier otra, merece seguirse transitando con un optimismo a prueba de años y eventuales tropiezos, pandemias y contaminación ambiental. Máxime en estos meses, cuando acompaña el sol.
Los del gobierno por medidas cambiantes y demasiadas veces sin refrendo objetivo; la oposición procurando obtener rédito político de cualquier circunstancia (¿cuándo, como se preguntaba Pla, volverán a normalizarse y apostar por los dividendos y la beneficencia?) y, en cuanto a los inspiradores de las medidas y supuestos expertos, se entiende que opten por el anonimato frente a tanto sinsentido: contradicciones a dos metros una de otra cuando no superpuestas.
Para todos ellos la mascarilla como recurso y, para nosotros, impuesta pese a un beneficio más que dudoso; obligada si no se respetan la distancias pero, a lo que se ve, innecesaria en la mesa del bar aunque medien pocos palmos entre unos y otros o para quienes exhalan sus gotitas más lejos, caso de ciclistas o corredores. Y por seguir con el disfraz de las apariencias más allá de boca y nariz, ¿acaso los guantes no pueden ser, como la propia piel, asiento del virus? ¿Por qué ejercicio en la playa sí pero nada de baños, mientras en otros lugares se autorizó el chapuzón aunque de ningún modo tomar el sol? O ni hablar de ir a la escuela para evitar el hacinamiento, aunque no haya nada que objetar al previsible en los campamentos de verano, para niños y adolescentes, que ahora se inician.




En resumen: que las fases de estos días han cambiado rigor por balbuceos incluso cuando se describen en el B.O.E. No es pues de extrañar que, a pesar de estar la mitad de las población en España estrenando una segunda fase, muchos nos sintamos aún en la preclínica; como ratoncillos y en manos de quienes anteponen sus manejos al interés de los obligados a seguir lo que, en más de una ocasión, no son sino ocurrencias de dudosa utilidad.

aquella comida en el bar Manolo de Orihuela y con Miguel Hernández por las inmediaciones o las lejanas cenas junto al salto de agua en Les Escaules, cerca de Figueres y en compañía de mis ya fallecidos padres.
asomados al abismo, de lo que podría suponer un viaje vertical sin camino de vuelta y, en semejante tesitura, ¡bienvenido lo que fue! Mientras estamos a la espera de lo que pueda venir, en el mejor de los casos, para nuevos brochazos el día después.
Con la conciencia a caballo entre la jactancia y el horror, cerré los ojos, respiré hondo, conté hasta donde pude y a continuación me puse a recrear en la imaginación playas y cordilleras, arcoiris y soleados prados cubiertos de flores, pero al poco el ruido se hizo conmigo y, cual preso en trance de tortura, habría confesado cualquier cosa con tal de ponerme en pie y poder dar un paso.
Junto a los mismos sobrevolaba otro más agudo, cual piar de pájaro y, sin escape posible, se me ocurrió la posibilidad de que en un futuro, el agobiante y claustrofóbico agujero pudiera servir también de camilla para un psicoanálisis en la penumbra. Con la tecnología es hoy posible obrar maravillas, de modo que ¿por qué no cambiar los sonoros golpeteos en consejos inteligibles, aun conservando igual timbre metálico?
música celestial, Lorca y Miguel Hernández a gritos sincopados, Freud por sobre la cabeza… Y es que cuando enterrado en vida y con ganas de volver a nacer, no se me ocurre otra cosa ni por supuesto lugar más apropiado salvo, quizá, el más clásico ataúd si metido por error.