Creo que pocas veces, en años anteriores –aunque la desmemoria pueda tener que ver, como en tantas cosas…–, habíamos deseado con semejante ahínco la llegada de un otoño que marque el final de este verano colérico, desmadrado y pagado de sí mismo. Cederán calor y sudores, las lluvias torrenciales o eso esperamos, se anticipará el oscurecer y con él se vendrán chaqueta y puestas de sol, sobre unas playas sin trastos ni botellón, en espera de la siguiente primavera.
Es la ventaja que tienen los ciclos, siquiera por lo que hace a las estaciones y que quienes los vivimos quizá echemos en falta, de vez en cuando, incluso en carne propia.
Caerán las hojas como anuncio de una tercera edad en la naturaleza que va a propiciar el encogimiento en los meses próximos; el recogimiento, si bien transitorio y llevadero frente a la seguridad de un próximo renacer, lo que no es el caso cuando se trata de esa edad otoñal en que se manifiesta la añoranza por un tiempo pasado que, como suelen decir quienes la viven, siempre fue mejor. Otra primavera en lontananza que, a diferencia de la que se avecine para seguir con el ciclo anual, en los seres vivos dejará expedito el camino para otoños que se irán uniendo hasta llegar al último que nos será dado transitar.
Sin embargo, nada de pesimismo. Las cosas son así, y ya que no nos es posible incorporar a nuestra fisiología una siguiente primavera tras el otoño ni nada pueda devolvernos, llegada la madurez, la hora / del esplendor en la hierba, de la gloria en la flor…, convendrá huir, cuando muda la estación como es hoy el caso, de la melancolía.
Nos irán quedando a todos menos veranos, de modo que a disfrutar de los días venideros aunque se acorten, de las noches más frescas y, por remedar a Benedetti, Aprovechemos el otoño / antes que el futuro se congele. Tal vez cobrar conciencia de que los otoños en los seres vivos no tienen vuelta atrás, ayude a transitarlos como si fuesen nuevas primaveras. Hasta que el cuerpo aguante, ¡claro que sí!
Desde hace décadas, advertir sobre los riesgos que para la salud supone el consumo de tabaco se ha convertido casi en tema monográfico por lo que hace a las campañas de prevención y, sin restar por supuesto importancia al tema, se diría que la decidida voluntad (jugosos impuestos aparte y por ello estancos al alcance de todos) por intentar frenar dicho hábito menoscaba la información sobre otras cuestiones que debieran, por los riesgos que entrañan, ser difundidas con similar énfasis en aras de esa profilaxis que se persigue.
En España, un 30% de sus habitantes son obesos (el 40% en USA), se hallan afectados un 18-20% de niños y, más allá de que, según afirmara Josep Pla, lo que más gusta a los hombres es el vino dulce y las mujeres gordas, de seguir ambos sexos, en todas las edades y por razones varias, acumulando lorzas, el sobrepeso podría convertirse en la principal causa prevenible de cáncer, superando al riesgo que comporta el tabaco, para cuyo abandono puede optarse hoy y entre otras medidas por el cigarrillo electrónico el cual, y aunque – aún a falta de estudios prospectivos con el suficiente seguimiento- se apunta que pudiera ser hasta un 95% menos nocivo que el tradicional, no se ha librado, por extensión, de igual anatema y ambos, vapeo y humo de tabaco, condenados con mayor determinación de la que se aplica respecto a la gordura.
A día de hoy seguimos leyendo opiniones sin fundamento sobre la medicina que algunos llaman con desprecio «convencional», y continúa sirviéndose demasiada «comida basura» en los colegios, sin que importen los kilos de más, mientras se sigue empeñados, casi en exclusiva cuando de salud se trata, en combatir tabaquismo y sucedáneos. Con razones objetivas -o menos en el caso del e-cigarrillo-, naturalmente, pero no vendría mal ampliar y diversificar la información, incluyendo otros factores de comprobado riesgo. Porque en la prevención hay bastante más que el humo, aunque se diría que este ha oscurecido y nublado otras muchas, y comprobadas, amenazas para la vida.
Cabe observar, sin pretensión de convertir la hipótesis en axioma, que los viajes eran tiempo atrás desplazamientos en busca de cultura y mayor conocimiento, mientras que hoy lo son, principalmente, para huir de amenazas varias (emigración) o para conseguir, si turismo, distracción y placer. En esa segunda motivación andamos muchos a quienes la vida nos ha sonreído y tenemos en consecuencia la posibilidad de evitar, -euros mediante-, la insensatez que en opinión de la Yourcenar, una de mis escritoras favoritas, supondría acercarse a la muerte sin haber dado siquiera una vuelta por la cárcel que nos alberga.
Quienes nos visitan tienen mucho en común con la mayoría de quienes denostan/mos de ellos cuando cerca del propio domicilio, y de ahí que observarlos sea también, en buena medida, vernos reflejados en alguna que otra de nuestras escapadas. Y su deambular en grupo, la molestia que puede suponer ser interrogados mapa en mano, que ocupen nuestro recoleto bar o hagan de carreteras y aeropuertos campos de concentración, no es sino remedo siquiera parcial de nuestro propio hacer. Y una buena lección para cuando convertidos, como ellos, en protagonistas y causantes de las molestias -y también fuente de ingresos- para los oriundos.
Querríamos flâneurs de libro: paseantes silenciosos, casi invisibles, gastando lo indecible pero en modo subrepticio, sin ruidosas maletas por sobre el empedrado de la calle ni ocupación de mesas y asientos. Pero muchos de entre ustedes, y yo, nos parecemos a ellos. En consecuencia sólo cabe pedir, en tanto no se regulen las afluencias con criterios que nunca complacerán a todos, educación, civismo, tolerancia… La misma que quisiéramos cuando seamos nosotros los visitantes y tras asumir que el peor viaje es, sin duda, el que quedó en el tintero.
Sin embargo, y ya con ochenta largos, consiguió que le enviasen a su domicilio, cada lunes, a un jubilado que no sólo se prestaba a leerle la prensa y comentar con ella las noticias del día sino que, fruto de la amistad crecida entre los dos, las conversaciones se hacían interminables merced a recuerdos compartidos de épocas pasadas y cuajados de sonrisas; él la acompañaba cogidos del brazo en algún que otro paseo que podía terminar en la cafetería de la esquina para la copa: una novedosa experiencia de su vejez.
Un par de años después de su fallecimiento, el compañero de lecturas y paseos se ha quitado la vida. Por lo que hemos podido deducir, la necesidad de ambos por estar con el otro los marcó de un modo indeleble. Y es que sexo, edad o estado físico, en ocasiones tienen poco que ver con la sintonía, un cariño que entre ellos, y en otras circunstancias, pudo haber sido amor.
Nada que objetar, ¡faltaría más!, a las huelgas para reivindicar derechos conculcados. Sin embargo, paros y movilizaciones debieran, por cuestión de ética y estricta correspondencia, afectar a quienes por acción u omisión son los causantes de la protesta y no, como sucede demasiadas veces, elegir las respuestas o fechas que provoquen las mayores molestias a una ciudadanía que no es en ningún caso copartícipe ni responsable de los agravios en cuestión. Aunque solo fuese porque, como dijera un filósofo en la antigua Grecia, sigue siendo mejor sufrir la injusticia que cometerla.
Planificación tan cuestionable y desenfocada, cuando no toma por único objetivo poner contra las cuerdas a la correspondiente patronal, como lo sería que las huelgas sanitarias – por insuficiencia de medios, congelación salarial, jornadas laborales impropias…- afectase a la atención de los usuarios y la operatividad en los servicios de Urgencias más allá de unos servicios mínimos (caso de aceptarse) siempre precarios; que la policía, con efectivos inadecuados, decidiera no frecuentar las zonas más conflictivas o los dueños de bares, vistas las restricciones por lo que hace a sus terrazas, cerrasen los W.C. que, dada la incomprensible carencia de retretes públicos, suponen a día de hoy la única alternativa para evitar que se multipliquen los chorros de orina en portales y esquinas.
Porque ya me dirán qué culpa tiene ése/a que no pueda llenar su depósito de gasolina para acudir al trabajo; quien deba desplazarse en tren o avión mediante, el que haya de comer en un hospital cuyo servicio de cocina anda de brazos caídos o, por no hacer la lista interminable, el transeúnte con su vejiga pidiendo auxilio. Como dijera Canetti, el escritor, ¡Cuántas injusticias se cometen para ser justos una vez! En consecuencia, debiera llamarse a capítulo a quienes se pasan de rosca: sean empresas o, en aras de lo anterior también, y más de una vez, a los huelguistas.