Durante los paseos, en los últimos días, me he dado a suponer cuánto puedo haberme perdido por andar abstraído en mis asuntos y sin fijarme en lo que ocurría más allá de la propia cabeza, así que he decidido intentar hacer compatibles interior y exterior, dejando en mi cuarto y hasta la vuelta el aislante caparazón. ¿En razón de qué? Pues a continuación un par de experiencias para justificar lo antedicho.
En cuanto al amor, su universalidad me parece ahora incuestionable tras haberlo presenciado en aguas de un torrente y por parte de un pato -a buen seguro hembra-.
Fue de no creer el valor con que se enfrentó a la gaviota que intentaba hacerse con una de sus crías. Se jugaba la vida y por unos instantes temí que un picotazo acabara con ella, pero no cedió un ápice en la defensa mientras los patitos huían despavoridos y la pata detrás, haciendo evidente que sólo un amor de madre puede sobreponerse al riesgo que la sobrevolaba.
El ave atacante cedió finalmente en su empeño y mientras yo seguía mi camino, todavía preso de la tierna escena, fui observando, distraídamente al principio y luego con creciente curiosidad, los rincones, paisajes y edificios que por archisabidos me venían pareciendo anodinos pero que los turistas fotografiaban con sumo placer, dando razón a Flaubert cuando escribió que cualquier cosa se vuelve interesante de mirarla el tiempo suficiente. Y con nuevos ojos, añadiría. Pero hay más y es que, con suerte, a través de esa compulsión fotográfica de los visitantes puedes incluso iniciarte en un idioma ajeno.
La joven china posaba, y el novio repitió varias veces la misma palabra, supongo que para provocar su sonrisa. Me acerqué cuanto pude y colegí que pronunciaba lo de «patata». Pero en su idioma.
Es lo que suele decirse en tal situación aunque, tras observar a Pablo Casado, el líder del PP y su risueño y permanente rictus, también podría concluirse que, para algunos, la patata (en castellano) es un permanente martilleo cerebral y de ahí sus dientes siempre exhibidos, a diferencia de la china.
Deducirán, de todo lo expuesto, que para el aprendizaje y los descubrimientos, incluso en el ámbito de la política y por deducción, nada como un paseo entre patitos y viajeros orientales.
Saben, como yo mismo, que muchas veces el más torpe puede dárnosla con queso siquiera en los primeros compases. Sea actuación, discurso o simple conversación. Por eso, y en un intento de encontrar alguna que otra clave que permita reconocer a quien va de marisabidillo/a sin bagaje, aquí van algunas de mis presunciones.
Y, por cambiar de tercio, ojo avizor de toparnos con quienes afirmen que todo es lo mismo, se trate de programas políticos («Todos son iguales», puede concluir el interlocutor al tiempo que se hurga los dientes con un palillo) o los recientes avances -«Ya será menos»- en farmacoterapia anticancerosa.
Pero como sin duda sospechan, no terminaré sin aludir al exiguo capital cultural que exhiben muchos de nuestros próceres cuando las cosas no resultan como habían anunciado y, en tal caso, del digo al diego. Eso si no desaparecen y dejan a su segundo disfrazar los hechos («Como no podría ser de otra manera») aunque, en semejantes situaciones y por estar quienes escuchamos de algún modo concernidos, cambiar de canal no nos libere por lo general de una inquietud con difícil solución. Tan inaceptables los quiebros de esos a quienes aludo, tan impropios para el cargo, tan justos de recursos, como lo estaría un escritor pusilánime e incapaz de relatar lo que tiene en la cabeza, un obispo ateo, el nadador manco o un amante capón.
La vida es sueño o, quizá mejor, duermevela, porque es en esos ratos cuando la azoriniana observación de que vivir es ver volver, se manifiesta en toda su plenitud y brillan deslumbrantes las luciérnagas del ayer, los paisajes, las caras y los afectos. Con el añadido de que en cada insomnio uno puede esforzarse en traer, junto a la almohada, el fragmento del pasado que quiera rememorar.
Yo suelo, en las noches que se alargan, elegir la edad y circunstancias a recobrar: niñez bajo la manta y junto a la bolsa de agua caliente que traía mi madre si llegado el invierno o, de apretar el calor, aquella acampada en el cabo de Creus junto a unos amigos que no he vuelto a ver y el enorme pulpo que pescamos. Sin embargo, las opciones son para cada uno innumerables y ahí están, en plena oscuridad, las iluminadas calles que transitabas en las distintas ciudades donde hayas vivido, el bar de la esquina y su ajedrez o la primera novia, la sala de cine y la espera en el intermedio para volver a entrar y aguantar el No-Do antes de la segunda película, el tranvía 67 que solías tomar a la carrera cuando ya en marcha… O el dormitorio en aquella casa, y la ventana… ¿dónde daba la ventana?
En el libro publicado por Anagrama en 2009 y titulado «El mejor humor inglés» se recoge, entre relatos de autores varios, uno del conocido escritor Ian McEwan y titulado «Fabricación casera». Leo que pertenece al volumen con el que debutó en 1975, «Primer amor, últimos ritos», y por el que obtuvo el premio Somerset Maugham en 1976.
Evitaré los detalles, pero no creo que la violación de una niña de 10 años por parte de su hermano de 14, simulando un juego, pueda despertar en cualquier lector otra sensación que la de repulsa teñida de enfado. Por lo demás, y si la pormenorizada descripción forma parte del mejor humor inglés, apaga y vámonos.
Se sabe de antiguo que cada cual cuenta la feria a su conveniencia. Ya dijo Nietzsche, antes de enloquecer (de vivir hoy, quizá le habría faltado tiempo), que no existen hechos sino interpretaciones y, para muestra, el botón de esa voluntad ciudadana (V.C. No confundir con WC) que todos valoran a la medida del propio interés. Estar implicado en el negociete condiciona la perspectiva y ya se trate de vender humo, embutidos para adelgazar, inútiles remedios de «medicina alternativa»o componendas y coaliciones para un mejor gobierno. Porque la tropa de fulleros, de sinvergüenzas empeñados en disfrazar la realidad, no se restringe a comerciantes y políticos aunque los segundos sean buen ejemplo antes, durante y tras las elecciones.
El más votado representa el sentir global, y quien solo arañó un exiguo porcentaje se siente legitimado porque «Creo interpretar la V.C si le digo…». Las coaliciones traducen la V.C., su rechazo es fiel exponente de la misma y cualquiera de los interpelados afirmará que no hacen sino anteponer la V.C. a las consideraciones de sus adversarios.
Pues, de escucharlos, imposible llegar a conclusión alguna porque todos son, en sus posiciones respectivas, servidores de esa V.C. empleada a modo de comodín, y es que, como apuntara Oscar Wide, lo que cuenta es el estilo y no la sinceridad. ¿La Voluntad Ciudadana dividida? ¡Quiá! En todo caso, tan polivalente que vale para el roto o el descosido y patrimonio de cualquier Partido o grupúsculo; los desplantes o egolatrías se justifican por ella y, el buen sentido, a tomar viento; supongo que, en línea con todo lo anterior, también por V.C.