Saben, como yo mismo, que muchas veces el más torpe puede dárnosla con queso siquiera en los primeros compases. Sea actuación, discurso o simple conversación. Por eso, y en un intento de encontrar alguna que otra clave que permita reconocer a quien va de marisabidillo/a sin bagaje, aquí van algunas de mis presunciones.
Cuando oigo repetir en pocos minutos lo de «evidentemente», intentan cargarse de razón terminando con el consabido «como no podría ser de otra manera» o enlazan reiteradamente las digresiones con un «dicho lo cual…», suelo etiquetar al hablante y cambiar de tercio, aunque ello no garantice que consiga evitar a quienes andan en dificultades con los antónimos y aludan a las virtudes de quien sea y las no virtudes, los problemas y no problemas o su confianza en el próximo resultado y a un tiempo la no confianza.
Y, por cambiar de tercio, ojo avizor de toparnos con quienes afirmen que todo es lo mismo, se trate de programas políticos («Todos son iguales», puede concluir el interlocutor al tiempo que se hurga los dientes con un palillo) o los recientes avances -«Ya será menos»- en farmacoterapia anticancerosa.
Pero como sin duda sospechan, no terminaré sin aludir al exiguo capital cultural que exhiben muchos de nuestros próceres cuando las cosas no resultan como habían anunciado y, en tal caso, del digo al diego. Eso si no desaparecen y dejan a su segundo disfrazar los hechos («Como no podría ser de otra manera») aunque, en semejantes situaciones y por estar quienes escuchamos de algún modo concernidos, cambiar de canal no nos libere por lo general de una inquietud con difícil solución. Tan inaceptables los quiebros de esos a quienes aludo, tan impropios para el cargo, tan justos de recursos, como lo estaría un escritor pusilánime e incapaz de relatar lo que tiene en la cabeza, un obispo ateo, el nadador manco o un amante capón.
La vida es sueño o, quizá mejor, duermevela, porque es en esos ratos cuando la azoriniana observación de que vivir es ver volver, se manifiesta en toda su plenitud y brillan deslumbrantes las luciérnagas del ayer, los paisajes, las caras y los afectos. Con el añadido de que en cada insomnio uno puede esforzarse en traer, junto a la almohada, el fragmento del pasado que quiera rememorar.
Yo suelo, en las noches que se alargan, elegir la edad y circunstancias a recobrar: niñez bajo la manta y junto a la bolsa de agua caliente que traía mi madre si llegado el invierno o, de apretar el calor, aquella acampada en el cabo de Creus junto a unos amigos que no he vuelto a ver y el enorme pulpo que pescamos. Sin embargo, las opciones son para cada uno innumerables y ahí están, en plena oscuridad, las iluminadas calles que transitabas en las distintas ciudades donde hayas vivido, el bar de la esquina y su ajedrez o la primera novia, la sala de cine y la espera en el intermedio para volver a entrar y aguantar el No-Do antes de la segunda película, el tranvía 67 que solías tomar a la carrera cuando ya en marcha… O el dormitorio en aquella casa, y la ventana… ¿dónde daba la ventana?
En el libro publicado por Anagrama en 2009 y titulado «El mejor humor inglés» se recoge, entre relatos de autores varios, uno del conocido escritor Ian McEwan y titulado «Fabricación casera». Leo que pertenece al volumen con el que debutó en 1975, «Primer amor, últimos ritos», y por el que obtuvo el premio Somerset Maugham en 1976.
Evitaré los detalles, pero no creo que la violación de una niña de 10 años por parte de su hermano de 14, simulando un juego, pueda despertar en cualquier lector otra sensación que la de repulsa teñida de enfado. Por lo demás, y si la pormenorizada descripción forma parte del mejor humor inglés, apaga y vámonos.
Se sabe de antiguo que cada cual cuenta la feria a su conveniencia. Ya dijo Nietzsche, antes de enloquecer (de vivir hoy, quizá le habría faltado tiempo), que no existen hechos sino interpretaciones y, para muestra, el botón de esa voluntad ciudadana (V.C. No confundir con WC) que todos valoran a la medida del propio interés. Estar implicado en el negociete condiciona la perspectiva y ya se trate de vender humo, embutidos para adelgazar, inútiles remedios de «medicina alternativa»o componendas y coaliciones para un mejor gobierno. Porque la tropa de fulleros, de sinvergüenzas empeñados en disfrazar la realidad, no se restringe a comerciantes y políticos aunque los segundos sean buen ejemplo antes, durante y tras las elecciones.
El más votado representa el sentir global, y quien solo arañó un exiguo porcentaje se siente legitimado porque «Creo interpretar la V.C si le digo…». Las coaliciones traducen la V.C., su rechazo es fiel exponente de la misma y cualquiera de los interpelados afirmará que no hacen sino anteponer la V.C. a las consideraciones de sus adversarios.
Pues, de escucharlos, imposible llegar a conclusión alguna porque todos son, en sus posiciones respectivas, servidores de esa V.C. empleada a modo de comodín, y es que, como apuntara Oscar Wide, lo que cuenta es el estilo y no la sinceridad. ¿La Voluntad Ciudadana dividida? ¡Quiá! En todo caso, tan polivalente que vale para el roto o el descosido y patrimonio de cualquier Partido o grupúsculo; los desplantes o egolatrías se justifican por ella y, el buen sentido, a tomar viento; supongo que, en línea con todo lo anterior, también por V.C.
Los aviones de pasajeros, con inusitada frecuencia -cada minuto o poco más-, se dibujan en el cielo de Palma de Mallorca por sobre la catedral. Vistos en la distancia, a plena luz del día y desde mi terraza, se dirían gaviotas y es fácil confundirlos con ellas aunque, al caer la tarde, los reflejos del sol en el fuselaje revelen su verdadera y metálica naturaleza, subrayando a un tiempo el milagro de esos cientos de vidas allá en lo alto y pendientes ni siquiera de un hilo.
Cruces coronando las dos torres del religioso edificio y, entre ambas, una virgen con los brazos en alto como si quisiera abrazar el avión sobre ella. El conjunto se me figuró advocación para una feliz llegada de quienes lo sobrevolaban y que, en la distancia, se dirían los destinatarios allá arriba de la ferviente composición: esa plegaria en piedra que corona la iglesia.
A no ser, claro está, que la inspiración viniera después y fuesen los constructores del sobresaturado aeropuerto quienes decidieran encomendar el creciente tráfico, ya que no a sociólogos o medioambientalistas, al Sumo Hacedor, aprovechando las supuestas ventajas de ordenar los trayectos aéreos, a modo de regazo, por sobre el divino y protector efluvio catedralicio. Que también podría ser.