Es sabido que jamás se recorre el mismo camino; porque ha cambiado desde la última vez o, si inmutable, por ser el caminante quien ya no es el que era cuando lo recorrió. Sin embargo, y a pesar de ser consciente de ello, he regresado de un viaje en el que he abreviado e incluso renunciado a algunas visitas suponiendo que iban a ser un más de lo mismo. Catedrales o castillos, montes, edificios, puertos o riberas, relegados tras el primer vistazo en la errónea convicción de que no aportarían novedad alguna y sólo al final, en esas aburridas horas de espera que preceden al vuelo de regreso, me di a pensar en esa necedad sin posible vuelta atrás para remediarla.
La espectacularidad nos asombra a todos. No obstante, y cuando lo contemplado no llega a tanto, son detalles, con demasiada frecuencia inadvertidos, los que convertirán el supuesto remedo en algo nuevo y con encanto. Penetrar más allá de la apariencia, de una primera impresión, implica un plus de atención pero, en contrapartida, también un suplemento de placer. No hay otra monotonía que la nacida del propio interior y, con distinta actitud, la contemplación abandonará los estereotipos que trae la memoria.
A partir del regreso, me he prometido renunciar a ese estar de vuelta que subyace en lo que damos en llamar diálogos de sordos y, por similitud, en la visión de ciegos que me poseyó demasiadas veces frente a torres, fachadas o vitrales. Y creo que me traeré mucho más al almacén de los recuerdos si termino por convencerme, y traducir en la práctica, que el atractivo empieza por saber mirar sin dárselas, a priori, de enterado.

El primero, ha negociado y al parecer conseguido eludir 10 años de cárcel -por financiación ilegal de su Partido, el PP- a cambio de una multita de 18.000 euros y 2.5 años, lo que podría suponer no volver a pisarla en cuanto salga de la de Aranjuez. ¡Y encima, sin que sus antecedentes penales dificulten el regalo! Por lo que hace a Rato, para los cerca de 40.000 millones que supuso para el Estado el rescate de la entidad, 4.5 años según sentencia del Supremo y, como es palmario, la proporcionalidad respecto a la pena por robar un salchichón merecería de explicaciones adicionales.

Por casualidad, nos detuvimos en el bar Manolo (Calle del Río 16) un mediodía y, lo que iba a ser un obligado rato para reponer fuerzas, se convirtió al poco en grato recuerdo que supongo indeleble, así que, a poco que tengan ocasión, no se pierdan esos pimientos rellenos de langostinos que saben a gloria, bacalao asado con costra negra junto a unos vinos y el café; un comer que por sabroso impedía pensar en cualquier otra cosa. Tras ello, el binomio calidad/precio decantado definitivamente en favor del paladar, desequilibrio que acostumbramos a experimentar en sentido inverso.
Aquella misma tarde se me ocurrió que tal vez, contradiciendo a Séneca, la vida bienaventurada no consista en la virtud sino en el placer; del buen comer en este caso y, como otros, puede reconciliarnos con la vida al punto de decirnos, con el tenedor en la boca, «¡Detente, instante!». No pierdo la esperanza de repetir el imperativo a no tardar y en el mismo lugar.
Al pasar por Orihuela, era obligada la visita a la humilde casa en que vivió su niñez y adolescencia Miguel Hernández, muerto en la cárcel con sólo 32 años y, antes del reconocimiento como poeta, pastor de una treintena de cabras hasta que su invencible alma lo llevase a Madrid.
Una pared, en la plaza, muestra algunos versos de aquella lengua en corazón bañada: «Aquí estoy para vivir / mientras el alma me suene. / Aquí estoy para morir / cuando la hora me llegue». Con ellos palpitándome dentro, seguí por cuartos varios y al patio donde la familia guardaba las gallinas.
Y finalmente, un poco más allá, a la higuera bajo la que escribía, cuando aún en el pueblo, algunos de los poemas que me han acompañado desde la juventud. Me senté en el lugar donde él lo hacía por si pudiera ser presa de aquella inspiración que lo convirtiera en hito.
Como era previsible no sucedió, pero la memoria trajo hasta mí otro fragmento: «A las aladas almas de las rosas / del almendro de nata te requiero, / que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, / compañero.». Eran los versos que en su día decidimos que figurasen en el recordatorio del fallecimiento y la lápida del nicho que guarda los restos de mi padre y, entonces sí, un nudo en la garganta. Justo bajo su higuera.
Para algunos, guardar la ropa usada y conservarla mientras dure, a veces por muchos años, es como hacerlo con las viejas amistades, sin sorpresas por conocidas y, debido a ello, un refugio de tranquilidad. Se sabe de su mayor o menor holgura, de un posible descosido… Pero haber convivido con ella, y ella con uno, supone reconocerse mutuamente en fortalezas y debilidades, y la costumbre de andar juntos deja libre la imaginación para incentivos más estimulantes.
