Las líneas de hoy sólo pretenden, en el mejor de los casos, ser el incompleto y pálido reflejo de aquellos instantes en que pude contemplarlos.
Caía la tarde y el paralítico, en una silla de ruedas empujada por otro, llevaba al bebé entre sus brazos. Esperaban el verde del semáforo para cruzar la calle y, mientras hombre y niño sentado sobre él se prodigaban en caricias, fui preso súbitamente de un emocionado embeleso; me embargó una inexplicable plenitud frente a su vista, como si el trío fuera depositario de unas esencias que de pronto se mostraban sin posibilidad de verbalización por mi parte.
Ignoro el parentesco entre ellos o adónde iban, pero era lo de menos ante la certidumbre de estar asistiendo a cuanto solemos defender en abstracto, sin caras ni gestos a los que adscribir la solidaridad, ternura, dignidad… El intento por pensar el sentimiento vino después, cuando ya no estaban frente a mi, pero en el rato siguiente me fue imposible y únicamente conseguí traer a la memoria los versos de Machado: Sólo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás. Aunque en mi caso no fuera exactamente así porque, aún ahora, los sigo viendo.
Sólo acierto a concluir que me dieron mucho más de lo que yo hubiera podido ofrecerles en pago por mi fugaz bienestar.
En aquel par de minutos y merced a las caricias que ambos se intercambiaban, pude reconciliarme con muchas cosas: el tiempo que me ha tocado vivir, mis semejantes… Y nunca podré agradecerles la ráfaga de optimismo que me inundó. Todo por medio de un niño acariciando la cara del impedido y viceversa, ya les digo.
Escuchando cadenas varias o leyendo distintos medios, no es aventurado presumir que los responsables tal vez sigan pensando, como Eliot tiempo atrás, que no podemos soportar demasiada realidad y si se refieren a la que algunos construyen a nuestras espaldas, seguramente no les falta razón. De ahí las memeces, información intrascendente o ese toque de tontería que transforma muchas noticias en tomaduras de pelo. Que si la Pole o las profundas digresiones del entrenador Luís Enrique para entretenernos durante la comida; observaciones de un Casado, el del PP, casado con el Medioevo, gracietas de Bertín Osborne, de Belén Esteban si te descuidas con el canal, análisis papales para llegar al fondo de cuanto sucede o un «Cuarto milenio» con su enésima estupidez. El asunto no parece estar en retroceso y, como muestra, dos recientes botones.
¡Primeras imágenes! ¡Fotos exclusivas! Soy presa de la excitación -tengo por seguro que la compartimos- ante tamaño descubrimiento. A mediodía, TV da cuenta del acontecimiento y, por si no bastara para una mejor comprensión del tiempo que nos ha tocado vivir, ¡Letizia, preocupada por su abuela!
Convendrán conmigo en que, dejando a un lado sus indudables ventajas respecto a la comunicación cuando utilizados con mesura, los teléfonos móviles se han convertido para muchos en instrumento de alienación, y la viciosa adicción los/nos convierte en mercancía al servicio del negocio electrónico, haciendo evidente la paradoja de transformarnos, buena parte del día e incluso de la noche, en seres aislados a través de la interacción auditiva o visual que proporciona el aparato de marras. 
Para refrendar lo anterior, bastará con fijarse en la actividad de los políticos, en Congreso o Senado, más atentos a la pantallita que a los discursos (evasión por otra parte, y en su caso, comprensible), o pasar de la curiosidad a la compasión por esa pareja de enamorados que han trocado la abstracción de una mutua contemplación por la que les brinda lo que tienen entre manos, que no invita precisamente al erotismo. Y por no hablar de los niños, cuya socialización futura va exigir de apropiados cursos cuando no de coach, porque la liberación supone, cuando presos, del oportuno entrenamiento.
Por todo ello, ¿y si se restringiese el uso a políticos en ejercicio, en la infancia o a los amantes? Podrán argüir que el aparato es de manifiesta utilidad, pero también lo son las vacunas, prohibidas en su día por el Papa Gregorio XVI y, ¿vamos a ser más papistas que el Papa?
Siquiera por estética, esa «Justicia superior», como la definía Flaubert, el cabecilla de la banda y marido de la Infanta, Urdangarín, debería ser tratado como se acostumbra con la mayoría de delincuentes sin relación con la realeza, y es que quedarse con casi 20 millones procedentes de fondos públicos en tiempos de Matas (Baleares), bajo la tapadera de un «Observatorio de Turismo y Deporte», no es moco de pavo.
Tras ser condenado -junio de 2018- a 5 años y 10 meses de prisión y en consecuencia encarcelado, dos meses después (Agosto) se le concede ya el Segundo grado por parte de Instituciones Penitenciarias, lo que le permitirá disfrutar de permisos de salida a partir de diciembre de 2019 y tras haber cumplido una cuarta parte de la pena, aunque se publica hace pocos días que pretende acogerse al llamado «Programa Individualizado de Tratamiento» y pasar ya las proximas navidades en casita. 
Cuando en las novelas que he leído aparece una mujer afecta de cáncer de mama, termina indefectiblemente falleciendo o ya ha ocurrido, lo cual, siquiera por respeto a las estadísticas, no debiera ser la regla pese a que la creatividad no sepa de fronteras ni falta que le hace. Sin embargo, no estaría mal fomentar de vez en cuando una percepción más ajustada a la realidad por parte de los lectores frente a la evidencia de que la supervivencia ha aumentado sustancialmente en todas las fases de la enfermedad merced al diagnóstico precoz y avances terapéuticos al punto de que, si en los años cincuenta sobrevivivían a los diez años de detectado el tumor aproximadamente un 25%, actualmente se supera el 80%. Pese a ello, un pronóstico mucho más favorable no parece interesar al extremo de incorporarse a la narrativa.
Se diría que, de ser ése el diagnóstico, el deceso será componente obligado y nada que objetar si conviene a la trama, pero, ¿siempre y en toda circunstancia? Tras la repetida constatación, se diría que los novelistas se hubieran contagiado, en cuanto a los tumores mamarios, de un talante proclive a las malas noticias tan propio de Change o Avaaz y que, de no rodearse de la noche angustiosa, en metáfora de Max Weber, la obra no valdrá la pena. Muy libres de dicho enfoque, por supuesto, aunque por variar y mejor adecuarse a los nuevos tiempos, que alguna superase la enfermedad implicaría cierto toque de realismo siquiera por cálculo de probabilidades, y proporcionaría a los lectores un pálpito de alivio que sería también de agradecer incluso en la narrativa de ficción, contribuyendo de paso a esa mejor cultura sanitaria que tanta falta hace.