Que la Justicia no es una ciencia y tampoco virtud exacta como debiera, en palabras de Sánchez Ferlosio, va quedando cada vez más claro para la población de este país y es que, a las dudas sobre su mediatización, se añade la evidencia de una absoluta falta de equidad, cuando de políticos imputados se trata, respecto al común de los mortales, haciendo actual demasiadas veces lo ya repetido hasta la saciedad: que enfrentados a los jueces, no somos todos iguales y recuerden la canción: Depende, de qué depende…
Quien sea podrá advertir, visto lo visto, que el exministro de Medioambiente en tiempos de Aznar y posteriormente Presidente de Baleares, Jaime Matas, y el exvicepresidente del Gobierno y Presidente en su día de Bankia, Rodrigo Rato, se parecen más entre ellos, siquiera en el trato judicial recibido, que a cualquiera de nosotros de no contar con buenos padrinos.
El primero, ha negociado y al parecer conseguido eludir 10 años de cárcel -por financiación ilegal de su Partido, el PP- a cambio de una multita de 18.000 euros y 2.5 años, lo que podría suponer no volver a pisarla en cuanto salga de la de Aranjuez. ¡Y encima, sin que sus antecedentes penales dificulten el regalo! Por lo que hace a Rato, para los cerca de 40.000 millones que supuso para el Estado el rescate de la entidad, 4.5 años según sentencia del Supremo y, como es palmario, la proporcionalidad respecto a la pena por robar un salchichón merecería de explicaciones adicionales.
Al «corinnado» rey emérito, recuerden, ni un pescozón. Y los miles de aforados, en demasiados casos presuntos pillastres, campando a sus anchas hasta el día de hoy; todos unos traviesos entrañables y no despreciables ratas a salto de Matas. O Ratos, por precisar.

Por casualidad, nos detuvimos en el bar Manolo (Calle del Río 16) un mediodía y, lo que iba a ser un obligado rato para reponer fuerzas, se convirtió al poco en grato recuerdo que supongo indeleble, así que, a poco que tengan ocasión, no se pierdan esos pimientos rellenos de langostinos que saben a gloria, bacalao asado con costra negra junto a unos vinos y el café; un comer que por sabroso impedía pensar en cualquier otra cosa. Tras ello, el binomio calidad/precio decantado definitivamente en favor del paladar, desequilibrio que acostumbramos a experimentar en sentido inverso.
Aquella misma tarde se me ocurrió que tal vez, contradiciendo a Séneca, la vida bienaventurada no consista en la virtud sino en el placer; del buen comer en este caso y, como otros, puede reconciliarnos con la vida al punto de decirnos, con el tenedor en la boca, «¡Detente, instante!». No pierdo la esperanza de repetir el imperativo a no tardar y en el mismo lugar.
Al pasar por Orihuela, era obligada la visita a la humilde casa en que vivió su niñez y adolescencia Miguel Hernández, muerto en la cárcel con sólo 32 años y, antes del reconocimiento como poeta, pastor de una treintena de cabras hasta que su invencible alma lo llevase a Madrid.
Una pared, en la plaza, muestra algunos versos de aquella lengua en corazón bañada: «Aquí estoy para vivir / mientras el alma me suene. / Aquí estoy para morir / cuando la hora me llegue». Con ellos palpitándome dentro, seguí por cuartos varios y al patio donde la familia guardaba las gallinas.
Y finalmente, un poco más allá, a la higuera bajo la que escribía, cuando aún en el pueblo, algunos de los poemas que me han acompañado desde la juventud. Me senté en el lugar donde él lo hacía por si pudiera ser presa de aquella inspiración que lo convirtiera en hito.
Como era previsible no sucedió, pero la memoria trajo hasta mí otro fragmento: «A las aladas almas de las rosas / del almendro de nata te requiero, / que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, / compañero.». Eran los versos que en su día decidimos que figurasen en el recordatorio del fallecimiento y la lápida del nicho que guarda los restos de mi padre y, entonces sí, un nudo en la garganta. Justo bajo su higuera.
Para algunos, guardar la ropa usada y conservarla mientras dure, a veces por muchos años, es como hacerlo con las viejas amistades, sin sorpresas por conocidas y, debido a ello, un refugio de tranquilidad. Se sabe de su mayor o menor holgura, de un posible descosido… Pero haber convivido con ella, y ella con uno, supone reconocerse mutuamente en fortalezas y debilidades, y la costumbre de andar juntos deja libre la imaginación para incentivos más estimulantes.

Caía la tarde y el paralítico, en una silla de ruedas empujada por otro, llevaba al bebé entre sus brazos. Esperaban el verde del semáforo para cruzar la calle y, mientras hombre y niño sentado sobre él se prodigaban en caricias, fui preso súbitamente de un emocionado embeleso; me embargó una inexplicable plenitud frente a su vista, como si el trío fuera depositario de unas esencias que de pronto se mostraban sin posibilidad de verbalización por mi parte.
Ignoro el parentesco entre ellos o adónde iban, pero era lo de menos ante la certidumbre de estar asistiendo a cuanto solemos defender en abstracto, sin caras ni gestos a los que adscribir la solidaridad, ternura, dignidad… El intento por pensar el sentimiento vino después, cuando ya no estaban frente a mi, pero en el rato siguiente me fue imposible y únicamente conseguí traer a la memoria los versos de Machado: Sólo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás. Aunque en mi caso no fuera exactamente así porque, aún ahora, los sigo viendo.
En aquel par de minutos y merced a las caricias que ambos se intercambiaban, pude reconciliarme con muchas cosas: el tiempo que me ha tocado vivir, mis semejantes… Y nunca podré agradecerles la ráfaga de optimismo que me inundó. Todo por medio de un niño acariciando la cara del impedido y viceversa, ya les digo.