A cualquier candidato que pretenda condicionar nuestro presente y en alguna medida diseñarnos el futuro, cabría exigirle un cierto currículum más allá de másteres y/o doctorados: capacidad para entender lo simple y no tener empacho en buscar asesorías frente a lo complejo, formación intelectual que haga posible todo lo anterior y el adecuado talante para evitar que sea tras su nombramiento cuando comience a resultar evidente lo que en su día anunciase María Zambrano: que sólo a fuerza de errores se aprende a pensar.
Sin embargo, pasan los años y sigue vigente la percepción de que la política es el hábitat natural de iletrados y sinvergüenzas en variable proporción sin que nuestras vivencias,
las acumuladas por los ciudadanos en el curso de siglos, sirva para otra cosa que subrayar aquello de que lo único que se aprende con la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia y es más: con Trump, Maduro o Bolsonaro, por no citar a los de aquí, la democracia incorpora en su seno los gérmenes de graves insuficiencias que podrían convertir en actual, una y otra vez, la identificación del voto con elección trágica, sea esta cual sea.
El triunfo de perfiles como los citados y otros muchos, conduce a que incluso los votantes de otras opciones acudan a las urnas de perfil, siquiera por vergüenza ajena.
Únicamente cabe esperar, por no hundirse definitivamente en la desesperanza, que Nietzsche tuviera razón y, lo que no mata, acabe por hacernos más fuertes. Para aguantar sin desfallecer sus dislates y los de quienes puedan sucederles en la poltrona, en tanto no se decida examinar a los presuntos como se debería: con luz y taquígrafos que no sean de su misma cuerda o les deban algún que otro favor.
Hoy trato de una intimidad que quiero compartir -y espero que me lean con benevolencia-, porque estoy convencido de sintonizar con una abrumadora mayoría en cuanto a esos paisajes que dejan una profunda huella hasta quedar en la memoria como espejos de Alicia que nos permitirán volver.
Las cataratas han sido siempre, desde aquella junto a la que cenábamos de vez en cuando con mi padre a las de Iguazú, o un Salto del Ángel que transforma el agua en incienso, imanes de los que no puedo escapar y, a su vista, un pasmo por la sensación de atisbar otro mundo. Sin embargo, no es preciso cruzar océanos para asistir a la maravilla de un atardecer en Cuenca, cuando el sol azulea sobre la sierra y después enrojece o, muy cerca de casa, el color del poniente sobre las aguas, las sombras que se adensan en lontananza…


Ya metido en tema, ¿qué me dicen de las uñas para hurgar en cualquier ranura? Y así seguí, de las pestañas a la oposición del pulgar para poder pillar lo que se tercie y, el resto de dedos, con longitud y movilidad adecuadas para tocar una guitarra que, en otro caso, no se habría inventado. Lo cierto es que, con Darwin entre ceja y ceja (maravillas éstas, ya digo, donde las haya), se me hicieron las tantas y, a diferencia de otras veces, no me dio por levantarme sino por revisarme mentalmente de pies a cabeza sin terminar de creer la perfección -y disculpen la inmodestia, porque también va por ustedes- de la máquina que nos alberga.
Fruto del azar o la necesidad, aseguraba Demócrito unos siglos atrás y, ya puesto, me puse a imaginar lo que podría ocurrir a nuestra especie en años venideros si fingiésemos, por aquello de ver qué sucede, necesidades nuevas. Y casi me vi… Bueno: exploren esa línea cualquier noche, tras apagar la radio, dejar el libro o lo que hayan preferido para pasar el rato, y ya me contarán.
Sin embargo, tampoco sería cuestión de forzar la máquina al extremo de sacar a «las miembras» del armario por eludir un masculino genérico que anda el pobre contra las cuerdas. Puede entenderse esa disforia femenina y, entre otras reivindicaciones, las lingüísticas, pero sin llevarlas al extremo del esperpento, lo que supone un mal remedio (o «remedia», por no ofender).
Para culminación, ahora se vienen los/las/les transexuales y no con dobletes sino, un paso más hacia el despiporre, ¡los tripletes! No han hallado mejor forma de expresión para denominarse que una tercera vía: no «ellos» ni «ellas»; «Elles», «Nosotres» y, algune de eses, no tuvo hijo o hija sino «hije».
A este paso no sé yo, porque encima se topan con dificultades de difícil solución, y si no pueden ser españoles (ya les han tomado la «e» los machistas) ni españolas, pues qué: ¿»Españolis?». ¡Ay, si volviese Rajoy y debiera pronunciarse respecto a elles! «¿Mucho españolis?». Tiempo atrás, Steiner afirmó que la esperanza es gramática, aunque, de ser hoy, mejor calladito.
Es sabido que jamás se recorre el mismo camino; porque ha cambiado desde la última vez o, si inmutable, por ser el caminante quien ya no es el que era cuando lo recorrió. Sin embargo, y a pesar de ser consciente de ello, he regresado de un viaje en el que he abreviado e incluso renunciado a algunas visitas suponiendo que iban a ser un más de lo mismo. Catedrales o castillos, montes, edificios, puertos o riberas, relegados tras el primer vistazo en la errónea convicción de que no aportarían novedad alguna y sólo al final, en esas aburridas horas de espera que preceden al vuelo de regreso, me di a pensar en esa necedad sin posible vuelta atrás para remediarla.
La espectacularidad nos asombra a todos. No obstante, y cuando lo contemplado no llega a tanto, son detalles, con demasiada frecuencia inadvertidos, los que convertirán el supuesto remedo en algo nuevo y con encanto. Penetrar más allá de la apariencia, de una primera impresión, implica un plus de atención pero, en contrapartida, también un suplemento de placer. No hay otra monotonía que la nacida del propio interior y, con distinta actitud, la contemplación abandonará los estereotipos que trae la memoria.