Ya he comentado en alguna ocasión mi nulo interés por ese deporte y debido a motivos varios: millones de personas abducidas por veintidos indivíduos persiguiendo una pelota no me parece un espectáculo que justifique hacerse con nuestro tiempo… Tiene algo de azaroso, mucho de reiterativo, no estimula precisamente la imaginación y si encima consideramos el dinero que mueve y ganan los implicados, es incluso ofensivo para con una sociedad manifiestamente mejorable en cuanto a empleos y salarios se refiere.

Que algunos cuasi analfabetos se embolsen en un mes lo que muchos profesionales en toda su vida y empleando el cerebro, da bastante que pensar. O que el dichoso jueguecito ocupe la primera posición en prensa y televisión, con más de lo mismo década tras década. Y ya ni les cuento de los reiterados clichés en cualquier entrevista a entrenadores o jugadores, absolutamente previsible en sus repuestas para volver a las andadas la siguiente semana.
Y para contradictorio colofón, el nacionalismo identitario, de por sí reduccionista y ombliguero, volcado en unos colores que visten gentes de procedencia dispar y para quienes la simbología que lucen podría ser cualquier otra de llenarles más y mejor los bolsillos. Un Barça de forasters y a quienes jalean los indepes o, en el caso del Club Mallorca por quedar más cerca, con hace poco un propietario alemán y el entrenador ruso para llevar por esos mundos las esencias de la mallorquinidad. Se me ocurre que los equipos de fútbol son el mejor ejemplo de globalización, transversalidad y xenofilia -mal que le pese a Torra y adláteres-, aunque sólo sea para corretear. ¡Pero cualquiera sale con esas frente a los forofos! Y es que sospecho que, de ganar el Barcelona, se refuerza la vía unilateral hacia la secesión y, de hacerlo el Madrid, el borbónico estado centralista. Aunque metan los goles portugueses o keniatas. Así que, por motivos varios, ¡menuda comida de coco!
Hace pocas semanas escribía, en mi columna de prensa semanal, sobre la imperiosa necesidad de que una mayor y mejor educación sanitaria contribuya a eliminar en la población prejuicios y falsas creencias que pueden poner en grave riesgo su salud o, caso de enfermedad, comprometer las posibilidades de curación. Me refería con especial énfasis a las reticencias de un amplio colectivo respecto a las vacunas, lo que no sólo puede dañar a sus propios hijos sino facilitar un contagio del entorno que habría sido evitable. Asimismo, denunciaba la publicidad de lo que han dado en llamar «Medicinas alternativas», sin base científica alguna y que nunca han demostrado los beneficiosos efectos que se pregonan.
Pues bien: como si las citadas reflexiones hubiesen ejercido el efecto contrario al pretendido, leí al poco, por parte de otro colaborador habitual y en el mismo periódico, un cúmulo de falsedades sobre el tema que es necesario, desde ese medio y también en el blog, desvelar en lo que tienen de desconocimiento cuando no simple estupidez. Porque la mentira no es un punto de vista ni puede ser sustrato de digresiones sin el menor fundamento.
Naturalmente que se han producido fiascos y errores por falta, la mayoría de veces, de un seguimiento clínico más prolongado en los ensayos correspondientes. Sin embargo, el aumento en la esperanza de vida no es resultado del azar, y si hoy en día puede curarse la hepatitis C o se ha duplicado la supervivencia media de muchos cánceres, es debido a unos avances farmacológicos financiados en buena parte por multinacionales. ¿Que éstas promueven enfermedades y entran en contubernio con los médicos para ampliar su negocio? ¡Venga ya! La inversión económica busca obviamente el beneficio cuando acierta, pero sin ella estaríamos aún frente a letales epidemias de viruela o polio, sin anestésicos ni quimioterapias antineoplásicas, inermes frente a un sinfín de procesos infecciosos… Todo innecesario porque ahí está la homeopatía y la medicina ortodoxa es fruto de interesadas connivencias, afirma el imbécil a quien me refería al comienzo, cuando lo triste es que el infortunio de algunos enfermos, potencialmente curables, obedezca a que hicieron caso de una pandilla de indocumentados disfrazados de visionarios en posesión de la verdad. Lo cierto es que, en ocasiones y frente a según qué o quién, la censura se echa de menos.
Absolutamente lego en materia de leyes, leo sin embargo de sucesos varios: desde declaraciones ofensivas para terceros, a incitaciones al odio cuando no al puro asesinato o acciones dirigidas a amargar la vida de desconocidos y me digo si acaso, más acá de la cárcel -que por cierto y en cuanto a su función rehabilitadora deja bastante que desear-, no podrían arbitrarse acciones que disuadiesen a los autores y sus eventuales émulos en el futuro.
Hay que poner el punto final a una justicia con demasiados agujeros negros, tardía y anacrónica. A modo de ejemplos, animar a acabar con la vida de algún puto guardia civil como ha hecho el rapero Valtonyc, ejercer de hacker y poner palos en las ruedas de quienes pueden emplear las redes para algo más que el entretenimiento, abundar en la mentira -publicidad engañosa- , protagonizar un falso aviso de bomba, simular que hay virus Ébola en un bote de gel o incitar a la xenofobia, seguramente no son comportamientos de los que deba seguirse causa penal y privación de libertad, pero ser incorporados a un archivo que sirva para agravar el castigo en caso de reincidencia y entretanto un buen zasca al bolsillo de los tales, quizá fueran contrapartidas a tener en cuenta frente a graciosos, inoportunos o descerebrados.
Tiempo atrás, me enterneció hasta la angustia aquella peripecia vital del fallecido poeta argentino Juan Gelman, cuyo hijo fue asesinado durante la dictadura en aquel país, su nuera desaparecida y una nieta, a quien consiguió encontrar tras 23 años de búsqueda y cerca ya de su propio final. «El muerto forma parte del duelo y cuando no existe es un infierno», escribió en una ocasión. Algo sabido por todos quienes pierden a un ser querido y de ahí funerales, velatorios y la última mirada junto al ataúd abierto a diferencia de lo que es costumbre entre los judíos, que ocultan el cadaver a la vista. 
Pude contemplarlo con los ojos anegados en lágrimas y sé que, de no haberlo hecho, el duelo sería interminable y sin esa paliación que trae la distancia porque, aunque el olvido no exista, unos minutos junto al cuerpo ya inerte atemperan el dolor que conlleva la definitiva separación y finalmente allanan el camino de la aceptación.
Por eso: porque no hay despedida de no mediar unos instantes junto al cuerpo amado, la memoria histórica y esa búsqueda de los desaparecidos después de tantas décadas, se me aparece como ineludible para el adiós. Sin alternativa posible. Lo experimenté en carne propia una vez más, frente al amigo, aun a sabiendas de que no cambiaría nada excepto, quizás, abreviar ese infierno que mencionó Gelman.
A 50 años de aquel Mayo y sobrevolados de remembranzas en amplio abanico, desde el nostálgico entusiasmo a las cíclicas decepciones, cabe preguntarse una vez más qué fue de aquello: cuánto contribuyó a cambiar el futuro en el supuesto de que lo hiciese o, remedando a Handke en su novela La ausencia, si acaso no existió nunca lo que se cantaba, aunque sí las estentóreas voces de los cantores.