La mayoría de ustedes sin duda conocen los hechos: un grupo de cinco desalmados que se autodenominan «La Manada», violaron en 2016 a la joven de dieciocho años, durante las fiestas de Pamplona, tras obligarla a meterse en un portal. Se pasaron tres pueblos en ese jolgorio con el que quisieron justificar su agresión. Y debieron disfrutar porque su cerebro enfermo no les impidió sonreír: antes y después. Sin embargo, y según los jueces (la tolerancia de uno de ellos, apostando por la absolución, atenta al corazón de la moral y no es sólo cinismo sino pura animalidad), se trató únicamente de abuso, que no violación, ya que la víctima se limitó a sufrir en silencio y cerrando aterrada los ojos. ¿Y qué podía hacer? ¿Resistirse y jugarse la vida frente a semejante pandilla de cabestros?
Enterados del drama, eso de que no podemos enjuiciar lo que no compartimos, como afirmase en su día Virginia Woolf, pues ¡y un cuerno!
Amenazar para conseguir un fin, utilizando como estrategia el miedo y la vulnerabilidad, es puro y simple terrorismo. Y cabría añadir que no se trata aquí de poner en cuestión la independencia judicial, pero en el calificativo de lo acontecido los jueces se han pasado también, como la propia Manada, tres pueblos. Porque con independencia de que la prisión permanente revisable pudiera ser para ellos, en su última parte, también una prebenda, lo sucedido pone en solfa a la propia Justicia que no se aparece como virtud exacta sino simple desgobierno.
Y pretender que siga habiendo opiniones para todos los gustos es, en el tema que me ocupa, no sólo impropio sino ofensivo. De haberse tratado de mi hija, iban a saber esos lo que vale un peine aun pasándome, por seguir su ejemplo, tres pueblos. Se trataría de procurar, con la venganza, una mejor justicia con los tales como víctimas; otras que la violada y en reemplazo de ese dios que, de existir, habría hecho llover sobre ellos azufre y fuego.
Estoy con Borges cuando sugirió que sólo hay unas cuantas metáforas esenciales y, entre ellas, el tiempo como río y su discurrir.Por extensión de ese fluir del agua como remedo de nuestra propia vida, me ha dado por pensar que la naturaleza entera, desde los sedimentos y estratos que pisamos y nos conforman (la memoria) a lo que ocurre sobre nuestras cabezas, de la luz a la noche, todo es pasajero y cambiante como el mismo existir, líquido en su tránsito.
Bajo tal perspectiva, una cierta relativización quizá debiera incorporarse a cualquier análisis y para ello basta con mirar en derredor. La otra tarde y de paseo al borde de la playa, me detuve un rato para contemplar, abstraído, las enormes olas. Se acercaban erguidas y amenazantes, enarbolando sus blancos penachos, iracundas de espuma hasta romper sobre una arena removida y arrastrada por la inclemencia sin matiz, sufrida… Un agresivo espectáculo el de aquel mar bravío que no daba tregua y sin embargo, cuando se retiraba, se diría que no había cambiado nada. 
El escritor mejicano y de orígen italiano, falleció el pasado día 12 a la edad de 85 años y con él perdemos a un excelente novelista y referente contemporáneo, Premio Herralde en 1984, Rulfo en 1999 y Cervantes en 2005. Tras los relatos de su primera época («Tiempo cercado», «Infierno de todos»…), pasó a la novela y su trilogía, englobada en el llamado «Tríptico de carnaval» («El desfile del amor» en 1984, «Domar a la divina garza» (1988) y «La Vida conyugal» en 1991) es el mejor exponente de esa maestría que continuaría con «El arte de la fuga», «El mago de Viena» o, ya en la recta final, «Una autobiografía soterrada» (2011).
En 2017 fueron el búlgaro Todorov o el también mejicano Antonio Sarabia, Dereck Walcott, John Berger, Juan Goytisolo y el argentino Ricardo Piglia… En los cuatro meses del presente nos ha dejado el peruano Loayza, Claribel Alegría o el sin par poeta Nicanor Parra a los 103 años, y es que el tiempo no sólo afecta a cada uno de nosotros sino que, inclemente, nos despoja en vida: de seres queridos por cercanos y de esos otros, compañeros por habernos procurado nuevos mundos que transitar. Descanse en paz, maestro.
Me han comentado miembros de la ONG «Voluntaris de Mallorca» (a la que pertenezco, aunque no de forma activa como en el pasado) que, si siguen en la brecha llegados ya a cierta edad, no es porque continúen todavía con las mismas ganas de compatibilizar esa actividad con otras obligaciones y/o aficiones -los años no pasan en vano-, sino debido a la ausencia de sustitutos con juventud y determinación.

Han de tener resuelta primero o por lo menos encaminada su propia subsistencia y, actualmente, el desempleo cuando no la miseria se están convirtiendo en muros disuasores para el altruismo, debiendo aceptarse por obvio que priorizar la cobertura de las necesidades básicas a la interacción compasiva, es de esperar en cualquiera. En tal situación, que tiene visos de continuar, los abuelos/as y miembros de cualquier ONG tendrán que plantearse hasta qué punto su solidaridad -con el tercer mundo y, en el primero, a costa de repartir pensiones con hijos y nietos- tampona las injusticias en lugar de propiciar que se pongan, de una vez por todas, sobre la mesa.
Las discrepancias entre individuos y colectivos son, además de habituales, convenientes, toda vez que la unanimidad puede ser exponente de una homogeneidad analítica que denote simplismo y ausencia de alternativas para la mejora. Se trataría pues de, frente a opiniones o posturas encontradas, conseguir el equilibrio. Ese era el secreto del Universo para Empédocles y, sin apuntar tan alto, domar las divergencias con ideas vehiculizadas por la palabra debería ser el objetivo para convertir la inicial disparidad en un nuevo escalón hacia el progreso; a través de un esfuerzo recíproco de comprensión y, si se revela difícil o insuficiente, apelando a la mediación.
Bien por el encastillamiento de las respectivas posiciones en una autosuficiencia que no es nunca buena consejera, bien porque al mediador no se le haya facilitado la necesaria información sobre los entresijos del problema, carezca de la adecuada formación o, en ocasiones, su talante le haya llevado a tomar partido de antemano y, a modo de ejemplos, angustias, rencores o ideologías pueden transformarse en barreras de complicada superación.
En estos meses, desde los conflictos rusos y americanos hasta el soberanismo catalán, se echa en falta la oportuna mediación y tal vez obedezca a la ausencia de personas u organismos competentes en dicha labor que seguramente precisa, como se ha sugerido con relación al trabajo creativo, de un 1% de inspiración y, el 99% restante, agobiante transpiración. En tales condiciones, quizá la vocación sea imprescindible y casarla con la aptitud, una titánica empresa. Y es que no parece que abunden, siquiera por estos pagos, vocaciones sudoríparas por sobre el sueldo o la primacía de la propia imagen.