Con independencia (¡ya empezamos!) de mi oposición en fondo y forma al proceso soberanista catalán, no puedo por menos que cuestionar algunas de las medidas adoptadas al respecto por el Estado. Entre ellas, la prisión preventiva para Oriol Junqueras y otros varios cuya prolongación, tras las recientes elecciones celebradas allí, tiene difícil justificación y apunta a que la Justicia podría ser, en ocasiones, una forma de venganza en lugar de mostrar en toda circunstancia equilibrio, ponderación e igualdad para todos, contradiciendo así a Orwell y su convicción de que algunos son más iguales que otros.
Se diría que los tres poderes han construido un entramado de interrelaciones y apoyos mútuos que los pone en solfa a poco que se analicen, consiguiendo que los favoritismos conduzcan a un embrutecimiento que afecta tanto a la ética como a la propia estética de la acción judicial, componente asimismo esencial para que la democracia sea algo más que una máscara. Y es que no deja de extrañar que se prolongue la prisión para algunos, antes de ser juzgados, mientras Urdangarín sigue de paseo por Suiza o corruptos sentenciados, desde Matas a Rato, continúan pactando favores con la fiscalía.
O por no seguir que, tras años de dilaciones, el caso Palau de la música, en Barcelona y con implicación de la antigua CiU, se falle coincidiendo en el tiempo precisamente con las fechas en que ha de constituirse el nuevo Gobierno catalán. Puedo así entender que siga asistiendo la razón a Elías Canetti cuando exclamaba a través de sus apuntes: «¡Cuantas injusticias se cometen para ser justos una vez!». Y que «El desgobierno judicial», el libro de Alejandro Nieto, conserve plena vigencia siquiera en el título y fomente el escepticismo sobre el trasfondo que demasiadas veces informa determinadas decisiones político-judiciales; un ejemplo más de que sólo se ve aquello que se quiere ver. Con semejante talante, normalizar las relaciones en esa Comunidad se va a hacer muy cuesta arriba. Y Puigdemont no es el único responsable.

Combinar la misma con determinada alimentación podrá seguramente contribuir a un mejor estado físico y superior tolerancia farmacológica, pero de ahí a atribuir a la semilla de lino o el brócoli su respuesta completa (desaparición de la enfermedad), media un abismo. Y sus declaraciones son exponente del nulo conocimiento de la tal Odile sobre oncología.
Una cosa es que, excepcionalmente, se hayan comprobado remisiones espontáneas -de causa aún por determinar con exactitud-, y curaciones en estadios avanzados de determinadas neoplasias (hay más 200 cánceres, según su orígen) merced a la medicina científica, y otra distinta atribuir a la cocina, como hace, su favorable evolución. Apostar por la cúrcuma o los alimentos crudos me parece muy bien como estrategia profiláctica -preventiva-, pero relacionarlos con la remisión de un tumor que ha metastatizado, es clara evidencia de que a esta médico general, por lo que hace a la oncología, le queda mucho por aprender. Y para empezar, que cuando las opiniones no tienen fundamento, mejor calladita y ponerse a estudiar.
Libertad e igualdad no pasan, por lo que hace a esta semilla que se resiste a morir, de eslóganes para seguir en las mismas, y El chicle no ha sido estos días más que una odiosa figura que ejemplifica la inoperancia de las medidas disuasorias al respecto. Estamos, en lo que supone el oprobio de la colectividad, anclados en un rechazo que sirve de poco frente a las reiteradas evidencias del más de lo mismo. Que si un número telefónico para la denuncia que no constará en la lista de llamadas, prohibido acercarse el animal a menos de tantos metros y otras penas varias mientras sigue el acoso, la humillación o asesinatos de los que el tal chicle es de momento el último actor para la media de una víctima a la semana +- 10 en el curso del año. Y en la misma tónica una década tras otra.

La cárcel sin revisión que valga y, para el matón denunciado, anillo eléctrico en la base del pene -con revisión mensual en el correrspondiente centro policial, que garantice su perfecto estado- y de activación automática en cuanto se acerque más de lo debido a la agredida. Y es que una patada en cierto sitio puede tener efecto disuasor y, en su defecto, el equivalente en decibelios. ¿Por qué no se prueba? De no funcionar, quedaría en cartera la emasculación como tratamiento de unos y advertencia para otros machitos de pacotilla.
Escribir puede acabar en vicio como si de una droga se tratase; organizar tu vida en torno a él y asumir como inevitables sus efectos secundarios: insomnios, angustias y horas de soledad en pos del proyecto aunque no lo sepas definir con exactitud. Otros afectados por el mismo síndrome han dicho que sólo cuando no sabes quién eres te pones a escribir (Magris); que escribir es llorar, matar la vida o, si de un texto largo se trata, algo parecido a ir de rodillas desde Vladivostok a Gibraltar.
Tras veinticinco años, retomé hace unos meses una historia abandonada en la carpeta de los esbozos durmientes. El protagonista de la misma, peculiar sujeto al que en su día conocí, era oriundo de Sóller, un pueblo en la costa de Mallorca y que yo sólo conocía de pasada. ¿Y si fuese allí? -me planteé-: intentaré revivirlo en su propio terreno y, de paso, me tomo un respiro…
Así lo hice y ni les cuento del placer: imaginarlo en cualquiera de aquellas calles recoletas, junto a una iglesia en medio de la plaza que da gloria verla, quizá sentado en el mismo bar donde nos detuvimos y, por ende, mi relato inserto en aquel mundo real y en movimiento.
Alguien afirmó que el bienestar se convierte en energía y quizá por eso la sentí, renacida, tras retomar boli y papel. Tan agradable la experiencia, que me propongo repetirla aunque sea con base en las lecturas e independientemente de la afición por escribir. Me quedan en el tintero y amén de otros muchos sitios, Comala, Macondo o Agua Santa… Y descarto Yoknapatawpha por mi mala pronunciación y es que, caso de perderme, nadie entendería dónde diablos quería llegar. En cualquier caso, estén mis destinos donde estén y, al tiempo que ejercito las piernas, intentando conjugar imaginación con el estímulo de lo tangible. ¡Escribir y viajar…! ¿Alguien da más?
Cuando pienso en sus premios, la cuantía y variedad, me pregunto cómo pueden hacer frente a unos compromisos de pago que, encima, se van acumulando. Porque un sueldo mensual de 3000 euros durante veinticinco años, sumado al del día anterior y once millones por aquí más 40 ó 50 por allá, a cambio de 1.5 euros por cupón vendido, no es moco de pavo.

Con esos mimbres, y aun suponiendo que sólo existiesen ganadores quince días de cada mes y los otros quince dejasen la recaudación en sus manos, las pagas a los afortunados sumarían mensualmente 45.000 euros, lo que implica tener que abonar un millón al cabo de dos años y así sucesivamente. A los 25 años, 12.5 millones un mes tras otro, a los que habrán de añadir el cuponazo, los premios diarios, sorteos extraordinarios…
Presumo que ya habrían cambiado de rollo de no salirles los números pero, por más vueltas que le doy cuando paso frente a cualquier vendedor -muchas veces sin comprador alguno a la vista-, no lo acabo de entender y es que, aunque disminuyese en un futuro y de forma significativa la popularidad de sus juegos, tendrían que seguir haciendo frente a esos miles de pagas comprometidas. Lo cierto es que de ser yo el gestor, andaría preocupado y, de no ser el caso, que alguien me lo explique.