Hasta aquí, lo pintoresco era para mí sinónimo de curioso, chocante u original, sin que el calificativo supusiera otra cosa que una adjetivación para explicar que determinado hecho llamara la atención y de ello pudiera derivarse sorpresa, admiración y ser una invitación para reflexiones varias. Siempre había pasado por alto -¡y hay que ver la obviedad!- que también se denomina de ese modo a lo que merece ser pintado y así lo precisó mi hermano en nuestra tertulia de la otra noche.
Buen aficionado al dibujo y la acuarela, me enseñó varios de sus últimos trabajos en los que ahora menudea la figura humana; algunas de ellas en precario estado y con signos externos de pobreza. «La miseria es pintoresca», afirmó.
Nunca antes, como digo, había yo asociado ambos vocablos, aunque sin duda le asistía toda la razón en el sentido que daba al adjetivo. No puedo imaginar un escenario burgués, cómodo, que a un tiempo pueda denominarse pintoresco en ninguna de sus acepciones. Después, ya a solas con mis pensamientos y de nuevo frente a la miseria atrayendo al pincel, me dio por recordar imágenes; situaciones y flashes en los que la precariedad se hace con el protagonismo también formal. Pintoresca miseria, y provocativa porque hunde algunas de sus raíces en nuestra demasiado frecuente impasibilidad.
Lo cierto es que desde aquella conversación, lo pintoresco ha seguido golpeando en la puerta de mi interés. O de la conciencia. Quizá, el polisémico término, unido a la pobreza, ha hecho más evidente lo que tantas veces relegamos hasta decirme, con Wittgenstein, que lo importante no es decir algo nuevo sino de nuevo algo, como creo que hizo mi hermano. Palabras que, sumadas, inviten a mirar más allá de lo acostumbrado y despierten alguna que otra emoción. Seguramente con ellas no convenga construir ideologías pero sí arte desde lo pintoresco, que puede ser, también, un buen camino para mejor acercarse a la mucha veces incómoda realidad. Miseria relegada, poliédrica, deprimente y por ello pintoresca. Siquiera -deduje de su exposición-, para evitar la complicidad del artista con el silencio frente a la verdad.
Me refiero a colgar banderas en el balcón de casa o utilizarlas en Facebook a modo de presentación; algo equiparable a identificarse con un crucifijo en la puerta, a través de vociferantes vivas y mueras o resumirse como hincha de la Ponferradina, por un decir. ¿Son algunos de esos comportamientos un símbolo del «yo hegemónico» y la esencia del mismo? Pues se diría una lamentable reducción a la unidimensionalidad, y peor si cabe porque nadie ha preguntado al/la exhibicionista por sus adhesiones y lo más probable es que a los espectadores desde la calle -o visitantes de las redes- se les den una higa las filias o fobias del anónimo en cuestión.

fundamentalismo del cual, por lo mismo, conviene apartarse siquiera por prudencia. Es buen indicio para rehuírlos, sea en modo presencial o a través de las redes sociales. Dime si cuelgas y te diré cómo eres.
Sin entrar en psicoanálisis, ¿Han probado el ejercicio de examinarse respondiendo a determinadas cuestiones planteadas por otros? En qué orden (si es que lo hay) colocan sus libros, cómo dejan ropa interior y zapatos al irse a dormir, modo de leer el periódico, qué tienen sobre la mesa de trabajo que nunca han usado o, si acostumbran a irse a andar o correr, ¿cuántas veces miran su reloj durante el trayecto? Porque he observado esto último en otros y se diría que algunos estén atentos, más que al horario, al segundero.
Si la identidad pasa por el billetero siempre en el lado derecho y enjabonarse empezando por la entrepierna así caigan chuzos de punta, no estaría de más averiguar si vive algún Freud en la escalera del edificio que, de paso, lograse convencerme de que mirar la agenda antes de cada desayuno, comida y cena, es de lo más normal. ¿Y ustedes? ¿Nada que decirse en cualquier rato de introspección? Aunque de estar casados, ya se encargarán ellas, según me cuentan todos (y nada de sexismo), de hacérselo saber.
Como especie, la evolución nos ha enderezado y permitido andar a dos patas. Sin embargo, esa misma gravedad y a escala individual, se ceba en la tercera edad como si necesitara de reafirmación tras ser descubierta; algo parecido a lo que sucede con las pensiones, tema que puede soslayarse sin dificultad hasta que nos afecta directamente. La gravedad se alía con la artrosis en lugar de dar caña a quienes viven por todo lo alto o miran desde arriba y por encima del hombro; es ahí donde debiera manifestarse en toda su crudeza y no pesar sobre el octogenario que, puesto a opinar, imagino que clamaría incluso por un cielo a ras de suelo por ser precisamente el que frecuenta, luchando por enderezarse si acaso se le ocurre recoger algo o simplemente atarse los zapatos.
Por lo que a mí respecta, que móvil o monedero dejados a su aire se desplacen siempre hacia abajo o el nombre de Despeñaperros fuese el de Levitaperros de no existir la gravedad, no me inspiraba reflexión alguna hasta que he debido arrodillarme y levantarme a continuación sin tener dónde agarrarme. Y no estoy todavía en los ochenta.
Tal vez hayan conocido a alguien que responda al prototipo que describo: ése/a que se siente aludido e implicado en todo cuanto se dice, que siempre ha vivido parecidas experiencias sean cuales fueren éstas y cambian, a primera persona del singular, cualquier digresión de terceros por más que no tengan nada que ver con él/ella. «Pues a mí me pasó lo mismo. Recuerdo una vez…», «Ya que lo dices, en mi caso…» o «¿No estarás insinuando que yo…?». Está permanentemente concernido/a, el mundo se organiza en círculos concéntricos a su alrededor y todo empieza y acaba en esa persona para quien las conversaciones se reducen a un selfie.

¿Es amor propio llevado al paroxismo o, por el contrario, la permanente inseguridad puede desembocar en semejante compensación? ¿Paranoia? ¿Neurosis? ¿Maníacodepresivos o una personalidad aún pendiente de filiación? Lo cierto es que rara vez ese arquetipo da muestras de relajación o complacencia y termina, de repetirse los encuentros, con la paciencia del más pintado. Así pues, y de permitirme un consejo, tengan en mente dicha eventualidad y, de detectar a alguien con esas características, sálganse por la tangente y, aprovechando cualquier distracción, ¡huyan! En llegada la noche, dormirán mejor si no se les aparece incluso en sueños.