El Intermedio, programa de la cadena Sexta que se emite diariamente a las 21.30 h., cuenta con un gran equipo de profesionales -Sandra Sabatés, Dani Mateo, la Villas o Gonzo- a los que lastra precisamente su director: ese al que llaman Gran Wyoming aunque en mi opinión no pase de pequeño soplagaitas. Se trata de un noticiario de actualidad con tintes izquierdistas; ágil, desenfadado y las más de las veces oportuno pero que el cansino humor del tal Wyoming, transitando semana tras semana por iguales derroteros, termina por convertir en un adormecedor esperpento.
Y conste que lamento coincidir con Marhuenda -espero que por única vez-, pero resulta que, como puntualizó el escritor Monterroso, el humor no es un género sino un ingrediente y, si el ingrediente pasa a transformarse en finalidad, todo el guiso se echa a perder.
Eso es precisamente lo que consigue el director, coordinador o como diablos se titule, abusando año tras año de juegos de palabras por lo general sin la menor gracia al igual que sus comentarios, con pretensión de mordacidad pero que, con la reiteración, han perdido el mordiente que pudieran tener en sus inicios.
Las salidas por la tangente son impostadas, previsibles o únicamente sorprenden por el desconcierto a que abocan y estamos, muchos de entre quienes he comentado la cuestión, de sus tirantitos, muecas, la sonrisa estereotipada o las alusiones a una supuesta homosexualidad, hasta la coronilla. Tanto es así, que algunos ya han decidido cambiar de cadena a esa hora y otros estamos en trance de hacerlo por su causa, hartos de esperar a que termine y presos entretanto del bostezo. En lo que a mi respecta, lo sentiré por la Sabatés, pero acabará por pesar más la cargante presencia de su jefe. Y no me vale como argumento que cuente con millones de seguidores. También los tiene el fútbol. O las memeces de Tele 5.
El tren me lleva hoy hacia atrás como a veces ocurre cuando cierras los ojos. Lo cierto es que nunca pude imaginar por entonces que, junto al traqueteo sobre las vías, las ruedas teclearían retazos de biografía para el recuerdo. Hace ya muchos años que no he viajado en uno (excepto el AVE, sin nada que ver con los de antaño) e imagino que aquellas ruidosas máquinas y los vagones de tercera acabarían en el desguace , de modo que, como dijo Carlos Pujol y creo haber citado en alguna ocasión – Pujol el poeta, sin parentesco alguno hasta donde sé con los de la herencia andorrana y misales millonarios-, Nunca se puede regresar a nada / pero hay que regresar para saberlo.
La de Francia, en Barcelona, y la de Figueres, representaban ambas el principio y fin de las vacaciones durante los estudios; iguales trayectos de ida o vuelta repetidos por enésima vez y, sin embargo, contemplados con distinta mirada a tenor del estado de ánimo, crucial para que el tren pudiera jugar con el tiempo alargándolo o comprimiéndolo; unas horas dilatadas hasta la extenuación y que parecían sin final cuando se viajaba en busca del abrazo, o comprimidas a la velocidad de la luz caso de regresar de nuevo a la rutina. Entretanto, en esos cortos o interminables ratos sobre las vías, paisajes huidizos, pueblos que nunca conocería con los pies en el suelo, el hacinamiento entre maletas que empujaba para un pitillo en la ventanilla o, por contra, palabras y caras que tal vez disfruté antes de ausentarse para siempre tras bajar al andén.
En la estación de Port-Bou y antes de embarcarnos con mi hermano en un puerto francés con rumbo a América, abrazamos por última vez a nuestro padre con aparente buena salud y todos controlando las emociones a flor de piel. Sólo pisábamos año tras año la de Garbet para el baño de mar y aquí, en Palma de Mallorca, la pequeña estación fue muchas veces testigo de los encuentros con Avelino, un buen amigo escritor: diálogos acalorados junto a una copa de vino y durante el tiempo que nos concediese la salida del siguiente para volverlo a su pueblo de residencia. El tren ha sido para mi, por resumir, mucho más que vehículo de transporte. Porque libre de opciones en aquellos traslados, sin urgencias y fuese pletórico o ensimismado, las vivencias junto a los paisajes entrevistos ayer, túneles, puentes u horizontes, siguen removiendo hoy otras muchas que crecieron a su compás. Incluso tantos años después de aquellas primeras monedas depositadas sobre la vía para, cuando aplastadas, triplicar su tamaño. Como ocurriría con nosotros y nuestros desvelos al dejar la infancia atrás.
Mi opinión sobre el valor y acierto de la película en cuestión, difiere de la manifestada por los numerosos analistas que con sus elogios me llevaron a entrar en la sala. Pero la ilusión por conocer más sobre los últimos cuatro años del escritor, a la salida se había mudado en fiasco por unas carencias que trataré de resumir. De entrada, la primera media hora transcurre en una sucesión de diálogos y discursos un tanto pesaditos -a propósito de un congreso de escritores-, con la participación de un Zweig (SZ) que se limita a evasivas cuando algunos pretendan ahondar en el drama de esa Europa que tanto le dolía, asolada por la Segunda Guerra Mundial y que fue causa de su exilio.
Igualmente, tampoco hay referencias, para una mejor contextualización biográfica, sobre sus amistades epistolares con iconos intelectuales de la época (desde Freud a Rilke o Herman Hesse), aficiones otras que la de escribir (era un melómano impenitente), colaboraciones en revistas o la autoría de celebradas biografías (la última, sobre Montaigne, inacabada por su prematura desaparición y que por ello mismo habría merecido siquiera de mención).
No se sitúa al espectador frente a la génesis y desarrollo de la fatal decisión, de quién partió la idea o fue el ejecutor/a (SZ se suicidó con Veronal, un barbitúrico actualmente fuera del mercado, y ella ingiriendo matarratas, aunque nada de esto se traduzca en el film). Por ende, que el abrupto final, en buena medida incomprensible para quienes no conozcan siquiera un algo de la vida y talante de SZ, termine con una criada de raza negra rezando el Padrenuestro de principio a fin, se antoja un pobre recurso para el que sin duda había mejores alternativas. En conclusión: salí del cine convencido de que los últimos años de Zweig daban para más de lo que nos ha ofrecido la directora, María Schrader. Aunque del subjetivismo que tiñe estas líneas no quepa hacer, en modo alguno, una vara de medir.
Las sustancias que se presume pudieran aportar algún beneficio en el tratamiento de determinadas patologías, han de ser sometidas a un largo proceso experimental, con duración de muchos años y perfectamente reglamentado, antes de que pueda autorizarse su empleo en humanos. A las iniciales pruebas in vitro (acción sobre cultivos celulares), habrán de seguir estudios in vivo con animales (ratones o ratas, cobayas, conejos… a tenor del producto en cuestión) para evaluar su tolerancia y eventuales toxicidades. Sólo tras estos prolegómenos, denominados preclínicos y caso de resultar alentadores, podrá justificarse el inicio de ensayos clínicos en fases sucesivas (I a III) y con inclusión de un número creciente de sujetos. Tras la III, en general con participación de numerosos hospitales y miles de pacientes, se autorizará, caso de resultar positiva, el uso del medicamento en enfermos y bajo prescripción.
No se trata de banalizar el mal y, a este respecto, se sigue escrupulosamente un código de buenas prácticas para evitar, a los animales en estudio y en lo posible, sufrimientos innecesarios (anestesia, eutanasia…). Pero la compasión admite prioridades y, por encima de la que merece cualquier animal, está la que se debe a nuestros semejantes. Así que el animalismo, en el terreno que me ocupa, entiendo que está teñido de desconocimiento cuando no de demagogia porque, puestos a analizar contradicciones, el encomiable respeto por la vida y bienestar del animal deberá en estas circunstancias subordinarse al que debemos al ser humano y, de entrar en colisión, parece claro a quién se debe sacrificar. Por ello, el cartel con que me topé el otro día, en plena calle, me parece cuando menos desafortunado.
El pasado día 12 y con ocasión del XIX Festival de Poesía de la Mediterrània, tuve el placer de escuchar de nuevo y en vivo, después de mucho tiempo, al cantautor Paco Ibáñez que, con sus 82 cumplidos (nació en 1934), consiguió volverme a las emociones de mis años mozos. Fue un referente en aquella época -finales de los sesenta y la década siguiente- en que la ideología cabalgaba también a lomos de sus canciones y las de Raimon, Lluis Llach… Ibáñez fue censurado en este país tras su vuelta de Francia y hasta la muerte del Dictador, de modo que vida y obra se solapan en este hombre aún capaz -la voz gastada por los años- de devolverme el nudo a la garganta al tiempo que coreaba su rasgueada palabra.
Los poetas nos enseñan el camino de la verdad existencial. Así comenzó para, a continuación, intercalar sueños y vivencias en las pausas de su guitarra. «Si he perdido la voz en la maleza, me queda…» (Blas de Otero), el Góngora de «Déjame en paz, amor tirano» y su enemigo Quevedo en «Es amarga la verdad…»; Lorca, el León Felipe de «Como tú, piedra pequeña…» y Celaya («Estamos tocando el fondo»), «Andaluces de Jaén» o «Palabras para Julia».
El público que abarrotaba el Auditorio, permanecía entregado tanto al verso como a la prosa con que aludía, quizá para tomarse un respiro (la edad puede no pesar en el alma, pero sí en pulmones y cuerdas vocales), a la opinión que le merecen los curas, estadounidenses o la dictadura de la delincuencia -que así le dijo un taxista italiano- para, seguidamente, traerse al Ché Guevara junto al «Soldadito de Bolivia».
Y a ratos dejé de escuchar su voz para centrarme en los recuerdos casi húmedos mientras susurraba, con él, aquel «Acuérdate de lo que un día yo escribí / pensando en ti…». Para colofón, «A galopar, hasta enterrarlos en el mar» y todos sin excepción, puestos en pie, cabalgamos de nuevo, como años atrás, junto a Paco Ibáñez. Sólo me queda hacer votos para que haya una próxima vez antes de guardarlo, definitivamente, en la memoria de mis nostalgias.