Supongo que a la mayoría de quienes esto lean les habrá ocurrido escuchar de pronto una palabra inusual que retrotrae al pasado y, desde ese instante, contemplar a quien la profirió con otros ojos, sintiéndolo más cercano. Porque si la mayoría de palabras son simplemente vehículos de expresión, algunas se transforman con los años en amarres del ayer; atajos hacia esa infancia en la que, como escribió el portugués Andrade, la luz es feliz y se demora. Mucho después, aún relampaguean destellos de esa luz al recordarlas, porque están ancladas al corazón de unos recuerdos que se vienen con ellas, depositarias de algo más que el mero significado.
No seas sinsorgo, somorro o trapalón, podía decirnos nuestra madre a modo de recriminación. Babieca, pipiolo o samugo y, de portarnos mal, os voy a dar un sopapo.
O un sartako, quizá por reminiscencias de su Tolosa. De estar delgados, «Estais hechos el espíritu de la golosina»; Vete a silbar a la vía, que dan dos reales, era la invitación a que uno se largase por pesado… «Átame esa mosca por el rabo» denotaba orgullo y, de referirse a alguno que considerasen zafio, cualquiera de nuestros progenitores podría subrayarlo afirmando que «Habrá ido a París, pero París no ha ido a él».
Expresiones entre otras varias. Palabras que, llegada cierta edad, decidí listar para, cuando releídas, facilitasen por un rato el nostálgico regreso. Porque algunas de ellas terminan por ser, a más de espejos del pasado de cada cual, los bordados del alma. El repertorio verbal puede llevar aparejada otra carga junto a lo que pretende expresar y como dicen los versos de Carlos Pujol, que ya he citado en alguna ocasión, «Nunca se puede regresar a nada, / pero hay que regresar para saberlo». A veces, asido a ciertas palabras.














