Algunas pérdidas se sienten más. Y no me refiero a los seres queridos, sino a esos/as que, aun cuando personalmente desconocidos, han llenado un espacio de nuestras propias vidas. Es, para mí, el caso del escritor J. L. Sampedro, fallecido hace pocos días.
Hace un par de años fue invitado a venir al hospital en el que yo trabajaba, para charlar sobre lo que le apeteciese. y el Gerente me invitó a presentarlo. Sin embargo, y tras su aceptación inicial, pospuso el acto por cuestión de salud. En el ínterin, repasé su biografía y lo que de él había leído, aunque era su novela, «La sonrisa etrusca», la que iba a centrar mis palabras.
Tal vez por oncólogo, nunca olvidé a aquel viejo de nombre Salvatore: un antiguo partisano enfermo de cáncer y que se encariña con el nieto, Brunnetino, que fue también su nombre de guerra. La enfermedad no acabaría con él hasta el día en que el niño le llama, por fin, nonno (abuelo). Hoy se me ocurre que si Brunnetino no hubiese balbuceado esa palabra, aún tendríamos al anciano luchador, a ese hombre honesto, entre nosotros. Porque mientras esperaba el día de su venida, Sampedro era para mí el nonno de su novela.
Ya no podré preguntarle si, en alguna medida, estaba en lo cierto. Y bien que lo lamento.
PD: este post fue publicado en 2013. Ignoro por qué aparece fuera de lugar. Los comentarios adjuntos aluden al siguiente, que trata de la concesión del Premio Cervantes al escritor Juan Goytisolo.














