Hace ya muchas semanas que venimos notando sutiles cambios en su caracter. Parece distante y un algo arisco a veces, aunque a esa edad se tomen las rarezas y altibajos a título de inventario y sin darles mayor importancia. A ratos afloraba una agresividad que al poco se mudaba en tristeza, y la impaciencia o un estar ensimismado campaban a sus anchas.
Cosa de los años, nos hemos dicho en su ausencia quienes le queremos, y es que ninguno de nosotros alcanzamos a imaginar que la intervención prevista pudiera afectarle así. Es una cirugía de bajo riesgo y ni siquiera -se lo hemos repetido- tendrá que pasar la noche en el hospital.
Él no mencionaba el tema de no ser preguntado al respecto e, incluso entonces, se limitaba a un par de breves comentarios, casi monosílabos, aunque pudiésemos adivinar la rumia que lo atormentaba. Hay disimulos que resultan transparentes y así ocurría cuando, tras unos días soslayando la cuestión, volvíamos a ella.
-¿A ti te han dormido alguna vez? -preguntaba.
-¡Claro que sí! Varias.
-¿Y qué pasa?
-Nada especial. Te despiertas cuando ha acabado todo y, en pocas horas, para casa.
Hago votos para que sea así. Ahora, en este preciso momento, está en quirófano. Es sólo un músculo ocular que debe ser acortado pero, a los cinco años, saberlo tan solo, sin manos que lo acaricien, encoge el corazón.
Encima, mi nieto se llama como yo. Le he dicho que los Gustavos no tienen miedo, pero no es cierto. Era por animarlo, porque yo estoy hecho un flan hasta que vuelva a verlo. Despierto. Como es él.
————————————-
Son las 18h y reedito el post para comunicar, a quien pudiera interesar, que ya lo he visto. Despierto y sonriente como quería. Volvemos a ser los de siempre: él y también yo, aunque en este segundo caso no me atrevería a asegurar que sea tan buena noticia para los eventuales lectores. Sin embargo, ¡qué le vamos a hacer!











