LOS MICROPLÁSTICOS AMENAZAN LA SALUD

                   Se entiende por microplásticos las partículas de tamaño inferior a 5 mms, y resultado de esos más de 500 millones de toneladas anuales que se fabrican y en buena parte son abandonadas finalmente a sus suerte sin reciclar. De botellas y envases varios, textiles, neumáticos que el roce desgasta o recientemente ladrillos de ese material, entre otros objetos, surgirán los minúsculos fragmentos que pueden hallarse en aves y peces, en el agua, la miel, sal y cerveza, frutas, verduras… Se calcula que, procedentes de esas fuentes e incluso a través del aire que respiramos, podríamos consumir semanalmente 5 gramos de microplásticos que nuestro organismo no está preparado para degradar y, en consecuencia, son hallados en sangre, la leche materna y células de órganos varios: desde los pulmones al colon, placenta o cerebro.

                 Las investigaciones sobre las consecuencias de dichos acúmulos están aún en sus inicios; sin embargo, se conoce ya que, aunque nuestros glóbulos blancos los fagociten, no pueden eliminarlos. Las células en funciones de defensa son destruidas, mientras que los fragmentos de plástico permanecen indemnes y son presas de otros leucocitos que terminarán corriendo igual suerte. Como resultado de todo ello, se produce un estrés oxidativo y reacciones inflamatorias que pueden ser el origen de enfermedades varias: desde Parkinson -si son acumulados por el tejido nervioso- a patologías cardiovasculares o cánceres y entre ellos el de pulmón, como se ha comprobado en estudios sobre trabajadores de industrias que emplean dicho material. Y por si la amenaza no fuera suficiente, se ha demostrado que los microplásticos pueden también vehiculizar sustancias nocivas (pesticidas) o ser refugio en sus poros de bacterias y virus, agentes causantes de infecciones varias tras ser inhalados o ingeridos.

              ¿Cómo actuar frente a los peligros que conlleva su presencia en nuestro cuerpo? Pues no se antoja empresa fácil dada su universalización, pero convendría educación pública al respecto, limitaciones en producción y usos, adecuada eliminación, potenciación del reciclaje, filtración del agua por parte de los municipios… No obstante, por el momento se dibuja un horizonte desalentador, aunque tal vez y hasta aquí, Indira Gandhi siga con el dedo en la llaga tras afirmar tiempo atrás que la peor contaminación es la del hambre y, vistos sus efectos en muchos países, los microplásticos, todavía y comparados con ella, una bagatela.

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SE CANTA LO QUE SE PIERDE

              Nada mejor que apoyarme en Antonio Machado para enunciar mis percepciones de hoy, tras volver la vista al ayer. Ciudades, pueblos y paisajes, se han modificado al punto de ser en ocasiones irreconocibles; la plaza ya no está, aquella ladera del monte es hoy una cantera y los árboles han desaparecido… Sólo puede volverse a buena parte de nuestro pasado con la memoria porque, en el diario acontecer, muchas de nuestras anclas emocionales se han perdido y en los nuevos escenarios tampoco se espera escuchar, con la frecuencia de antaño, voces amigas.

Muchas de las tiendas que frecuentábamos han cerrado o cambiado el contenido; la panadería de mi amiga Cristina es hoy propiedad de una sueca que tal vez la transforme en restaurante, el vendedor del quiosco donde a diario compraba el periódico se ha jubilado y regresado a su pueblo, Caravaca de la Cruz, y el camarero que me contaba de sus maratones nadie sabe adónde marchó. Recuerdos sin fin que no remueve el mal tiempo sino la mera nostalgia. Teresa permanece ingresada en una residencia tras haber sufrido un ictus y Adolfo murió hace meses, me informó un conocido de ambos. ¿No te habías enterado?

Pero hay más, mucho más. Ya no puedo hacerme con un xuxo como durante mis tiempos en Cataluña y que era todo un placer, o de la merluza a la koxkera que nos hacía mi madre sólo consigo traer su aspecto a la memoria, que no los sabores que precederían a las entrañables sobremesas en mi casa de entonces. Amigos idos, comuniones perdidas o  las calles más largas y con menos encuentros. Supongo que es experiencia común e inevitable con el paso de los años, así que no hay otra que adaptarse y convivir con distintas realidades. A igual que sucede con las arrugas, aunque para ellas no rece lo que escribiera Juan Rulfo, y es que pronto no habrá ni quien le ladre al silencio.

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¿Y LOS DERECHOS DE LAS CUCARACHAS?

                La Ley de bienestar animal, ya aprobada en el Congreso, se presta a un debate que excedería la habitual extensión del post, así que me referiré escuetamente y sólo a su primacía/oportunidad, requisitos exigidos en la misma para los propietarios y especies incluidas.

                   Respecto a la primera cuestión, cabría considerar que no todo vale, y es que llama la atención que dicha normativa haya precedido, por ejemplo, a la del esfuerzo por educar en el adecuado cuidado de los humanos recién nacidos, y en consecuencia las madres -y padres- deberán seguir recurriendo al método de ensayo/error para salir del paso, sin curso de capacitación que valga durante el embarazo o tras el parto.

                   ¿Y cursillo para una tenencia legal? Podríamos deducir que únicamente los sobrados de tiempo podrán gozar de mascota, a no ser que las empresas acuerden conceder permisos remunerados a sus trabajadores para tal menester. Aunque si se descontaran del salario las horas laborables dedicadas al aprendizaje que exige la ley, y teniendo en cuenta la cuantiosa actualización del SMI, quizá pueda sobrellevarse la rebaja sin mayor problema.

 

                   Por lo que hace a los animales – las plantas se dice que también sienten, aunque sigan a la espera de sus derechos – que contempla la lista de beneficiados, no parece de recibo que se posponga el bienestar de los toros y, de menor tamaño, caracoles o cucarachas que, de ser también considerados dignos de protección, podrían incrementar sustancialmente la cuantía del nuevo negocio que se alumbra. Entretanto, los derechos de los bípedos sin techo, enfermos en lista de espera o las hambrunas de millones, son conflictos cuya solución (previo consenso congresual) se ha pospuesto a que el hurón esté cómodo y su dueño – ¿compi? – en posesión del correspondiente título que garantice la buena convivencia entre ambos. El caso es que, parafraseando a S. Stiano, de no poder cambiar el mundo habrá que contentarse con procurar felicidad a gatos y periquitos.

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LOS ZAHORÍES ME COMEN EL COCO

                El labriego Mestre Juan (y me refiero a lo vivido con él hará como treinta años), uno de aquellos días en que venía a arreglar la hectárea de campo junto a nuestra casa, nos dio la solución. El poder que tengo, o como se le llame – empezó -, lo heredé de mi padre. Y no sólo puedo decirle dónde encontrarán agua. Si marco con el dedo una línea en el suelo, junto a ese hormiguero, ni una de ellas será capaz de cruzarla. ¡Lo ve? Para el agua que necesitan, cojo esta rama de olivo, damos un paseo con ella en la mano y cuando pase por encima, aunque el manantial esté muy profundo, el palo se doblará. Vamos… ¡Mire! Aquí debajo, a unos 60 metros. Y la inclinación de la rama nos dice que hay bastante, pero sigamos porque podríamos encontrar en otro sitio. ¡Uep! Bajo este nogal hay mucha más; casi no puedo aguantarla… ¿Que no lo cree? Tome usted el palo y seguramente no notará nada hasta que yo le toque el hombro con mi dedo…

              He mantenido siempre una absoluta incredulidad, cuando no rechazo, frente a asunciones sin refrendo objetivo, fenómenos paranormales… Es mi forma de ser e incluso siento indignación cuando advierto que se defiende la utilidad de lo que llaman medicinas alternativas, ponen en solfa las vacunas o alguien menciona supuestos rastros procedentes de visitantes del más allá. Igualmente juzgaba hasta entonces el mito de los zahoríes y la radiestesia, con historia que se remonta a los antiguos egipcios, pero fue tocarme, un suave contacto de su mano, para que la horquilla de madera que yo sostenía pareciese como imantada hacia abajo, al extremo de que sólo podía mantenerla en posición horizontal cuando el recién descubierto zahorí se retiraba y, al poner de nuevo el dedo sobre mi piel, otra vez la rama presionando al punto de conseguir desplazarme las manos.

                El pozo excavado por la empresa contratada, encontró agua en el lugar señalado por Mestre Juan y también por mí cuando él posaba su mano en el brazo o la nuca como le indiqué. Desde entonces me he seguido debatiendo entre el escepticismo y la experiencia vivida, pero el colmo ha sido lo contado por mi hijo el otro día. Su amigo no conoció al zahorí Juan – ya fallecido según me han informado – y tampoco nuestra casa o el lugar de los manantiales citados. Me gano la vida con eso – le dijo cuando hablaban del tema -, pero sólo cobro si encuentran el agua donde yo digo. Y también puedo hacerlo sobre un mapa. Te lo demuestro: dibújame el contorno de tu campo. La puerta de entrada… Dices que tenéis un pozo y otro sitio donde excavar si quisierais, ¿no? A continuación, colocó su péndulo sobre el dibujo: “Hay agua aquí y aquí”. Marcó con una cruz los dos lugares, que coincidían exactamente con los manantiales.

               Las evidencias son, como afirmara Descartes, opuestas a las conjeturas. Mi experiencia con la rama, y ahora una detección con mapa interpuesto, superan mi capacidad de comprensión y, cuando pienso en ello, el único asidero se sitúa más allá del razonamiento: en el péndulo oscilante o la horquilla de madera que, contra toda lógica, perciben el agua incluso sobre un papel. De no creer, lo sé. También a nosotros, mi hijo y yo, nos sigue costando. Incluso con Descartes de por medio.

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EL MÓVIL, TAMBIÉN PARA UNA PRIVACIDAD VIOLADA

          Disponer de móvil supone, en adición a sus útiles prestaciones, una puerta abierta a la falta de respeto que supone la invasión de la privacidad sin consenso por parte del titular; bien sea por un espionaje solapado de conversaciones y contactos, bien por mensajes publicitarios a cualquier hora, de lo más variopinto y que por supuesto no cuentan con beneplácito alguno, lo que en ambos casos traduce el interés por convertir al destinatario en carne de mercado.

 

                           ¿Hay algo más íntimo que mi obra?, se preguntaba la escritora M. Yourcenar. Pues mis relaciones, mis tiempos y mis silencios, podríamos responder, y bastante de ello transgredido por el aparatito, convertido en rufián a nuestra costa y emisario, a nuestro pesar, también de lo no demandado, poniendo de manifiesto una vez más que lo prohibido induce siempre a la infracción. “Se han reducido los precios de lo buscado por usted”, puede comunicar Amazon o cualquier otra empresa comercial aunque el destinatario no haya frecuentado nunca las mismas. Movistar ofrece temporal gratuidad por lo que de ser aceptado mejoraría sus cuentas; si se alquiló un coche hace poco lloverán las ofertas y, en tiempos de carestía, los negociantes suponen que se morderá el anzuelo si proponen descuentos en la factura de la luz o el gas. La lista se haría interminable como todos ustedes saben y, por terminar el fastidio, las llamadas por la noche, en hora de siesta o interrumpiendo la concentración del momento.

                             Existen leyes al respecto (promulgadas en 2002, 2014, 2018…) en aras a proteger al usuario del móvil, aunque la lista Robinson, de exclusión publicitaria (en teoría las empresas tienen obligación de consultarla por si el destinatario de los mensajes se hubiese añadido a la misma) y llamada así por recordar el aislamiento en que se hallaba Robinson Crusoe, se revela insuficiente por la facilidad con que cualquiera puede obviarla. Debería cambiarse el nombre por el de lista Robin Hood, dado que  Hood  sería – en inglés- la capucha con que cualquiera puede disfrazar actos e intenciones, de modo que nada de héroes como Robin, sino primando la hood: villanos enmascarados y en busca de beneficios por sobre cualquier molestia o legislación. Podrán estar o no de acuerdo con la perspectiva pero, si quieren conciliar el sueño y remedar a Fray Luis de León en lo de Vivir quiero conmigo, dejen el celular en otra habitación o pónganlo en silencio mientras todos esperamos que se acabe de una vez con la sinvergonzonería descrita.

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