El retiro de la actividad que se ha venido ejerciendo, quizá durante décadas, puede alimentar parecidas sensaciones a las de esa vejez que acecha en el horizonte: aceptarlo y al tiempo desear posponerlo, hurtarse a él como al avance de una edad que, como mal menor (se suele querer que el corazón siga latiendo, aunque acechen canas y arrugas), habrá que asumir con la esperanza de que, en el mejor de los casos, pueda tardar unos años más eso que alguien llamó “el único argumento de la obra”.
Ambas, jubilación y vejez, avanzan de la mano y subrayan el tiempo en que acostumbran a crecer las nostalgias por lo que se consideran paraísos perdidos, porque ha llegado la etapa en que (Susan Sontag) cualquier cambio será a peor.
El futuro se adivina cargado de sombras, la soledad crece conforme los amigos van desapareciendo en una masacre del entorno que también nos amenaza y, sin embargo, es posible disfrutar ese otoño, antes de que el frío del final termine con nosotros, si evitamos la rendición. Para ello, será preciso revertir el pensamiento hacia los aspectos positivos que acompañan a la madurez; hacer propia, con Azorín, la idea de que también vivir es ver volver, y la memoria traer consigo placeres del pasado que nos dibujen una felicidad que no todos alcanzaron a disfrutar. De ese modo, podrá colorearse el propio interior, los eventuales días por venir y echarle, en cada despertar, un pulso al tedio y a los interrogantes que traiga la falta del añorado plan motivador.
Tras la jubilación podremos disfrutar con más tiempo de nuestras aficiones, si acaso las tenemos, o construirlas. Continuaremos la andadura cargados de experiencia, obligaciones menos, horarios únicamente los autoimpuestos y, con el escepticismo y la relativización que suele teñir esta etapa, recrear capítulos queridos de nuestra historia para quienes nos sigan. Habrá llegado el tiempo de asumir el nuevo papel con serenidad, prestos a nuevos retos que nos justifiquen, mirada de frente a lo por venir y siguiendo en pie porque, sentados o en cuclillas, igual tenemos que hacer maravillas para poder levantarnos y no dar la impresión de haber claudicado. Aunque sea por causa de los males de espalda o las artríticas rodillas.















