LA JUBILACIÓN Y SUS AMBIVALENCIAS

                    El retiro de la actividad que se ha venido ejerciendo, quizá durante décadas, puede alimentar parecidas sensaciones a las de esa vejez que acecha en el horizonte: aceptarlo y al tiempo desear posponerlo, hurtarse a él como al avance de una edad que, como mal menor (se suele querer que el corazón siga latiendo, aunque acechen canas y arrugas), habrá que asumir con la esperanza de que, en el mejor de los casos, pueda tardar unos años más eso que alguien llamó “el único argumento de la obra”.

                  Ambas, jubilación y vejez, avanzan de la mano y subrayan el tiempo en que acostumbran a crecer las nostalgias por lo que se consideran paraísos perdidos, porque ha llegado la etapa en que (Susan Sontag) cualquier cambio será a peor. El futuro se adivina cargado de sombras, la soledad crece conforme los amigos van desapareciendo en una masacre del entorno que también nos amenaza y, sin embargo, es posible disfrutar ese otoño, antes de que el frío del final termine con nosotros, si evitamos la rendición. Para ello, será preciso revertir el pensamiento hacia los aspectos positivos que acompañan a la madurez; hacer propia, con Azorín, la idea de que también vivir es ver volver, y la memoria traer consigo placeres del pasado que nos dibujen una felicidad que no todos alcanzaron a disfrutar. De ese modo, podrá colorearse el propio interior, los eventuales días por venir y echarle, en cada despertar, un pulso al tedio y a los interrogantes que traiga la falta del añorado plan motivador.

                   Tras la jubilación podremos disfrutar con más tiempo de nuestras aficiones, si acaso las tenemos, o construirlas. Continuaremos la andadura cargados de experiencia, obligaciones menos, horarios únicamente los autoimpuestos y, con el escepticismo y la relativización que suele teñir esta etapa, recrear capítulos queridos de nuestra historia para quienes nos sigan. Habrá llegado el tiempo de asumir el nuevo papel con serenidad, prestos a nuevos retos que nos justifiquen, mirada de frente a lo por venir y siguiendo en pie porque, sentados o en cuclillas, igual tenemos que hacer maravillas para poder levantarnos y no dar la impresión de haber claudicado. Aunque sea por causa de los males de espalda o las artríticas rodillas.

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ANCIANOS AL VOLANTE

              Reza el dicho que, ancianos al volante, peligro constante. Sin embargo, y según he leído, casi quinientas mil personas de más de 74 años tienen carnet en este país, sin que se haya demostrado que su siniestralidad sea mayor en comparación con los de menor edad sino al contrario toda vez que, pese a que el tiempo puede ser un enemigo para el conductor – el tiempo acumulado en anatomía, fisiología y sus consecuencias, quiero decir -, también se comprueba que con los años se toman más precauciones (disminución de la velocidad, renuncia a conducir de noche o en circunstancias que hagan presumir mayor riesgo…). Así, y aunque se publicaba en su día que uno de cada tres accidentes tenían como sujetos a personas mayores de 65 años, no se trataba únicamente de conductores sino en muchos casos transeúntes, ciclistas… Es decir: víctimas de terceros.

          Pese a lo anterior, es obvio que el envejecimiento lleva aparejados deterioros varios y en progresión: pérdida de visión y/o audición, déficits de coordinación, movilidad, alteraciones conductuales, de la memoria, capacidades alteradas a consecuencia de efectos secundarios de alguna medicación… Ello explica que a más del reconocimiento médico y psicotécnico, obligados a cualquier edad para la obtención del carnet, los plazos para la renovación se acorten alcanzados los 65 años, aunque la legislación varíe según el país y así, mientras que en España la normativa supone caducidad cada diez años y disminuye a cinco a partir de esa edad (se prevé ahora bianualmente en mayores de 70), en Italia es trienal o ya cada dos años en Portugal.

          No obstante, y más allá del tiempo de validez, muchos profesionales del ámbito sanitario seguimos albergando dudas en cuanto a la idoneidad de los reconocimientos: médico y psicotécnico. Para empezar, se trata de exámenes estandarizados, iguales para todos con independencia de la edad, efectuados en pocos minutos y, por todo ello, de cuestionable fiabilidad. Máxime frente a según quién. Porque en edades avanzadas no basta con comprobar la coordinación motora en 30 segundos, el estudio ocular y auditivo sin diferencias entre jóvenes o ancianos, tensión arterial y un par de preguntas a contestar al gusto del candidato. La valoración sanitaria debería ampliarse superada cierta edad e incluir comprobaciones suplementarias, así como medicación usada y sus posibles efectos sobre las capacidades al volante… Asimismo, modificación de los plazos de revisión y eventual acortamiento de los mismos – incluso con periodicidad semestral frente a determinadas condiciones psicofísicas o patologías – para prevenir en lo posible indeseables consecuencias para conductor y/o entorno. Hasta aquí, desafortunadamente, siguen siendo únicamente sugerencias sin traducción. Entretanto, y pasados los noventa años, con el pie en el acelerador y a la velocidad que permita la autopista. Cumplidos noventa y dos y de continuar la misma tónica, en los exámenes se verificará si pueden distinguir las letras con las gafas y, a todo lo demás, podrán seguir respondiendo – tal vez bianualmente- que muy bien.

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MÉDICOS Y SUS DESLICES

                   Empeñados en conseguir la mejor atención, en ocasiones lo que cojea no es la intención sino la trasmisión de la misma a nuestro interlocutor / paciente (y esto último, por lo que seguirá, apropiada denominación). En el diálogo podemos olvidar que nuestro lenguaje no es el que emplea el común de los mortales, de donde pueden derivarse malos entendidos. Así sucedió cuando la mujer, con escaso bagaje cultural y nulo conocimiento del vocabulario usual en sanidad, acudió al ginecólogo:

                  – ¿Y ha notado usted alguna falta ? – preguntó el galeno tras escuchar la preocupación de la misma por sus ciclos menstruales.

                                                     -Hará unos meses. Me robaron la cartera del bolso.

                  Otras veces, escribimos rápido y con esa deficiente caligrafía que suelen atribuirnos. La palabra que motivó entonces la confusión era común y cortita pero, como suele ocurrir, pensando ya en otra cosa y el bolígrafo a su aire, así que, por error y en lugar de “Revisión anual”, se leía, en el papel que tras la consulta la enferma debía entregar en recepción, “Revisión anal”.

                                        -¿Pues qué supone usted? Porque no tengo nada que me moleste.

                                        -¿Qué dice?

                                        -¡Venga, doctor! ¿Me ha notado algo? Pero si no me lo ha visto…

                                        – ¿El qué? ¿A qué se refiere?

               -Pues a qué va a ser. Al culo. Ahora se lo enseño y así no tendré que volver. O eso espero.

               -¡Pero señora…!

               -No, si no me importa. Algo sospechará usted si indica que me lo examinen. No se preocupe. Vengo preparada…

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TELETRABAJO: VENTAJAS E INCONVENIENTES

              Un tema a considerar hasta que, como sugiriera Duchamp, llegue el día en que se pueda vivir sin trabajar. Entretanto, aquí van algunas reflexiones que obedecen a recientes publicaciones en el ámbito sanitario y que podrían ser de interés para el conjunto de la población: teletrabajadores o candidatos a esta modalidad en un próximo futuro y es que, a consecuencia de la pandemia, en numerosas empresas se ha implantado o aumentado el porcentaje de los mismos; de un 4.8% antes de 2019 a aproximadamente un 15% actualmente y con visos de seguir creciendo. Por ello, se indica, parece oportuno reflexionar sobre el impacto físico (patologías osteomusculares), mental (aislamiento, incomunicación, ansiedad, tecnoadicción o tecnoestrés…) o repercusiones en la conciliación familiar que pueda conllevar la modalidad y, por tanto, la conveniencia de algunas actuaciones preventivas, dado que a día de hoy no hay aún normativa específica respecto al susodicho trabajo a distancia.

              No obstante, caben asimismo destacarse aspectos positivos del mismo: posible inclusión de algunos grupos antes marginados, productividad o mejora del equilibrio entre trabajo y familia… Por lo demás, convendrá subrayar ciertas medidas que debieran considerarse y, entre ellas, la voluntariedad de esta prestación a distancia, formación teórico práctica al respecto si se precisa, registro objetivo del tiempo de teletrabajo con clara delimitación de las horas que deban emplearse, y ubicación pactada, con derecho a la desconexión digital fuera del horario laboral.

            En cuanto a la salud, habrían de aplicarse programas profilácticos frente a las patologías que pudieran asociarse a dicha modalidad: algias cervicolumbares o de manos, sobrepeso por aumento del sedentarismo, cansancio visual… Todo lo cual haría deseable que la empresa se planteara la organización de ejercicio físico en determinados días y horarios. Ahora solo cabe esperar que, en nuestro entorno, vayan tomándose en cuenta las sugerencias expuestas.

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SILENCIADORES: IMPRESCINDIBLES

                En los tiempos que nos han tocado en suerte, disponer de los mismos (y no me refiero a censuras ideológicas propias del pasado) creo que nos haría la vida más agradable por sus efectos, considerando eventuales aplicaciones con intenciones varias y el abanico de resultados. Debería haberlos polimorfos, multifuncionales, a utilizar en interiores o exteriores, autoimpuestos u obligados por terceros… Imaginen el bienestar de la ciudadanía si las motos estuvieran obligadas a circular con ellos, los baretos debieran filtrar el vocerío en cuanto cayese la noche o, sabido que en ocasiones el silencio es la mejor opción, se pudiera – siquiera temporalmente y previo acuerdo mayoritario, ¡faltaría más! – colocar el dispositivo en algunas bocas: desde entrenadores de fútbol a perennes anunciantes de presuntas catástrofes sin posible solución o, si me apuran y requieren mayor precisión, de Sánchez a Feijóo y algún que otro intermediario/a entre la plétora de quienes ejemplifican lo que Hemingway afirmó en su día: que hacen falta dos años para aprender a hablar y sesenta (por lo menos) para aprender a callar.

                 Pero hay más, incluso dejando aparte el silencio del más allá o el de los corderos, y es que como ustedes saben, habrá que apreciar en su justa medida  el punto en boca inocente, precavido o meditado; en tales casos podríamos guardar los silenciadores para mejor ocasión al igual que deberíamos eliminarlos cuando sirven para callar verdades, y es que las bocas cerradas pueden también cargarse de culpa o, como advirtiera Sófocles, puede haber algo amenazador en un silencio demasiado grande.

                  No obstante, la cotidianidad puede a veces poner en evidencia la inconveniencia de algunos sonidos y, en consecuencia, la oportunidad de la mudez sea cual sea el escenario o el orificio emisor. Así pudo comprobar no hace mucho el individuo cuya ventosidad anal irritó a un vecino al extremo de darle tal mordisco que le arrancó media oreja, según se publicó en prensa. Sin duda los silenciadores, dados sus variados usos y emplazamientos, precisarán de diseños varios para cumplir su función desde la boca al recto. Habría que ponerse a ello y, tal vez, la supervisión de la idoneidad de los mismos por parte del/la ministro/a adecuado/a sería una buena opción. Elijan ustedes mismos al/la que prefieran, pero con la oportuna preparación al respecto, a diferencia de lo que viene siendo habitual en ellos/as.

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