Ese pueblo, a diferencia de Comala, el de Rulfo, no me sabe a desdicha sino que alimentó mi dicha allá por la primera infancia, entre los 3 y los 9 años y todavía hoy, con unos cuantos más a las espaldas, sigo con mucha frecuencia deambulando entre sus recuerdos. En la comarca del Ripollés (Gerona), de unos 200 habitantes y sombreado por los Pirineos, fue mi recreo sumado a los del colegio, situado éste bajo la casa donde vivíamos y frente a la plaza que en invierno acumulaba nieve hasta por encima de nuestras rodillas. Una pequeña explanada donde jugábamos al fútbol – yo era el Biosca de mi equipo, émulo del que jugaba en el Barça – y, en lontananza, nos limitaba el valle del río Freser, la aldea de Fustanyà y el monte Torreneules cerrando el horizonte.
Allí nació mi hermano Albert, y crecimos entre amigos entrañables de los que aún recuerdo algunos: el Escalé, Pedrito de la fonda, Toñín o el de Ca´n Camalligas… Después, los sucesivos traslados de mi padre nos llevaron a Galicia, luego al Perthús y Figueres, pero ninguno de ellos ensombreció siquiera la luminosidad de aquellos veranos o la blancura de tejados y laderas con el cambio de estación, y es que Rilke acertó al decir que la patria del hombre es su infancia y, ya terminada, vivir es, en cierto modo, ver volver.
Ahora mismo puedo ascender, paso a paso, por la cuesta que frecuentaban los carros con sus mulas hasta llegar a la iglesia románica de San Jaime – siglo XII –, para sentarme una vez más bajo los arcos de su porche y junto al cementerio. O bajar hasta la estación del tren cremallera, junto a las vías donde en una ocasión cambié la aguja, con peligro de descarrilamiento y el castigo que en consecuencia y con toda justicia merecí.
He vuelto a Queralbs en un par de ocasiones, sí, y espero repetir a la menor oportunidad aunque de nuevo se me salten las lágrimas junto a la fuente de agua de la Plaza del Raig, y es que la añoranza y sus improntas, a una edad en la que aún no había leído el primer libro, puede quedar embalsamada y renacer incluso en los sueños. Quizá tenga ocasión de visitar otra vez, si las piernas me dan, el Salt del Grill, y subir hasta la masía de La Ruïra por el camí vell de Nuria. Regresar entretanto con la imaginación, junto a mis padres y hermanos, a la edad de entonces; aquella en que (en palabras de mi admirado poeta Eugenio de Andrade y que creo cité en otra ocasión) la luz es feliz y se demora. Tanto, que todavía me alumbra la nostalgia.
PD: Al saber Albert de este post, me ha enviado fotografía de un cuadro de Jacint Conill, pintor oriundo de Vic. Es el Queralbs de la época en que lo vivimos y, obviamente, no puedo por menos que incluirla como colofón de este paseo por la memoria.






















