Quizá recuerden aquello que dijera Oscar Wilde: nada que merezca saberse puede ser enseñado, y el trato con mascotas y otros animales convendría que fuese un ejemplo más de lo que podría surgir del sapiens sin precisar previa docencia. Sin embargo, todo tiene un paradigma que en demasiadas ocasiones suele quedar lejos de la práctica cotidiana y el tema de hoy no es excepción. Me limitaré aquí sólo a los canes y, con relación a ellos, el formativo marco perseguido debería también considerar los dichos populares en que se utiliza el nombre de perro de modo peyorativo, así como títulos novelísticos de conocidos escritores en parecida línea.
El pasado no puede borrarse y habrá que apechugar con ello, pero convendría hacer mención de tales observaciones a los alumnos en las clases proyectadas, porque expresiones tales como pelearse como perros, enfrentarse a cara de perro, hacer perrerías o cogerse una perra (y no quiero imaginar, por lo de “coger”, qué pensaría un argentino respecto a esto último), apunta a un sustrato que los cursos para una adecuada convivencia entre humanos y animales no pueden pasar por alto.

En lo que respecta a títulos de libros, algunos de escritores conocidos no podrán servir de ejemplo. Para Sartre, todo comunista era un perro (y no precisamente a título de elogio); por lo demás, ahí tenemos “Johny perro malo”, novela del congoleño Dongala, “Cara de perro” de Quenneau, “Mi perro idiota” del americano John Fante, “Corazón de perro” de Bulkákov, “Años de perro” de Günter Grass o, por no seguir, Bioy Casares, en su libro “Dormir al sol”, explicaba cómo un malvado médico introducía almas de perros en los humanos y no precisamente para su mejora espiritual.
Llegados aquí, ya habrán advertido que lo único que pretendo es rizar el rizo porque ejemplos de todo lo contrario también los hay, pero en días pasados decidí, tras haber sabido de la obligada formación en ciernes al propietario de hámsteres o periquitos entre otros, que debía contribuir a tan loable propósito en una posición intermedia entre el acuerdo y la cuchufleta. Por seguir en la misma línea, cabe preguntarse si los dueños de perros conocidos –Odiseo y su perro Argos que dejó en Ítaca, Cervantes con Berganza y Cipión, Picasso y su Kazbek o Zola y el pequeño Pinpin- se comportarían en vida como debían o también habrían necesitado asistir a clase para su correcto manejo.
Dudas que a uno le asaltan al igual que podría sucederles a ustedes. Pero ya basta de perros. En próxima ocasión, habré de extenderme sobre gatos, loros o cotorras. Siquiera para no ser acusado de parcial y, por lo mismo, obligado a unas lecciones que me hagan más inclusivo cuando escriba de mascotas.
















