LA DIOSA FORTUNA, DE ESPALDAS

    Por remedar a Tolstoi en el comienzo de Ana Karenina, afirmaré con él, a propósito de lo sucedido, que todas las felicidades se parecen, pero cada infortunio tiene rasgos particulares como podrán ustedes comprobar, una vez más, de seguir con la lectura.

Al joven recién casado no se le ocurrió mejor homenaje que acceder a la casa por estrenar con ella en brazos, aunque arrastrase por el suelo el blanco vestido de novia y de ahí el primer encontronazo: se enredó los pies en él, dio con la cabeza en el marco de la puerta y la chica por los suelos. Mal comienzo el de trastabillar al poco del banquete y pasar, en un tris, del ensueño a un golpetazo que le abrió la ceja y obligó a que la consorte se levantase rauda en busca de alcohol y un algodón. Le limpió la herida, ”¡Pobrecito mío!”, y el lesionado se metió en el inodoro para ver frente al espejo el alcance de la lesión.

Y de inmediato la segunda parte, preludio del desenlace. Arrojó el húmedo apósito al váter y, con ganas de defecar, se sentó en él y encendió un cigarrillo mientras meditaba sobre lo acontecido. Con tan malla fortuna que la cerilla, tirada asimismo a la letrina, prendió el algodón y la llama quemó su periné: desde las nalgas al escroto. Los gritos alertaron a su pareja, y el excusado no fue excusa para que entrase veloz y se lo encontrase con ambas manos en la entrepierna y dando unos saltitos que remedaban a los del baile horas atrás. Aún pudo ver las llamas en el retrete, de modo que tiró de la cadena, lo acompañó hasta la cama y, sin saber cómo actuar para aliviar el intenso dolor del hombre, no se le ocurrió cosa mejor que llamar a la suegra.

Cuando ésta acudió, el estado de la ceja y testículos de su hijo le llevaron de inmediato a suponer que eran el resultado de una riña entre ambos consortes, así que, mientras esperaban a la ambulancia, ambas se enzarzaron en una discusión que continuaba in crescendo cuando llegaron el par de camilleros. Les contaron lo sucedido y estos, carcajeándose de lo oído mientras bajaban,  en el primer descansillo inclinaron demasiado las parihuelas, dieron con el herido y quemado en las escaleras y éste, ejemplificando el proverbio de que en lo peor no hay final, se fracturó el fémur. Así ingresó en el hospital y al salir enyesado, días después, fue la madre quien lo llevó a su propia casa, donde habría de quedarse durante la convalecencia y es que la recién casada, herido de muerte su amor entre lesiones y acusaciones, había decidido poner punto y final a un matrimonio que no pintó bien desde el comienzo. Desde la misma puerta de aquel su domicilio por estrenar.

 

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SANIDAD PÚBLICA: DESDE LAS UÑAS HASTA… ¿LOS DIENTES?

   Si como se afirma en el Eclesiastés hay un tiempo para cada cosa, llevamos ya demasiado esperando que nuestra Sanidad sea también universal por lo que respecta a la salud dental, relegada hasta el momento al último lugar en perjuicio de aquellos a quienes el bolsillo no les alcanza para costearse un dentista. Déficit por lo demás inaceptable si consideramos que, desde el ano a la boca, todo es camino para los alimentos que sostienen nuestro vivir. Pese a ello, España se sitúa como uno de los países europeos con peor cobertura sanitaria a este respecto y, aunque el actual Gobierno haya explicitado su voluntad de mejora, seguimos en los hospitales de cualquier Comunidad Autónoma sin posibilidad de ortodoncias, endodoncias, prótesis dentales… que se practicarán en despachos y clínicas privadas a quien pueda sufragar el desmesurado gasto que lo anterior supone.

El caso es que si se tratan las hemorroides al final del trayecto, ¿por qué no implantes en el inicio del mismo cuando necesarios? ¿Por qué pueden reconstruirse los senos pero no unos dientes imprescindibles para la correcta digestión? ¿Cómo puede justificarse subvencionar el cuidado del sueño si alterado, y no el mordisco para triturar como es debido? Por lo demás, y si la cuenta corriente anda exhausta, omitir el oportuno tratamiento dental, o su retraso en espera de mejores tiempos para el bolsillo, puede acarrear –y tengo constancia de ello- incluso la muerte del afectado por sepsis consecutiva a una infección gingival, como ocurrió tiempo atrás a un conocido.

Relegar u obviar el cuidado dental supone un claro atentado contra la equidad, y subordinarlo a los intereses económicos de unos y otros (negocio de los dentistas y ahorro por lo que al erario público se refiere) no se antoja, por todo lo anterior, éticamente aceptable, de modo que si en la Moncloa y pese a sus promesas siguen en las mismas, cabría sugerirles una urgente revisión de sus prioridades, suponiendo que no actúen a salto de mata como es costumbre. Y de paso recordarles el poema erótico de Benedetti, también oportuno en el tema de hoy: “Que te quede bien claro /donde acaba tu boca /ahí empieza la mía”.

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LA NADA COTIDIANA

  El título, copia de la novela homónima de la cubana Zoe Valdés, alude en este caso al cúmulo de estereotipos, diálogos sin otro interés que el suyo propio, reiteraciones y vacuidades con que diariamente nos aburren, a través de los medios, quienes han accedido a los cargos de mayor visibilidad, haciendo patente a diario que, a medida que se asciende en la escala de representatividad y consiguiente difusión, mayor la tendencia a generalizar y hacer de las banalidades el núcleo de sus discursos.

Se diría que la nadería es el imperativo que marca el estilo a los de más arriba y, cuando las polémicas se disipan, no quedan las obras como dijera Octavio Paz sino, para aquellos a quienes me refiero, su ausencia, unida al tedio de los destinatarios por la previsibilidad de su consabida verborrea teñida de ideología en lugar del empeño exigible para mejorar la realidad. Ahí tienen como ejemplo a Vox, afirmando en su día que “Franco salvó a la sociedad”, lo que con independencia de su verosimilitud  tiene poco que ver con los problemas a que nos enfrentamos. Pero convendrá personalizar en algunos de los máximos jerifaltes para justificar, más allá de unas siglas, lo antedicho.

El Presidente P. Sánchez acostumbra, sea cual sea la cuestión, a emplear los axiomas como justificación de lo que sea menester, y así, “La protección de la salud por encima de todo” o “Estamos aquí para tomar medidas” (que debieran ser por una vez las adecuadas, solemos repetirnos). El Rey y sus discursos navideños, o en días laborables otros, abundan en un más de lo mismo («Democracia sin fisuras en un país que para sí querrían la mayoría…»). Dejaré a un lado a Casado por cansino y, de llegarnos al Papa, las novedosas aportaciones no tienen desperdicio: solidaridad, amor al prójimo y, en su visita a Irak, “No más violencia” porque “La religión está al servicio de la paz”. Por si no se hubieran percatado y Santa Inquisición aparte. O, en su reciente estancia en Hungría, «La ternura sin límites que Dios tiene por cada uno»; por eso, seguramente, algunos «sedientos de nuestro tiempo», pues así se refirió a los emigrantes, terminan ahogados de huir sobre una patera.

Total: un ensamblaje entre egolatría y trivialidad para señalarnos el camino, aunque de fijarnos en lo que hacen, más allá de cuanto dicen, se les caen a todos los palos de su cómodo sombrajo. Aunque poco les importe, y sigan en la verbosidad y el momio como si tal cosa.

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VIAJAR VA SIENDO UN AGOBIO

viaje 2      Conforme pasan los años, va aumentando la conciencia de vulnerabilidad en cuanto se deja atrás el entorno conocido. Tal vez se trate de una percepción ligada a la edad, pero las evidencias sobre el riesgo creciente no son fruto exclusivo del envejecimiento. Ahí tenemos tsunamis y terremotos desde Turquía a Indonesia, Perú o Irán; decenas de muertos por las tormentas en Madagascar o el este americano, volcanes en Filipinas, Nueva Zelanda y, más cerca, el Etna en amenazadora inquietud. Encima, el coronavirus, aunque las muertes a manos humanas lo conviertan en anecdótico y es que, entre las varias formas de interacción social posibles, la depredación tiene visos de llevarse la palma al extremo de dar razón a Unamuno cuando auguró que ha de llegar el día en que nos asesinemos con la quijada de un asno.

viaje 10    Cuando estuve en Venezuela, presencié varios robos con tirón durante un corto paseo por la ciudad de Caracas al atardecer, y no lo repetí por consejo del mismo recepcionista que me advirtió sobre la posibilidad de que fuera el propio taxista, de vuelta al aeropuerto, quien se hiciera con nuestras maletas. Tiempo atrás desistí de viajar a Yemen y me guardé de transitar a solas por Johannesburgo, aunque también cuecen habas en Méjico (se superan los 20.000 asesinatos al año) y en toda Centroamérica por no citar Brasil. viaje 7Pero hay más y es que, de tomar el avión, pueden derribarlo al ser confundido con un misil –así ocurrió con el ucraniano, por parte de Irán– o, en USA y si aspecto de forastero durante el mandato del Trump de infausta memoria, echarte por sobre el muro fronterizo. Ni hablar de Siria, Afganistán, Sudán o el Congo  entre otras decenas de países y, de paso por Colombia, nada más llegar me arrancaron de la mano los dólares que acababa de sacar del bolsillo para pagar la compra. En Francia te puede pillar otra huelga de los chalecos, en Italia la Camorra y de comer en Noruega, por un decir, se te va el sueldo.

viaje 9 Por lo demás, aquel «Vete por el mundo y maravíllate», en palabras de Ramón Llull, ha terminado en los más de 600 visitantes por cada residente en Venecia y en Baleares íbamos en camino de sobrepasar la cifra antes de la pandemia, de modo que quedar en casa –motu proprio y sin mandato institucional- puede convertirse desde ya mismo en una buena opción. Mirando las nubes: que se muevan ellas y a partir de ahora, para nuestros viajes, echar con creciente frecuencia mano a la imaginación.

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PODA VEGETAL, PERO, ¿QUÉ HAY DE LA ANIMAL?

   En tiempo de paseos, nos ocurre a veces perder la mirada en los verdes y marrones de nuestro alrededor: árboles y arbustos dejados a su albur o reconducidos por mano del hombre. Algunos, cipreses, como dedos acusadores apuntando al cielo, y otros redondeados en forma de paraguas; ramas pobladas que ondean al ritmo del viento que sople, o brazos en desorden y como si lamentaran su estado actual. Pueden a veces tapizar el horizonte, orgullosos de frondosidad y porte, inclinarse sumisos en espera de que cualquier imponderable los derribe, mostrar las recientes heridas, disimularlas con nuevos brotes, procurar acogedora sombra o ser tan sólo espectros de su ayer, erguirse aislados o participar, indistinguibles, de filas formadas por sus iguales…

Pues bien: en esas estaba cuando me dio por asimilar a ellos un colectivo, el humano, que víctima muchas veces de distintas formas de depredación, se diría sometido con excesiva frecuencia a metafóricas podas a causa de la propia sociedad en que habitan o de sus hacedores, empresas y jerifaltes. Y nada que objetar si podemos seguir erguidos y apuntando a lo alto; sin embargo, censuras, informaciones sesgadas o esparadrapos legislativos, pueden acabar demasiadas veces con las enhiestas esperanzas y transformar en ralas protuberancias redondeadas las otrora cabezas pensantes, el dedo acusador, a lo ciprés, convertirse en objetivo de los podadores, guardianes de la divergencia, y lejos de quienes fuimos cuando la savia nos corría sin tijeras o sierra de por medio, convertirnos en especímenes sumisos: inclinados unos, quizá con impostadas ramas por un mejor aparentar, rebaños homogéneos otros y, los de más allá, adelgazados por falta de riego y nutrientes al extremo de que el siguiente vendaval pandémico quizá acabe con ellos, derribados como en una tala.

¿La poda animal, sinónimo en ocasiones de castración? Si se trata de la mental, pudiera ser. No así la física, que hasta ahí podríamos llegar… Aunque en tiempos, algunos castrados (podados en los bajos, por seguir con el símil) gozaron de privilegios como ocurre con algunos árboles en zonas señoriales. Así ocurrió con Farinelli que, según cuenta Vargas Llosa en uno de sus libros, era capaz de cantar arias sin respirar por más de un minuto y de ahí que hiciese las delicias de Felipe V (que no VI, no vayamos a liarla, que bastante tiene el actual con su padre para andarse encima seducido por un eunuco cantor). Pero bueno, a lo que iba: entre los árboles del paseo y muchos de nosotros, algún que otro parecido. Para el disfrute a veces y, otras, para el lamento.

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