Comentaba Rodríguez Rivero hace unos meses en el diario “El País” que en España hay un bar por cada 175 habitantes, lo que supone una cifra alrededor de los 270000, de los cuales bastantes miles, carentes hasta ahora de terrazas, las han instalado provisionalmente en aceras y calles para sacar cuatro perras mientras dure una pandemia que viene amenazando su futuro. Y nada que objetar al intento de asegurarse la subsistencia con dichas ampliaciones pero sí por lo que hace al modo de hacerlas, y si admitimos que pueda ser cierto aquello de que “Por sus obras los conoceréis”, en muchos casos la estética de las mismas deja bastante que desear, convierte algunos espacios públicos en remedos de basureros y son exponente de un mal gusto que la normativa no ha previsto como debiera.

No estoy propugnando el diseño de terrazas que excedan las posibilidades del bolsillo en unos tiempos donde los negocios de hostelería y restauración están aún bajo mínimos, pero con esos mimbres (que también los hay, para cerrar los nuevos espacios) se contribuye a que la crisis se materialice aún más, acompañe al transeúnte durante el paseo y no sólo por el aumento de letreros ofreciendo locales cerrados en venta o alquiler. Lo visto se asemeja a las infraestructuras en lugares del tercer mundo: de la selva amazónica o Mozambique, el país más pobre del planeta. Se han aprovechado desperdicios varios, fragmentos de barras de hierro, cuerdas y palets en el suelo o delimitando el recinto, para recrear una miseria que aflora en lo que antes fueron aparcamientos o lugares de tránsito y propiciando que algunas calles, como ciertos pueblos al decir de Rulfo, sepan a desdicha.
Quienes nos visiten este verano, si las vacunas consiguen el efecto apetecido, apreciarán al tiempo que deambulan otro aspecto de una derrota que excede a la que haya podido suponer el virus, y al sentarse tendrán a su lado, junto a la cerveza, la constancia de esa desgana, la derrota del buen hacer y plasmada desde la propia silla a sus inmediaciones.
Muchas terrazas al aire libre, para el café o la copa, parecen hoy comederos para el ganado; rediles que obligan a preguntarse si acaso lo de ser rebaño a inmunizar no se habrá tomado por algunos propietarios de bar al pie de la letra y, en esa línea, los clientes almacenados al modo de las ovejas



















