Uno se da a pensar si las conmemoraciones son el recurso para volver a viejas alegrías o, por el contrario y tal vez en paralelo, alimenten nostalgias por lo que no volverá e incluso -sería el caso de los cumpleaños- supongan la constatación de un tiempo inexorable que acerca a la despedida. En otras ocasiones, será la pesadumbre de rememorar el último día de cualquier ser querido. Por todo ello, tal vez fuera mejor dejarse de efemérides; si son para el contento, en cualquier día serán bienvenidas y, cuando teñidas de tristeza, mejor no allanarles un camino que, incluso sin nuestro concurso, transitarán demasiadas veces aun sin ser requeridas. 
Y es que, además, las remembranzas nunca son fieles al pasado sino deficientes copias del mismo y por ello, como dijera alguien, teñidas de falsedad como todo lo que reinterpreta la memoria. Estereotipos de lo que fue, de lo que sucedió, memoria fermentada y siempre teñida con un algo de conciencia de pérdida por partida doble: un ayer que no puede revivir y, por añadidura, destinado a extinguirse junto a nuestro futuro.
Con esa perspectiva, que anticipa y anuncia el definitivo olvido, quizá fuera mejor actitud la de potenciarlo hasta donde fuese posible. No sólo perdiendo el miedo al síndrome de Segismundo (temor al deterioro de la memoria) sino facilitando el cierre de la trastienda para poner en valor la cotidianidad y evitando en consecuencia incorporar a nuestras certezas esa sentencia, propia de la vejez, de que «Cualquier tiempo pasado fue mejor».
Sin embargo, y llegado aquí, me da por pensar si acaso podría argumentar, con parecido énfasis, en sentido contrario, y defender los asideros a lo gozado o sufrido en la convicción, sostenida por algunos, de que vivir no es tan importante como recordar. Creo que sí y es que, cuando uno se pone a darle vueltas a cualquier hipótesis, puede terminar vacilando de puro mareo, ¿no les parece? Es efecto parecido al que ocasiona la lectura de la prensa. En mi caso y al terminar con la de hoy, lo único que he logrado tener claro es la opinión que me merecen algunos de quienes sin duda quedarán incorporados a la memoria como castigos y ejemplos vivientes del valor que traería su olvido: Trump, Kim Jon o el rey emérito, sin olvidar a Bolsonaro y esa Amazonia que lo sufre junto a tantos brasileños.

No había vuelto a visitarlo desde aquellos años y, tras varias décadas, el hechizo que me embargó se pareció al de entonces. Supongo que, frente a ciertos paisajes que nos brinda la naturaleza, el propio interior se desborda, sin más límite que el del horizonte.
Unas tapas junto a mi mujer, en la terraza del restaurante Es raor, incorporaron el exquisito sabor al resto de sentidos, y la Dragonera a nuestra derecha, el susurro de la brisa y un azul de ensueño, invitaban a la declaración de amor que estas líneas pretenden. Porque es el lugar adecuado para dejar las emociones en libertad.
Sant Elm sigue, intemporal, como inimitable llave de esta isla sin igual. Solo cabe esperar, de los gestores políticos, que hagan de ese magnetismo y su conservación el principal objetivo. Y si aceptan un consejo no se pierdan, de tener ocasión, la comida a orillas del mar que baña la Dragonera.
O, por seguir en el barrio, he mencionado en alguna ocasión lo que para los nervios del más templado puede suponer ir precedido, en la cola del supermercado y al disponerse a pagar, por la omnipresente anciana que, entre rebuscar en el monedero, recoger del suelo los euros caídos y ordenar en su bolsa lo adquirido, conseguirá que nos den las tantas. Y ya ni les cuento si, de vuelta a casa, a uno se le ocurre consultar la agenda y aparece según qué. En abril iba siendo tiempo de empezar con los papeles para la declaración de Hacienda; la misma penitencia un año tras otro pese a que un filósofo aconsejara siglos atrás no recorrer dos veces el mismo camino, lo que sin duda debiera ser una obligación exigida a los de la agencia tributaria. ¡Qué alivio en llegado julio! Aunque no será óbice para que, en cualquiera de los meses siguientes, aparezca otro fatídico emplazamiento: la cita con el dentista, por un decir, y es entonces cuando, de hacer caso al consejo de Stendhal (“Cuando las cosas vienen mal dadas, hay que dedicarse a la lectura”), nos leeríamos el Quijote de una sentada y, si me apuran, un par de veces con tal de retrasar la visita.

Con la mano bien untada, la apliqué sobre la espalda de mi mujer y a continuación sobre mi propio hombro, no fuera a ser que, contradiciendo el inicial escepticismo, produjese al poco algún beneficio. Entretanto, fui al lavabo para hacer aguas menores según se dice y, como es regla entre varones, sosteniendo con la mano el excretor adminículo.
Fue al volver cuando la maldita pomada comenzó a hacerse notar. Un insoportable escozor en el hombro que tal vez anticipaba la ulterior analgesia, y en salva sea la parte sin anticipo que valga. Quemazón del pene como merecida consecuencia de haber caído en la medicina alternativa sin lavado ulterior de la mano, aunque las normas higiénicas aconsejen agua y jabón, máxime en tiempos de coronavirus. Eso me dije, y más, mientras rascaba como un poseso y no precisamente allá por el húmero. Un mal rato y sólo habría faltado, tras los compulsivos enjuagues con agua fría, consultar la agenda -mientras resistía como mejor podía- para toparme con una nueva cita en el dentista. Por eso el título y es que, entre apuntes y sobresaltos de nuevo cuño, la monotonía es a veces bendición. Y no sólo para la cabeza, de interponerse un remedio tailandés.
La pregunta, con los obligados matices y salvedades que se quiera, hace referencia en este caso a la hipotética obligación que pudiese tener el intelectual, un creador, el escritor en concreto y no aludo al ensayo sino a narrativa, al novelista, de ser testigo de su tiempo: de una realidad polifacética pero en la que se repiten demagogias destinadas a perpetuar en la resignación a una mayoría que bastante tiene con sobrevivir y, para oponerse a ellas, esa obra escrita, incluso de ficción, que no abdicase del compromiso con la verdad evitando, de mil y un modos, la anestesia a que puede conducir la mera palabrería.
Un arte el suyo que asumía, sin abdicar por ello del estilo propio, la irrenunciable función social que también se autoexigían; un algo en la línea de Walter Benjamin cuando afirmó que “El deber de todo escritor es impedir que la Historia la hagan únicamente los vencedores”. Arte para propiciar el cambio, para desvelar certidumbres que las permanentes conspiraciones de intereses se esfuerzan en enterrar, sintonía con la conciencia de sus eventuales seguidores o, en otro caso, estímulo para una distinta comprensión del mundo sin aleccionamiento, manipulación interpuesta y en paralelo el esfuerzo de autor y lector para que, a más del ocasional placer, puedan extraerse consecuencias susceptibles de ser verbalizadas por mediación de quien por oficio es, de proponérselo, capaz de proporcionar lenguaje que desenmascare lo que otros se esfuerzan en eliminar del pensamiento colectivo. 
Asimismo, tampoco los principios éticos son ineludibles para la creación y nadie tiene la legitimidad suficiente como para erigirse en conciencia moral (tampoco los sacerdotes, cabe asegurar), lo que no evitará sin embargo, por seguir en el devaneo de hoy, que explicite mi acuerdo con Arcadi Espada cuando afirmó, años atrás, que cada época tiene la literatura que se merece.
Así se titula el ensayo (placer aparte, que ha sido el mío) de Irene Vallejo y publicado por Siruela. Un documentado paseo por la escritura y sus soportes, desde la más remota antigüedad, que pocos podrán dejar de seguir tras los primeros pasos en compañía de una autora que combina su descomunal bagaje intelectual con una habilidad semejante a la de aquellas narradoras orales de antaño –a las que también alude- junto a la chimenea del hogar.



