Sabemos, la mayoría de nosotros, que somos depositarios de una suma de contradicciones por motivos varios: conveniencia unas veces, impremeditación otras o, las más difíciles de resolver, cuando las evidencias se tiñen con convicciones no siempre razonadas. De ahí que el yo carezca de transparencia frente a uno mismo cuando nos examinamos a través de las máscaras con que disfrazamos el talante para un mejor transitar.
A fuer de sinceros, cabría reconocer que pocos son por completo ajenos al adanismo que supone creer que las cosas empiezan y terminan en el propio ombligo y más allá el diluvio, como decía la Pompadour.
Actitudes y comportamientos que sólo ocasionalmente, si con ganas de introspección, nos ayudarán a la revelación por ser espejos de quién y cómo realmente somos. Podremos intentarlo con éxito variable y nuestro empeño durar lo indecible, sin llegar a conclusión alguna a no ser que determinadas circunstancias favorezcan el desnudo sin los habituales filtros y afeites . Es, miren ustedes por dónde, lo que ha posibilitado en cierta medida la invasión del virus si cada uno se para a pensar en sus reacciones, más o menos coherentes, frente a la agobiante pandemia.
Y es que, como bien sabemos a través de los medios o deducimos de las observaciones durante nuestros paseos, el espectro de conductas abarca desde las que observan esos/as que acentúan motu proprio su tiempo de reclusión, a aquellos para quienes el corona es poco más que una historieta coyuntural de la que pasar como quien oye llover. Y a terceros que les den.
Para algunos, la angustia no les había dado nunca un jaque semejante, mientras otros a su rollo porque deben seguir creyéndose invulnerables y a ellos, literalmente, no hay quien les tosa, así que ¿para qué distancias o molestas mascarillas? Cada quién exhibiendo lo que otras veces permanece larvado y más allá de la consciencia hasta que la generalizada infección ha hecho aflorar el amplio espectro que permea la sociedad: del más absoluto pesimismo a la inmadura trivialización y todos los intermedios.
En cualquier caso, se ha hecho evidente una vez más que el peor enemigo, o el mejor aliado, es uno mismo. Y podemos certificarlo a través de un virus que no sólo puede meterse dentro, sino que nos allana ese mismo camino a poco que queramos. ¡Es de no creer lo que un minúsculo engendro puede dar de sí, cuando nos sobrevuela!
Más de dos tercios de la investigación sobre medicamentos se financia mediante capital privado. Y supone una inversión anual de muchos miles de millones. Naturalmente que la alianza de la investigación con la industria farmacéutica lleva aparejados riesgos indudables; así, se cita el hecho de que sólo un 5% de los ensayos clínicos remunerados publican resultados desfavorables, frente al 38% de aquellos que no cuentan con soporte económico adicional. Por otra parte, la premura en disponer de datos que permitan
rentabilizar los dineros invertidos –comercializar el medicamento- , puede acelerar los procesos al extremo que puedan pasarse por alto, como ha sucedido en ocasiones, efectos indeseables a medio o largo plazo. La vacuna rusa frente a la Covid, u otras en trance de aprobarse dentro de unos meses, podrían ser adecuados ejemplos.
Porque no es de recibo que el mantenimiento de estructuras científicas competitivas se deje al albur del mercado, que el gasto en salud se supedite, aun suponiéndoles la mejor voluntad, a las iniciativas de empresas transnacionales, y que la falta de incentivos para los organismos, instituciones y profesionales más cualificados/as, conviertan la investigación sanitaria en una suerte de azar ligado a la expectativa de beneficios.
Uno se da a pensar si las conmemoraciones son el recurso para volver a viejas alegrías o, por el contrario y tal vez en paralelo, alimenten nostalgias por lo que no volverá e incluso -sería el caso de los cumpleaños- supongan la constatación de un tiempo inexorable que acerca a la despedida. En otras ocasiones, será la pesadumbre de rememorar el último día de cualquier ser querido. Por todo ello, tal vez fuera mejor dejarse de efemérides; si son para el contento, en cualquier día serán bienvenidas y, cuando teñidas de tristeza, mejor no allanarles un camino que, incluso sin nuestro concurso, transitarán demasiadas veces aun sin ser requeridas. 
Con esa perspectiva, que anticipa y anuncia el definitivo olvido, quizá fuera mejor actitud la de potenciarlo hasta donde fuese posible. No sólo perdiendo el miedo al síndrome de Segismundo (temor al deterioro de la memoria) sino facilitando el cierre de la trastienda para poner en valor la cotidianidad y evitando en consecuencia incorporar a nuestras certezas esa sentencia, propia de la vejez, de que «Cualquier tiempo pasado fue mejor».

No había vuelto a visitarlo desde aquellos años y, tras varias décadas, el hechizo que me embargó se pareció al de entonces. Supongo que, frente a ciertos paisajes que nos brinda la naturaleza, el propio interior se desborda, sin más límite que el del horizonte.
Unas tapas junto a mi mujer, en la terraza del restaurante Es raor, incorporaron el exquisito sabor al resto de sentidos, y la Dragonera a nuestra derecha, el susurro de la brisa y un azul de ensueño, invitaban a la declaración de amor que estas líneas pretenden. Porque es el lugar adecuado para dejar las emociones en libertad.
Sant Elm sigue, intemporal, como inimitable llave de esta isla sin igual. Solo cabe esperar, de los gestores políticos, que hagan de ese magnetismo y su conservación el principal objetivo. Y si aceptan un consejo no se pierdan, de tener ocasión, la comida a orillas del mar que baña la Dragonera.
O, por seguir en el barrio, he mencionado en alguna ocasión lo que para los nervios del más templado puede suponer ir precedido, en la cola del supermercado y al disponerse a pagar, por la omnipresente anciana que, entre rebuscar en el monedero, recoger del suelo los euros caídos y ordenar en su bolsa lo adquirido, conseguirá que nos den las tantas. Y ya ni les cuento si, de vuelta a casa, a uno se le ocurre consultar la agenda y aparece según qué. En abril iba siendo tiempo de empezar con los papeles para la declaración de Hacienda; la misma penitencia un año tras otro pese a que un filósofo aconsejara siglos atrás no recorrer dos veces el mismo camino, lo que sin duda debiera ser una obligación exigida a los de la agencia tributaria. ¡Qué alivio en llegado julio! Aunque no será óbice para que, en cualquiera de los meses siguientes, aparezca otro fatídico emplazamiento: la cita con el dentista, por un decir, y es entonces cuando, de hacer caso al consejo de Stendhal (“Cuando las cosas vienen mal dadas, hay que dedicarse a la lectura”), nos leeríamos el Quijote de una sentada y, si me apuran, un par de veces con tal de retrasar la visita.

Con la mano bien untada, la apliqué sobre la espalda de mi mujer y a continuación sobre mi propio hombro, no fuera a ser que, contradiciendo el inicial escepticismo, produjese al poco algún beneficio. Entretanto, fui al lavabo para hacer aguas menores según se dice y, como es regla entre varones, sosteniendo con la mano el excretor adminículo.
Fue al volver cuando la maldita pomada comenzó a hacerse notar. Un insoportable escozor en el hombro que tal vez anticipaba la ulterior analgesia, y en salva sea la parte sin anticipo que valga. Quemazón del pene como merecida consecuencia de haber caído en la medicina alternativa sin lavado ulterior de la mano, aunque las normas higiénicas aconsejen agua y jabón, máxime en tiempos de coronavirus. Eso me dije, y más, mientras rascaba como un poseso y no precisamente allá por el húmero. Un mal rato y sólo habría faltado, tras los compulsivos enjuagues con agua fría, consultar la agenda -mientras resistía como mejor podía- para toparme con una nueva cita en el dentista. Por eso el título y es que, entre apuntes y sobresaltos de nuevo cuño, la monotonía es a veces bendición. Y no sólo para la cabeza, de interponerse un remedio tailandés.