Hemos viajado unos días por Asturias y sería egoísta el no intentar siquiera compartir las muchas fuentes de placer que pudimos disfrutar. A la belleza paisajística en excursiones por el Parque Nacional de Redes o el camino de Picu Pienzu, se sumaron sabrosas comidas a unos precios que para aquí quisiéramos y, encima, con algún que otro obsequio alimentario como entrante o de postre.
En cuanto a las sidrerías de la calle Gascona, en Oviedo, visita tan obligada como lo pueda ser a los museos Guggenheim o el del Prado, si de paso por sus respectivos emplazamientos.
Por lo que hace a las ciudades de allá, su magnífica arquitectura corre pareja con una limpieza de calles y plazas tan espectacular como añorada por estos lares. Más de 160 esculturas de bronce, en la capital, imantan al visitante tras bajar su vista de lo alto y, en derredor, la simpatía junto a los mercadillos de la Plaza Fontán.
También parecidas sensaciones en Avilés o Gijón: una admiración tras otra y, no obstante, la seducción que lleva aparejado el paseo por las dos mayores ciudades de la Comunidad, no las homologa. Siquiera por lo que respecta al uso de diminutivos o aumentativos según se trate de una u otra.
En Oviedo, un excelente quesín en cualquier tiendina, recoletos pueblines en sus inmediaciones para comer por unas monedinas y, del Escorialín a la Santina, las explicaciones de nuestra guía estuvieron en todo momento cuajadas de «ines» e «inas»; terminaciones a las que el de Gijón dio la vuelta y, quizá por eso, el propio nombre de la segunda ciudad en población.
Allá está la escalerona de la playa. la iglesiona y algún que otro solarón, de modo que tal vez lo de pendón o putón verbenero sean ocurrencias de esa zona y, por lo mismo, no es de extrañar que su campo de fútbol sea el del Molinón, que de estar en Cartagena cambiaría a Molinico y si en la capital del Principado, Molinín.
Afortunadamente, las sidrinas fueron en Oviedo y, obviamente, culines. Porque de haberlas tomado en Gijón, los culones habrían dado conmigo, borrachón, bajo la mesona de cualquier bar.



La carpa Ramona era la principal atracción de un bar, en la provincia de Gerona y junto al lago de Banyoles, que es hoy oficina de turismo. En mis encuentros con Pablo, compañero de profesión y amigo del alma, era obligada la cerveza junto al vistazo a una Ramona de tamaño des
Esa convicción, asumida por Wittgenstein, de que es mejor caer muerto por el esfuerzo que reventar lamentándose, es la que muchos habíamos asumido hasta que experiencias varias nos han obligado a poner en solfa dicha afirmación. Tenacidad y perseverancia son ciertamente imprescindibles para alcanzar siquiera algunos de nuestros objetivos, y a tal extremo mi convicción, que llegué a identificarme como Perseverancio cuando apoyaba o suscribía determinada opción difundida por las redes, en línea con el beckettiano «No puedo seguir. Voy a seguir».
Pero un talante, ya digo, que empezó a hacer agua conforme las evidencias en contra se iban sumando. Porque las arrugas seguirán ahí pese al Botox de algunas, a la frecuente artrosis asociada a la edad no hay pilates que la disuada y, más allá del cuerpo, algunos creemos imposible razonar con un cura por distintos matices que incorporemos al diálogo, no está en nuestro ánimo admitir como mejor alternativa una dieta vegana
ni confiamos en que un día de estos podamos escuchar a cualquier político haciendo autocrítica movido por la honestidad, de modo que lo de mejor quemarse que oxidarse, pues cogido con pinzas y es que el óxido en muchas ocasiones se sobrelleva bien, sin que altere el sueño ni precise de remedios.
¿Que pueda ocurrir a resultas de un escepticismo demoledor? Quizá sí, y convendría en tal caso posicionarse frente a cada coyuntura sin hacer regla del desengaño. Pero ya me contarán si creen a estas alturas que la España vaciada vaya a repoblarse en las próximas décadas, si acaso confían en que Trump aclare sus manejos con el fisco, Pablo Iglesias asuma su pertenencia a esa denostada «casta» o la Banca vaya a adoptar, antes de que nos extingamos como especie, alguna medida en bien de su clientela. Por todo ello y más, se diría que hay imposibles frente a los que parece razonable no desperdiciar el tiempo. Sin embargo, no vayan a suponer que las anteriores son meras divagaciones sin base alguna,
y es que lo dicho se me ocurrió tras ver el otro día cómo el camarero del bar, y con un vendaval de no te menees, intentaba barrer, entre cabreo y blasfemias, la alfombra de hojas que poblaban su terraza y empeñadas, pese a la escoba, en ocupar sin pausa mesas y suelo. Como tantas cosas que alfombran nuestro presente sin escoba que valga, para entendernos.
por su amor teñido de candor, volveremos de nuevo a la inquietud frente al enemigo aunque ahora, y al revés de lo que nos ocurría cuando a la entrada de nuestra juventud, daríamos lo indecible por detener las agujas y poder disfrutar, en la vida restante, de esa niñez y su «tiempo sin tiempo y sin memoria», como dijera el poeta Gerardo Diego.
Ya escribí meses atrás del placer que me causaba enseñar a uno de ellos el juego del ajedrez y perder, alguna que otra vez, para gozarme de su contagioso orgullo. Otro me dijo, sentados en un bar y muy serio, que daría cualquier cosa -incluso sus juguetes preferidos- por hacerme inmortal. Cuando sonríe el de los grandes ojos me gustaría y como última voluntad sumergirme en ellos y, días atrás, andaba abstraído en uno de mis paseos cuando la nuera me llamó desde la esquina: «Es que te ha visto. ¡Es Tat (así me llaman) y tengo que darle un beso! Eso me acaba de decir». Con toda seguridad se identificarán conmigo si afirmo, con Lope de Vega, que «Eso es amor. Quien lo probó lo sabe». Por todo lo anterior, sueño a veces con lograr un imposible: que no crezcan.
La de Rey es condición de mucha preeminencia aun a falta de reino. Incluso basta con el prefijo, con que le llamen a uno así. Y ni les cuento si es apellido. Combinado con otro que suene bien, resulta apabullante: Rey Marqués, Vara de Rey… aunque lo más, el acabose, es Rey Ardid. La unión de lo egregio con lo ladino constituye una mezcla invencible y en dicha línea, no es de extrañar que el tal Rey Ardid fuese maestro internacional de ajedrez y campeón de España allá por los años treinta. Lo insólito es que no ocupase cargo político alguno siendo como era, por oficio y linaje, el rey de la celada.
Pero es de las contadas ocasiones, más allá del patriarcado, en que el masculino se lleva el gato al agua, porque «rey de la casa», por poner un ejemplo, es peor que «reina de la ídem»: el rey de la casa suele ser rorro de pañal y deja de monopolizar el título en cuanto controla los esfínteres; la «reina de la casa», en cambio, acostumbra a extender su reinado desde la pubertad hasta la menopausia.
Consciente de un rigor expositivo cuando menos dudoso, no me queda sino rogarles que acepten mis disculpas y muestren frente a estas líneas la tolerancia, la comprensión de un Rey. Así como Felipe VI, por un decir. Sobre todo hoy, que llegan los Magos.