Afirmaba Machado que también la verdad se inventa y, para comprobar lo atinado de su observación, bastará con invertir, con volver del revés muchas de esas frases hechas que escuchamos día tras día: hallazgos verbales e ideas con presunción de contundencia, de ser resúmenes sin fisuras y que sin embargo podrían formularse en sentido contrario sin menoscabo, lo que demuestra una vez más la relatividad de todo lo que nos es dado imaginar incluyendo los aforismos, esas sentencias que han conquistado la posteridad como si hubieran sido dictadas desde el más allá.
Vienen muy bien, claro está, por su inicial apariencia de incontestables, aunque no es oro todo lo que reluce. Puede cogerse el rábano por las hojas o, haciendo gala de igual brevedad, ir al rábano y dejarse de hojas hasta llegar a Descartes y su pienso luego existo. Aunque los haya que existan y, de pensar, lo justo.
Los ególatras resentidos podrían cambiar el No me merezco esto por Esto no me merece o, de de prescindir por un rato de la máscara, mudar el despectivo «Si algo no soporto es la estupidez» y pasar a una evidencia que prefieren pasar por alto: «La estupidez es lo único que me soporta». Por seguir, jubilarse para disfrutar o bien disfrutar para no jubilarse. Podría ser igualmente acertado decidir querer para sobrevivir o sobrevivir para querer y, puestos a andar con el amor a cuestas, Ama y haz lo que quieras o lo segundo con tal de amar.
De no bastar con los anteriores ejemplos, el ámbito político podría ser un filón inagotable empezando por las promesas con que nos bombardean estos días y, como se viene demostrando en el pasado, reiteradamente incumplidas. En esa línea, convendría cambiar el «Lo veo y no lo creo» por el más realista «Lo creo porque no lo veo». Al igual que ocurre para algunos con el Ser Supremo. Y, de cambiar en algunas promesas el «con» por el «sin», la huidiza verdad podría dibujarse con mayor nitidez. «Con (sin) nosotros irá mejor», «Nos comprometemos a gobernar con (sin) la ciudadanía»…
Todo, en fin, tan cuestionable, que tal vez el único a quien no pueda contradecirse es al que aseguró que el arte es el único modo de decir la verdad. Aunque tras ver alguna exposición con según qué elevado a los altares, orinales y pilas de excrementos incluidos, no sé si sería más adecuado hacer oídos sordos en lo que nos queda hasta las elecciones y, por si acaso, en más de una sala de arte mirar también hacia otro lado. No fuera que, en nuestro afán por entender el sentido último, identificáramos lo expuesto con simbología política.
Era un día ventoso y con el cielo parcialmente cubierto por esas nubes algodonosas, de bordes nítidos y que refulgen si brilla el sol. Desde la ventana del cuarto donde escribo las veía, frente a mí y allá en lo alto, desplazarse lentamente hacia la izquierda. El viento agitaba las ramas de un enorme arbol en la misma dirección. Cautivado por el espectáculo me pareció que era yo, el edificio, quien se movía y desde la amura de babor me era dado apreciar la quietud del entorno por contraste conmigo.
Fue en ese rato, con el paisaje de blancos y azules en lenta progresión a mi lado, cuando se me hizo evidente la razón que asistía a Pessoa cuando afirmó que, para viajar, basta con existir. Máxime si desde la ventana puede apreciarse el paso de los cielos.
Hemos dejado atrás el invierno. Esos meses en que, de noche y como sugiriese Gómez de la Serna, las calles son más largas y, en su anticipado oscurecer, las horas cabalgan hacia unas mantas con las que hurtarse al temblor de creer que nunca volverá el calor. Es por lo demás sabido que la puesta de sol se identifica con la vejez y, ambas, cuanto más tarden mejor. Con semejantes mimbres, va siendo tiempo de hacer de una vez tabla rasa con ese cambio de hora otoñal que añade al frío en ciernes un plus de negrura que puede terminar por metérsenos dentro,
ya que conocemos con qué facilidad -dado que somos también reflejos de nuestro entorno- luz y temperatura penetran en nuestra intimidad y condicionan, en alguna medida y siquiera a ratos, el estado de ánimo. 
Bienvenida pues la primavera porque contagia al alma, y esperemos que el mirífico efecto actúe también sobre quienes pretendan organizarnos la vida a resultas de las elecciones. Que no falten estos amaneceres anticipados, y atardeceres con luz bastante para perder la vista en lontananza: allá donde no lleguen los rifirafes con que nos trufan la cotidianidad.
De vez en cuando veo a ese otro que acertadamente apuntara el poeta Rimbaud, observándome desde el espejo. La mayoría solemos pasar frente a él, a diario, sin darle los buenos días siquiera en el baño, aunque detenerse y no apartar los ojos, intentando llegar al fondo, puede hacer de esos minutos un sobrecogedor tránsito hacia lo inesperado.
El caso es que un ascensor y su espejo es mucho más que el vehículo para trasladarse arriba o abajo; puede llevar también al reencuentro y tanto es así, que cabría suponerlo el mejor espacio para saberse: sin falsedades ni presunciones y en un despojamiento revelador. Visto de ese modo, cuando sea preciso tomar un ascensor estando solo/a, convendrá tomar conciencia de con quién vamos a encontrarnos en cuanto alcemos la vista del suelo. Y en esos instantes no hay disimulo que valga ni se sale del paso con un «!Menudo tiempo hace!». Por un decir.
Ya están ahí los resultados y la izquierda se hará con el Gobierno. Podrán gustar más o menos y, sea como fuere, sustituir la pesadilla que ha supuesto el martilleo propagandístico de los distintos candidatos por una certeza -aunque no sea la que parte de la población habría querido-, proporciona en cualquier caso cierto alivio comparable al que supone el final de una larga enfermedad. Y habrá hoy alegría o el duelo que terminará transcurrido un tiempo. Como cualquier tristeza.
¿Tal vez mejor, o siquiera más tranquilizador para un sector, el que pudieran haberse propiciado otras alianzas? Pues creo que tampoco hay respuesta unívoca al respecto y allá cada quién, porque se sabe de antiguo (Ortega) que la realidad se ofrece en perspectivas individuales y el mal o el bien son cuestión de gustos.