Desde hace un tiempo y cuando sentado en la terraza de cualquier bar, suelo fijarme en el calzado de las transeuntes y no puedo quitarme de la cabeza la frase que escribiera en su día Rubert de Ventós: «En el otro mundo se pagan los pecados y en este las tonterías». Porque son de ver y no creer esos zapatos en punta que deben hacer de los dedos un informe amasijo, tacones que parecen cascos de caballo u otros tan finos que dan para insertarse en cualquier rendija, cintas que oprimen las pantorrillas.. Se diría que sus portadoras han optado por aquella «Elección trágica» de que hablaba Isaiah Berlin, y es que sobre esos pies se cierne la lesión más allá de un fatídico traspiés con la fractura o el esguince consiguientes.
Sin duda nadie sabe lo que es bueno pero sí lo que sería mejor: dar la espalda (los talones, en este caso) a la moda por la comodidad, y subordinar la apariencia perseguida a la seguridad física.
Porque hace falta ser masoquista para estilizarse y crecer unos centímetros a riesgo de terminar sobre el asfalto, cuando no sobre las piedras si se les ocurriera a algunas seguir el consejo de Pitágoras y, en vez de transitar por caminos concurridos, optasen por los senderos.
El caso es que, de entretenerse en la visión de sus pies, uno termina por entender hasta qué punto la mercancía puede ser una forma de alienación que convierta la indemnidad física en cuestión secundaria, olvidando que el secreto del universo -y de sus habitantes, yo añadiría- está en un equilibrio que demasiadas de entre ellas consideran prescindible. He terminado por concluir que el «Dime lo que comes y te diré quién eres», podría cambiarse sin empacho por un «Dime cómo calzas…». Presten atención a ello cualquier rato, sin apriorismos, y ya me contarán.
Es encender la radio, durante el desayuno o a los postres, y las fake news se mezclan con el café en lo que se ha convertido ya en cotidiano: mentiras y tomaduras de pelo pero enunciadas con inglés intercalado y menos mal, porque de tener que entenderlas en chino o mandinga, ¡ni les cuento! Después nos vendrán con los memes, parientes sin duda de la memez, serendipias como quien no quiere la cosa o algún que otro trending topic. Y todo ello sumado a la amistad que te profesa quien a media mañana, y por eso mismo, advierte que va a evitar hacerte un spoiler, que no es corte de mangas como los menos avisados podríamos hace un tiempo suponer.
Sin embargo, no termina ahí la abrumadora sensación de no haber avanzado desde los tiempos de Galdós en cuanto al verbo se refiere, porque fue personarme hará cosa de un año en la agencia de viajes para advertir que no había recibido su correo, tal como habíamos acordado, precisando la fecha de salida.
En consecuencia, decidí en su día listar los neologismos en un cuaderno y repasarlos semanalmente, aunque quizá la medida no baste para customizarme el lenguaje en un nuevo idiolecto sin parecer un friki con ganas de clikear para superar el vintage hacia este nuevo mundo tan cool. Además, si lo que se comprende en un instante no suele dejar huella, como afirmó Gide, la huella que se avecina sobre mí va a ser cosa fina.
Cerró como se debe en lugar de emplear la giratoria; hábito entre quienes dejan un cargo que ha propiciado contactos y favores de los que esperan lucrativa correspondencia en llegada la ocasión. Bien es cierto que su excedencia como Registrador de la Propiedad en Santa Pola, le garantizaba el futuro económico tras más de 35 años (desde 1981) en la vida política, pero me sorprende en esta ocasión -la única sorpresa favorable, creo recordar, desde que supe de él- que no haya optado, como sus antecesores en la Presidencia, por buscar el acomodo para un momio bien retribuido. 
Bien es cierto que tras escucharle en años pasados advertir, entre otras conclusiones suyas, que los sentimientos tenemos humanos, siquiera por mucho españoles, llegué a suponer que la RAE le ofrecería un sillón que tal vez haya rechazado y sería un detalle más a su favor. Sea como fuere y aunque hayamos tenido que esperar a su defenestración, por fin toda una lección y si me apuran por partida doble, porque también las convicciones sobre su moral y talante han entrado en solfa. ¡Quién me iba a decir que con semejante trayectoria y esa convicción de que lo mejor es mirar hacia otro lado, podría ser, en su punto final, sujeto de panegírico!
Me propuse hace un tiempo aficionar a mis nietos al ajedrez y hemos ido progresando aunque el mayor, diez años recién cumplidos, es quien se lo ha tomado con más interés, al punto de que no pasan más de dos días sin que acepte de nuevo mi reto: ¡Qué! ¿Quieres volver a mascar la tragedia? Y esa es la frase tras la que iniciamos una nueva partida.
Sentí en ese momento que una paradoja culminaba: las victorias frente a él no me producían el placer que se experimenta con el éxito y, en cambio, con la imprevista derrota me embargó una satisfacción inenarrable. En cuanto a mi nieto, su alegría y la orgullosa mirada que me dirigió eran contagiosas. Bajé la vista y fingiéndome tocado, le dije: «Ganar está bien, pero perder enseña más; aprender de los errores para mejorar la próxima vez». Después, lo abracé. «¡Habráse visto, Kaspárov -musité a su oído-… A partir de ahora tendré que andarme con cuatro ojos…!». Lo cierto es que estoy deseando volver a perder sin proponérmelo. Y espero que ocurra a no tardar.

Pudiera ocurrir que el ex-duque empalmado, según su propia caracterización en el pasado, sólo haya sido interferido por ese «ex» en lo referente al título nobiliario y, de seguir empalmado a la menor oportunidad (en erección, para los menos familiarizados con el culto lenguaje del delincuente), permanecer en una prisión de mujeres con un único y despoblado módulo masculino, cual es el caso de Brieva, podría parecerle un buen escenario para disminuir, a la mínima oportunidad, su necesidad de alivio. Bajo esta perspectiva, cabe suponer que la mayor dificultad para las conexiones con Ginebra sean para el susodicho cuestión menor y, de ser el caso, sólo cabe desearle suerte. Siquiera por lo que hace a su proclamada y orgullosa congestión genital.