Me han comentado miembros de la ONG «Voluntaris de Mallorca» (a la que pertenezco, aunque no de forma activa como en el pasado) que, si siguen en la brecha llegados ya a cierta edad, no es porque continúen todavía con las mismas ganas de compatibilizar esa actividad con otras obligaciones y/o aficiones -los años no pasan en vano-, sino debido a la ausencia de sustitutos con juventud y determinación.
El tiempo de quienes hoy por hoy siguen dando el callo, se va convirtiendo en un enemigo que, colectivamente, puede representar una amenaza para la progresión o siquiera subsistencia de ese llamado Tercer sector (los otros dos, el estatal y el mercado) que hace poco sumaba más de 3000 organizaciones y alrededor de 3 millones de voluntarios, muchos de los cuales empiezan a comprobar que la afirmación del Eclesiastés, «Hay un tiempo para cada cosa», podría dar al traste con ése su solidario empeño mantenido hasta pasada ya la edad de jubilación.
Todo lo excelso es difícil, sostenía un filósofo, pero cuando la gratificación obtenida empieza a echarle un pulso a la artrosis, semejante cuesta arriba puede llegar a hacerse insalvable y el futuro de algunas ONGs pasa por pedir a gritos sangre nueva. No obstante, los reemplazos precisan, para comprometerse por amor al prójimo y sin contrapartida económica, de algo más que empatía e ilusión.
Han de tener resuelta primero o por lo menos encaminada su propia subsistencia y, actualmente, el desempleo cuando no la miseria se están convirtiendo en muros disuasores para el altruismo, debiendo aceptarse por obvio que priorizar la cobertura de las necesidades básicas a la interacción compasiva, es de esperar en cualquiera. En tal situación, que tiene visos de continuar, los abuelos/as y miembros de cualquier ONG tendrán que plantearse hasta qué punto su solidaridad -con el tercer mundo y, en el primero, a costa de repartir pensiones con hijos y nietos- tampona las injusticias en lugar de propiciar que se pongan, de una vez por todas, sobre la mesa.
Las discrepancias entre individuos y colectivos son, además de habituales, convenientes, toda vez que la unanimidad puede ser exponente de una homogeneidad analítica que denote simplismo y ausencia de alternativas para la mejora. Se trataría pues de, frente a opiniones o posturas encontradas, conseguir el equilibrio. Ese era el secreto del Universo para Empédocles y, sin apuntar tan alto, domar las divergencias con ideas vehiculizadas por la palabra debería ser el objetivo para convertir la inicial disparidad en un nuevo escalón hacia el progreso; a través de un esfuerzo recíproco de comprensión y, si se revela difícil o insuficiente, apelando a la mediación.
Bien por el encastillamiento de las respectivas posiciones en una autosuficiencia que no es nunca buena consejera, bien porque al mediador no se le haya facilitado la necesaria información sobre los entresijos del problema, carezca de la adecuada formación o, en ocasiones, su talante le haya llevado a tomar partido de antemano y, a modo de ejemplos, angustias, rencores o ideologías pueden transformarse en barreras de complicada superación.
En estos meses, desde los conflictos rusos y americanos hasta el soberanismo catalán, se echa en falta la oportuna mediación y tal vez obedezca a la ausencia de personas u organismos competentes en dicha labor que seguramente precisa, como se ha sugerido con relación al trabajo creativo, de un 1% de inspiración y, el 99% restante, agobiante transpiración. En tales condiciones, quizá la vocación sea imprescindible y casarla con la aptitud, una titánica empresa. Y es que no parece que abunden, siquiera por estos pagos, vocaciones sudoríparas por sobre el sueldo o la primacía de la propia imagen.
He visto en días pasados a gentes encapuchadas, con velas encendidas a plena luz del día y en procesión, descalzas, arrastrando cadenas por los tobillos y anteponiendo, supongo, la penitencia al riesgo de heridas e infecciones. Portando cilicios y, en otros lugares, dándose de latigazos. Nunca mayor acierto que el del recientemente fallecido Jorge Wagensberg al afirmar que, en lugar de convicciones sólidas, mejor líquidas o gaseosas, aunque sigan abundando quienes prefieren las creencias al pensamiento y, en el extremo, la banalidad de una mascarada que las subraye.

En llegada cierta edad y pese a no padecer enfermedad mental alguna, por lo menos diagnosticada, la memoria comienza a hacer agua. Podemos (con perdón), como Trump, pasar un test de diez minutos con buena nota y ser capaces de repetir unos cuantos números o identificar por su nombre algunos animales, pero no recordar el de quien nos saluda por la calle e incluso nos abraza interesándose por nuestro devenir. En ese momento, somos presas de la zozobra mientras fingimos parecido entusiasmo al suyo e intentamos salir del paso con evasivas.
Ni flores. Al cabo de unos días, más de lo mismo hasta que finalmente se me ha ocurrido la solución: llevar colgado del cuello, a modo de adorno, un rótulo con nuestro nombre y apellidos, costumbre que de hacerse extensiva nos evitaría las perplejidades frente al supuestamente conocido y, a más de suponer un negocio para los fabricantes de tales carteles, sería un excelente recurso cuando no sabemos qué regalar en Navidad o el día del cumpleaños.
Para buena parte de nosotros, se ha convertido en norma prestar atención a las predicciones meteorológicas. Y no diré que, por lo general, las noticias que se ofrecen sobre el tiempo y los eventuales cambios por venir (¡Ay, con el dichoso anticiclón de las Azores!) carezcan de justificación o fundamento. Cosa distinta, sin embargo, son los porcentajes sobre lluvia o bonanza que para los días venideros ofrecen los medios; tan cambiantes conforme avanza la semana que parecen dar razón a Heráclito cuando afirmó que el tiempo (más allá de la edad, a que el griego debía referirse) es como un niño que juega a los dados.

¿30%? ¿80? Por ello, se antojaría más razonable sustituir los números por siglas igualmente orientativas: «Quizá sol radiante» (QSR), «Probablemente lloverá» (PLL) o un humilde «Cualquiera sabe» (CS). No se hurtaría información y por ende se daría en el clavo más a menudo, rebajándose una incredulidad que, visto lo visto, sólo conseguimos orillar cuando tenemos planeado salir de viaje y la predicción es buena, con lo que evitamos cargar con el paraguas. Después, ¡a verlas venir!