Tiempo atrás, me enterneció hasta la angustia aquella peripecia vital del fallecido poeta argentino Juan Gelman, cuyo hijo fue asesinado durante la dictadura en aquel país, su nuera desaparecida y una nieta, a quien consiguió encontrar tras 23 años de búsqueda y cerca ya de su propio final. «El muerto forma parte del duelo y cuando no existe es un infierno», escribió en una ocasión. Algo sabido por todos quienes pierden a un ser querido y de ahí funerales, velatorios y la última mirada junto al ataúd abierto a diferencia de lo que es costumbre entre los judíos, que ocultan el cadaver a la vista. 
Deseo éste, el de la despedida como broche a una vida compartida, que supongo universal. Y recuerdo las palabras de Gelman cada vez que me he visto en esa dolorosa situación; hace pocos años, frente a un amigo del alma.
Pude contemplarlo con los ojos anegados en lágrimas y sé que, de no haberlo hecho, el duelo sería interminable y sin esa paliación que trae la distancia porque, aunque el olvido no exista, unos minutos junto al cuerpo ya inerte atemperan el dolor que conlleva la definitiva separación y finalmente allanan el camino de la aceptación.
Por eso: porque no hay despedida de no mediar unos instantes junto al cuerpo amado, la memoria histórica y esa búsqueda de los desaparecidos después de tantas décadas, se me aparece como ineludible para el adiós. Sin alternativa posible. Lo experimenté en carne propia una vez más, frente al amigo, aun a sabiendas de que no cambiaría nada excepto, quizás, abreviar ese infierno que mencionó Gelman.
A 50 años de aquel Mayo y sobrevolados de remembranzas en amplio abanico, desde el nostálgico entusiasmo a las cíclicas decepciones, cabe preguntarse una vez más qué fue de aquello: cuánto contribuyó a cambiar el futuro en el supuesto de que lo hiciese o, remedando a Handke en su novela La ausencia, si acaso no existió nunca lo que se cantaba, aunque sí las estentóreas voces de los cantores.
La mayoría de ustedes sin duda conocen los hechos: un grupo de cinco desalmados que se autodenominan «La Manada», violaron en 2016 a la joven de dieciocho años, durante las fiestas de Pamplona, tras obligarla a meterse en un portal. Se pasaron tres pueblos en ese jolgorio con el que quisieron justificar su agresión. Y debieron disfrutar porque su cerebro enfermo no les impidió sonreír: antes y después. Sin embargo, y según los jueces (la tolerancia de uno de ellos, apostando por la absolución, atenta al corazón de la moral y no es sólo cinismo sino pura animalidad), se trató únicamente de abuso, que no violación, ya que la víctima se limitó a sufrir en silencio y cerrando aterrada los ojos. ¿Y qué podía hacer? ¿Resistirse y jugarse la vida frente a semejante pandilla de cabestros?
Amenazar para conseguir un fin, utilizando como estrategia el miedo y la vulnerabilidad, es puro y simple terrorismo. Y cabría añadir que no se trata aquí de poner en cuestión la independencia judicial, pero en el calificativo de lo acontecido los jueces se han pasado también, como la propia Manada, tres pueblos. Porque con independencia de que la prisión permanente revisable pudiera ser para ellos, en su última parte, también una prebenda, lo sucedido pone en solfa a la propia Justicia que no se aparece como virtud exacta sino simple desgobierno.
Estoy con Borges cuando sugirió que sólo hay unas cuantas metáforas esenciales y, entre ellas, el tiempo como río y su discurrir.Por extensión de ese fluir del agua como remedo de nuestra propia vida, me ha dado por pensar que la naturaleza entera, desde los sedimentos y estratos que pisamos y nos conforman (la memoria) a lo que ocurre sobre nuestras cabezas, de la luz a la noche, todo es pasajero y cambiante como el mismo existir, líquido en su tránsito.
Bajo tal perspectiva, una cierta relativización quizá debiera incorporarse a cualquier análisis y para ello basta con mirar en derredor. La otra tarde y de paseo al borde de la playa, me detuve un rato para contemplar, abstraído, las enormes olas. Se acercaban erguidas y amenazantes, enarbolando sus blancos penachos, iracundas de espuma hasta romper sobre una arena removida y arrastrada por la inclemencia sin matiz, sufrida… Un agresivo espectáculo el de aquel mar bravío que no daba tregua y sin embargo, cuando se retiraba, se diría que no había cambiado nada. 
El escritor mejicano y de orígen italiano, falleció el pasado día 12 a la edad de 85 años y con él perdemos a un excelente novelista y referente contemporáneo, Premio Herralde en 1984, Rulfo en 1999 y Cervantes en 2005. Tras los relatos de su primera época («Tiempo cercado», «Infierno de todos»…), pasó a la novela y su trilogía, englobada en el llamado «Tríptico de carnaval» («El desfile del amor» en 1984, «Domar a la divina garza» (1988) y «La Vida conyugal» en 1991) es el mejor exponente de esa maestría que continuaría con «El arte de la fuga», «El mago de Viena» o, ya en la recta final, «Una autobiografía soterrada» (2011).
En 2017 fueron el búlgaro Todorov o el también mejicano Antonio Sarabia, Dereck Walcott, John Berger, Juan Goytisolo y el argentino Ricardo Piglia… En los cuatro meses del presente nos ha dejado el peruano Loayza, Claribel Alegría o el sin par poeta Nicanor Parra a los 103 años, y es que el tiempo no sólo afecta a cada uno de nosotros sino que, inclemente, nos despoja en vida: de seres queridos por cercanos y de esos otros, compañeros por habernos procurado nuevos mundos que transitar. Descanse en paz, maestro.