Hace unos días, concretamente el sábado 25 de febrero, no pude creer lo que veían mis ojos en el periódico El País. Mariano Rajoy, a página entera, como firmante de un artículo titulado España, amparo de libertad y cuyo contenido, con referencias literarias varias, revelaba a las claras que había dispuesto de un negro (tan fácil, en razón de su cargo,como disponer en los medios del espacio que quiera) versado en asuntos que a él, lector del diario Marca y con un lenguaje que delata no sólo carencias en cuanto a lectura sino gramaticales, le pillan a contrapié.
A la concesión de la nacionalidad española que mencionaba el texto con orgullo para algunos -no muchos- inmigrantes, debió referirse Don Mariano tiempo atrás con aquel su «Muy españoles, mucho españoles» entre los que ahora se incluía a Héctor Abad Faciolince, el escritor colombiano y autor, entre otras obras, de la novela El olvido que seremos. Es la que glosaba, con seguridad por pluma ajena, nuestro intelectual presidente que, según se afirmababa en el diario, «He citado y recomendado en diversas ocasiones». ¿Significaba eso que la había leído? Pues qué quieren que les diga: no me lo creo. Como tampoco que el inicio del artículo («Qué lejos queda el español del éxodo y del llanto al que se refería nuestro poeta León Felipe…») fuese en modo alguno de cosecha propia.
Mariano Rajoy sabe mucho de echar pelotas fuera y, como se podía leer a propósito de una defensa de la libertad que ahí reivindicaba a título de presunto autor, con retórica fácil (?) y escasa concreción (se decía en distinto contexto) acostumbra a salirse por la tangente para exculpar a los de su cuerda. Pero poco más y, menos, pretender que comulguemos con ruedas de molino y asumamos que, como mencionaba la susodicha página, sea capaz de «parafrasear al propio Abad Faciolince en su artículo Visados, espinas y clavos».
Es más: tras oírle en innumerables ocasiones, dudo que conozca siquiera el significado de «parafrasear». Por cierto: aceptando que desde la pasada semana y tras revisar el escrito se haya quedado por lo menos con el título de El olvido que seremos, sólo cabría preguntarle cuándo se lo aplicará a sí mismo para que «mucho españoles» no sigan empujados al éxodo y el llanto del León Felipe que se le ocurrió mencionar a su escribiente.
La ignominia viene de atrás. De muy atrás y, últimamente, la media en este país de un asesinato por semana a manos de la pareja actual o pasada, es la tónica que parece haberse asumido como inevitable y cada vez con menos aspavientos. Podría concluirse que, conforme pasan los años, nos hubiéramos conformado con disfrazar la misoginia y, por lo que respecta a la violencia, arbitrar unos mecanismos represivos que se revelan a todas luces insuficientes para prevenirla o evitar la reincidencia.
Asesinos y maltratadores no reciben castigos ejemplares que ejerzan efecto inhibitorio alguno sobre sus émulos y ellos mismos que, pese a la orden de alejamiento que pueda llevar aparejada la condena, no tienen dificultad alguna, si se les antoja, en hacer de su capa un sayo. La reeducación es una filfa y esta reciente ocurrencia de elaborar un perfil psicológico de maltratador, dada su variabilidad, no es presumible que se convierta en un instrumento útil para la profilaxis.
Frente a tal vergüenza colectiva, extraña que no se adopten de una vez por todas medidas más contundentes. Las penas habrían de cumplirse en su integridad y sin reducciones que valgan -a diferencia de lo que pueda pasar con Urdangarín-. En cuanto al alejamiento de la mujer en cuestión, su potencial víctima, de algo habría de servirnos la tecnología.
Él y ella deberían ser portadores de un dispositivo electrónico en perfecta sintonía y, de acercarse el varón a menor distancia de la acordada, un aviso sonoro a ambos de cinco minutos tras el cual, el artilugio del presunto agresor produciría una descarga de importancia, de preferencia en la zona perineal-testicular y con seguro efecto disuasorio. Sencillo, ¿verdad? Y de fabricarse en serie el adminículo (del todo aconsejable dadas las cifras de violencia reportadas), tan operativo como barato.
Ni se me ocurriría, dada mi nula formación en Derecho Penal, cuestionar la decisión de las tres magistradas que han resuelto absolver a la Infanta Cristina, así que he de limitarme a ser el eco de una opinión ampliamente compartida y, entre otras cosas, asumir que una mujer florero, en palabras del juez Castro, no tiene responsabilidad en las corruptelas con las que el marido se enriquecía al amparo de su parentesco con la realeza, ya que parece evidente que, en otro caso, no se habría comido una rosca. Asunto distinto es que ella, levitando (como le ha ocurrido a su abogado defensor tras conocer la sentencia) en el palacete y por encima de la pasta, no le hiciera ascos a pringarse con ella aunque. eso sí, esforzándose en ignorar su procedencia -o eso ha afirmado con uñas y dientes- siquiera para diferenciarse del común de las consortes que en el mundo han sido.

Si hubiese robado un par de pollos no cabría a nadie la menor duda, pero en su caso podría eludirla. Por el momento, bajo fianza. En paralelo, la apelación al Supremo que se plantea podría tardar más de 1 año en resolverse y, para entonces, ¡cualquiera sabe! Lo que se sabe es que lo de la Justicia igual para todos no pasa de frase hecha por más que algunos, desde Rajoy a Horrach o Paco Marhuenda, se llenen la boca con ella.
Un buen amigo se propone, y así lo ha publicado recientemente en su blog, desenREDarse de las redes. Tras leerlo, me puse a meditar sobre lo que Internet y sus aplicaciones puede hacer con nosotros y no a la inversa, como ingénuamente podríamos suponer.
Pues en las redes tres cuartos de lo mismo. Te metiste en busca de un dato y, sin percatarte, por curiosidad o abducido, te abrumará la información sobrevenida que no te hará más sabio ni mejor; reiterativa, manipulada, superflua… Y ancha es Castilla si no fuera por ése tu tiempo que se escurre, soslayando el objetivo que en un principio perseguías.
Sin embargo, el camino tiene poco que ver con el propósito inicial. Algunos caen en la tentación, sí (difícil averiguar si por placer o como penitencia), pero en contrapartida yo dedico muchos ratos a comentar con desconocidos sobre lo más dispar y mezcladas las opiniones con ofertas de gafas a buen precio o cursos de inglés. Servidumbres probablemente obligadas a cambio del eco que perseguía aunque, cuando repaso el modo en que pasan las horas, me digo que el amigo desenREDado lo ha decidido en un admirable rapto de lucidez. Para más inri, otro compi pretende que me aliste como twittero aunque sólo sea para coleguear con Trump y, el de más allá, me advierte que facebook está perdiendo terreno frente a otra red: Instagram.
¡Qué agobio! He terminado por decirme que con el teléfono de pared y la máquina de escribir Underwood, era todo más sencillo y los días duraban más, aunque hacerse con lectores exigiera distintas estrategias. Va a ser cuestión de obrar en consecuencia y asumir que escribir para uno mismo puede ser, si no más satisfactorio, por lo menos posible al no hipotecar las horas con tantos espejismos como ofrece el ciberespacio, tan parecidos a los de Ikea.
Desde hace un tiempo me ha dado por entretenerme, tras leer noticias varias, en intentar categorizarlas con relación a la importancia que les atribuyo y, finalmente, comparar mi priorización con la del /los diario/s en cuestión. El resultado es en ocasiones tan dispar, sea cual sea el periódico, que se me ha ocurrido contárselo por si también ustedes lo hubiesen comprobado en alguno de esos ratos -¡benditos ratos!- sin apremio que atender.
Sé que están en ello y, por lo mismo, no deja de sorprender una reiterada y profunda discrepancia con mi criterio que quizá compartan. Y es que no parece de recibo que a la muerte de cincuenta inmigrantes, por un decir, se le otorgue la misma relevancia que al último plato del chef de turno. O que la enésima majadería proferida por cualquier entrenador de fútbol disponga de una página entera.