Creo haberlos glosado en alguna ocasión pero, en cualquier caso, no me importa volver a ellos tras haber leído que el Café Lírico en mi ciudad, Palma de Mallorca, tiene los meses contados.
Todos los bares que he frecuentado forman ya parte de mí y algunos, lejanos en el tiempo, tienen mucho de bar Le Condé, el parisino que con tanto arte describe Modiano en su novela El café de la juventud perdida. Lugares polivalentes que igual sirven para lamerse las heridas en soledad que para celebrar, debatir, confesarse o bromear. Espacios para el júbilo y la introspección cuya permanencia afianza la propia en cualquier estación. Ahí tienen el entrañable bar Bosch y su terraza en la que tiritar estos días y donde se convive entre abrigos y manoplas, sin acabar de creer que a pocos grados y más allá de encogerse muchas cosas, el frío agarrote también el pensamiento como aseguraba Descartes.
Hay que frecuentar los que han marcado el devenir de cada cual. Siquiera para, sumadas las consumiciones de todos, evitar que pasen a ser memoria para la nostalgia. Son el emplazamiento ideal para pasarse por la entrepierna ese nunquam duo que es la regla de los seminaristas y es que, donde hay un bar, habitan las palabras que incluso dan a veces para el relato escrito. Por todo eso, no me resigno a perderlos pese a los días transcurridos desde que desapareció el Formentor o, entre otros y en Barcelona, el Kek Duna: el «Danubio azul» que inauguró Czibor, el futbolista húngaro, para ser escenario de aquel mi noviazgo que terminó en boda.
Y está el Abrigall en Figueras, la cafetería París con mi madre sentada treinta años atrás o La Lepro -«La leprosería», lo llamábamos por entonces y ya no recuerdo su verdadero nombre- donde tomarse un respiro cuando residentes en el hospital de San Pablo.
Lo cierto es que muchas biografías no serían las mismas sin ellos y su impronta, de modo que declarar a algunos patrimonio intocable me parecería una acertada medida para evitar dar razón a Machado cuando escribió que sólo se canta lo que se pierde. Entre otras cosas, porque a mí el canto nunca se me dio bien.
En los últimos años estamos asistiendo a una progresiva aceleración de nuevos modos y costumbres, con la sensación del constante jaque a esa estabilidad que es -siquiera para los que ya dejamos muy atrás la adolescencia- imprescindible para reconocernos. Sin duda que los cambios llevan aparejados, algunos, indudables ventajas, pero lo que hay es un constante emplazamiento, sin tiempo para asimilar la penúltima novedad y con la inseguridad añadida de no poder adivinar si acaso fuera mejor no darse por enterado. Aun a riesgo de pasar por carca irredento.
por no seguir y amén del Pilates, los twiter, los selfies y otras lindezas etiquetadas con neologismos que me ahorraré, una amiga asegura que su nueva crema facial obra maravillas, aunque con la condición, ineludible, de ser aplicada entre las once de la noche y las tres de la madrugada. En otro caso, ni flores.
Pero también resulta que la posmodernidad se caracteriza, según afirman, por la imposibilidad del cambio. Y como prueba incuestionable, la política y el talante de sus representantes. En esa tesitura, ¿qué hacer?: ¿apuntarse a Android, a lo que venga después o refugiarse cada quién en su caparazón? Y es que descubrirse cualquier día de estos con unos pantalones que no lleguen ni a los tobillos, pues la verdad… Como apuntarse a Podemos.










