Comentaba el otro día a una buena amiga de mis zozobras con la traicionera memoria. Quizá les suceda algo parecido. Puede tratarse de alguien a quien no ves desde hace años, que de súbito se te abalanza y golpea tu espalda mientras solo aciertas a decir: «¡Hombre…! ¿Qué es de tu vida?». No podrías precisar si se trata de un antiguo colega, tal vez el camarero de cualquier bar que frecuentabas… Pero lo peor quizá venga a continuación, cuando mirándote fijamente te espete: «Me conoces, ¿no?», y a ver cómo sales del aprieto. Aunque hay otros. Se me puede ir el santo al cielo y equivocar, después de tantos años, el camino de vuelta a casa, o preguntarme qué sería lo que me ha llevado a entrar en la tienda y siempre, desde que me observo con aprensión, he atribuido a puro despiste lo que es habitual en mis comportamientos desde que me recuerdo; otra cuestión sobre la que cabría también alguna reflexión.
Sin embargo, fue ella, mi amiga, quien verbalizó lo que venía necesitando: que no todo merece un hueco en la memoria y, aunque el olvido voluntario no sea posible, es a veces medicina sin la cual, en palabras de Nietzsche, no habría modo de vivir.
Lo más lamentable es constatar cómo se desvanecen nombres de viejos conocidos, de lugares que en su día creímos hitos de nuestra existencia, mientras que no hay modo de borrar la cara del dictador ni los detalles, incluso nimios, que acompañaron la muerte de algún ser querido.
Sea como fuere, de no tener esa frágil memoria no habría sustrato para los olvidos selectivos aunque, de poder elegir, otro gallo me cantaría. Me apuntaría con Aleixandre a una memoria anclada en los besos y, por extensión, haría mío el verso de Machado: «De toda la memoria sólo vale /el don preclaro de evocar los sueños». Entretanto, habrá que apechugar con los lapsus en la confianza de que, cualquier día de estos, se ceben en los hechos, vivencias y personajillos de un listado que pienso escribir. Para que coman de ahí.














