¿Se les habrá comido la lengua el gato? Porque llama la atención la pasividad con que han asumido las novedades de los nuevos tiempos. Y eso por no aventurar las que puedan venir si la Derecha, su tradicional aliada, sigue sin levantar cabeza en los próximos comicios. El Papa defiende la pobreza por coherencia -aunque a día de hoy, todo hay que decirlo, no se haya puesto en venta un solo palacio episcopal-, afirma que no hay ateos a quienes excomulgar, igual va a resultar que el preservativo es a la postre un artilugio util para la salud, y eso de que los rosarios han de permanecer lejos de los ovarios -una metáfora en la controversia sobre el aborto- tampoco es ya aguijón que estimule a tantos Roucos, Cañizares o Martínez Caminos como habitan entre nosotros.
¿Pero qué pasa, prelados? ¿Dónde han dejado ustedes aparcado el magisterio que les era propio? Porque incluso si asumieran con Sartre que aunque lo anterior sea cierto es mejor no hablar de ello, no pretenderán hacernos creer a estas alturas, y con su trayectoria, que los planteamientos que defienden son ahora otros y de ahí la callada por toda respuesta. Muchos de entre ustedes han demostrado hasta la saciedad ser fieles herederos de sus antecesores; los que prohibieron las vacunas (Gregorio XVI, en el siglo XIX) y, como quien dice ayer, afirmaban que es tan reprobable el aborto como la pederastia a la que un porcentaje no despreciable de sus colegas son proclives, así que, ¿por qué no se pronuncian frente a la que les cae?

Y no es que echemos en falta sus anatemas, pero se hace raro que no digan oste ni moste: que no discurseen con ahínco frente al laicismo imperante. ¿Será que ya no estamos embarazados de Dios, como alguien dijo que nos ocurría en este país, y ese ha sido el aborto que temían y les secó la palabra? Pero no lo creo. Demasiado metafísica la presunción. Más bien apostaría por su sentido práctico y es que, como bien sabemos, los beneficios hacen desaparecer muchos principios. Con el pingüe Concordato de por medio, mejor no liarla, ¿verdad? O con esos cien mil inmuebles exentos de Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI), lo que no ocurre con cualquiera. Quizá hayan decidido, en cónclave o algo parecido, que es mejor dejar las cosas como están hasta que amaine la tormenta y, entretanto, esperar que asumamos en el rebaño la sabia recomendación del poeta:
«No interrogues dos veces a quien guarda silencio, porque el silencio es la única respuesta». Máxime si por largar a destiempo pudiese peligrar desde la hacienda al mismo Concordato. ¡Ay, pillastres del Señor!















