El aumento exponencial en el uso de las redes sociales obedece a razones varias y las ventajas de esa globalización son evidentes. No obstante, a todos nos asaltan las reticencias tras rastrear determinada información con resultados dispares u observar, cuando no actores, cómo esa pareja de al lado lleva un rato sin cruzar palabra y ocupados cada cual en su artilugio electrónico. El Ministerio de Educación, en 2014, consideró como un indicador cultural de las familias el número de horas que dedicaban a Internet, aunque sin ahondar sobre los motivos de la conexión y no estaría mal propiciar estudios sobre el tema. Es posible que la Internetización desmedida sea hasta cierto punto incompatible con la interiorización, por lo que podríamos terminar todos siendo copias de un autómata ciberfetichista, con nuestros rasgos diferenciales en trance de extinción y habitantes de un «no lugar» que sólo abandonaríamos por sueño, hambre u otras urgencias fisiológicas que precisen del excusado.
La información se ha hecho más accesible, claro que sí, pero sin filtro alguno para la objetividad o la manipulación sobre los menos avisados. El conocimiento se ha socializado tanto como el engaño y, en cuanto a conversaciones, a la interacción con nuestros semejantes, nada que ver las redes con una presencialidad empática en la que juegan su papel el tono, rictus o la mirada.
La red admite por igual sinceridad o disfraz, y el soliloquio como sucedáneo del diálogo, lo que transforma en un fiasco para la sensibilidad este entramado universal con mucho de artificioso. Si lo que define el lenguaje no es sólo lo que se dice sino el modo de decirlo (Barthes), bastará un somero vistazo a mucho de cuanto se escribe en el ciberespacio para concluir que no estamos precisamente en el camino de la mejora comunicativa. Y que el intento por hacerse visible a los demás, ese «ser es ser percibido», que explica en buena medida el auge de las redes, no precisa de esfuerzo alguno más allá del teclado.
Podría suceder que el uso indiscriminado de la red disminuya la cohesión social en vez de fomentarla como se aduce, socialice la piratería, prime una hipocresía que lo tendría más difícil en el cara a cara y preste al ignorante la peligrosa pátina del falso saber. Y que, junto a la crisis económica, la soledad de tantas horas conectado a la red tenga algo que ver con el incremento de cuadros depresivos y el consumo de psicofármacos. Son reflexiones que por otra parte no aportan novedad alguna, pero qué quieren: tenía ganas de explayarme y hacer de ello materia de un nuevo post. Porque una cosa es la digresión y otra distinta no participar de lo que critico y pasar por coherente. ¿A quién iba a engañar, cuando todos en buena medida nos parecemos? Y las redes tienen en ello bastante que ver.
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