Si justificados, sentidos y apropiados en tiempo y lugar, no merecen sino de una entrañable adhesión. Sin embargo, asistimos en los últimos tiempos a reconocimientos con tufo a impostados y que, en ocasiones, dicen más sobre el interés de los turiferarios que de los méritos del protagonista. El incienso huele demasiadas veces a manipulación; a un plan preconcebido para procurarse ventajas el propio concesionario, obtener réditos y luego ya se verá. Cuando no simple rutina para la galería.
No me refiero únicamente a esas estatuas ecuestres de Franco que han permanecido erguidas más tiempo del que se ha dedicado a reivindicar a sus víctimas, muchas aún en las cunetas. O a la placa que daba nombre a una avenida principal: precisamente la del corrupto duque empalmado,
como dijo Urdangarín de sí mismo para mezclar a la ciudad en una gracieta sin par. Estoy apuntando ahora a la medalla que se concede al militar fallecido en una emboscada (¿cuál es el mérito que se aduce más allá del riesgo que corría, resultado de una profesión libremente elegida?); a la cruz del mérito con distintivo rojo otorgada al cabo muerto por una bomba israelí hace pocas semanas, al panegírico dedicado a los pilotos de Albacete, muertos tras precipitarse sobre ellos un avión a causa de un fallo técnico… ¿Dónde radica el heroísmo? O, para no seguir, los ditirambos dedicados a los fallecidos en aquel Yak 42, con Trillo de por medio. Y naturalmente que exequias dignas. Pero los honores son otro asunto.
Hace unos meses fue el intento por investir doctor honoris causa de la Universidad a un tenista. No se antoja el foro apropiado, con independencia de su bagaje deportivo, porque científicos con cientos de publicaciones a sus espaldas, algunos en Universidades varias, quizá fueran mejores candidatos a considerar, aunque sigan malviviendo en el anonimato y con un presupuesto en I+D bajo mínimos. Es, para entendernos, como si se concediese el premio a un renombrado físico nuclear por parte del Ministerio de Información y Turismo. Lo que sugiero desde aquí es que los halagos, con medalla, birrete o diploma incluídos, a quien se los haya ganado sin sombra alguna de duda. Y otorgados por la institución adecuada. Todo lo demás, farfolla sin fundamento. Cuando no con segundas intenciones.













