Aquí y más allá, por no circunscribirme al terruño, todo es denostar de los sinvergüenzas (siempre los otros), hacerse cruces por tanta paja en ojos ajenos y, desde la tertulia de café a la que ha tenido lugar en Sede Parlamentaria -como gustan decir- sobre el Estado de la Nación, presentarse uno mismo como encarnación de la pureza, sobre lo cual albergo serias reticencias. Y es que debiéramos adecuar la frase con que empieza Pascual Duarte, de Cela, a los tiempos que corren y el modo que tenemos de sobrellevarlos. «Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo», confesaba Pascual, ¿recuerdan? Pues en nuestro caso -y me perdonará quien se sienta concernido sin causa, pero de verdad y sin hipocresías, ¿eh?-, no es que seamos malos aunque andemos sobrados de motivos, pero alguna que otra trampilla, pues sí.
Trampillas que, en nuestras circunstancias, no dan para más a diferencia de lo que sucede con los corruptos de tomo y lomo, pero al amparo de parecidas máscaras. ¿Han escuchado ustedes el debate de los Padres de la Patria? Habrán observado que cualquiera de ellos, como nosotros, se cree legitimado para dar lecciones. Y ahora, tras ponerlos de vuelta y media, examinémonos sin pasar por alto los Ivas impagados, reparaciones en negro y engañifas varias al fisco.
Al poco, tal vez podamos rebajar un algo el modo despectivo con que solemos juzgar al otro. Todavía recuerdo que, por evitar una multa de tráfico por parte de la Guardia Civil -y lo conseguí-, afirmé, orgulloso y mirando a los ojos del número, que yo era hijo del Cuerpo. Tal como suena. Y no me refería al cuerpo místico o al de mi madre. En otra ocasión (o un par de veces) pillé la propina que había dejado un cliente en la mesa vecina. Para comprar el periódico sin tener que cambiar. Y, desde luego, las colas sanitarias para lo que sea no forman parte, por mor del oficio, de mis problemas. Que entro por la puerta de atrás, vaya.
Nada grave, quiero creer, si comparamos con otros asuntos, pero en fin… Y tampoco abundaré en eso de que todo hombre inteligente sueña con ser un gangster, que decía Camus en su novela «La caída». Mas que nada porque, de atenerse a la sugerencia y con inteligencia normalita, sólo puede aspirarse a delincuencia de medio pelo como he relatado. Pero echo la vista atrás, a través del blog, y me contemplo poniendo a Tomasso Dibenedetti a bajar de un burro hace una semana, o erigiéndome en martillo de corruptos (sin capacidad alguna para hacerles un chichón, pero ese es otro asunto) y, en cualquier pausa para el café, me digo si acaso rebajar el tono de las invectivas y la propensión a rasgarse las vestiduras, no sería más justo con base en un historial que, de ser utilizado en mi contra, negaré. Como suelen hacer los maestros. Claro que si en Sede Parlamentaria pensaran lo mismo y se contemplaran de vez en cuando sin tapujos, igual cambiaba algo. Que buena falta nos hace a todos.














