No he podido por menos que rimar el título, pero el asunto fue serio. Les cuento. Hace unos años me autodiagnostiqué un tumor de colon que mis compañeros de profesión y hospital confirmaron. Doy por seguro que la zozobra de que fui preso, decenas de interrogantes sin respuesta o esa amenaza que no me era dado conjurar, no se diferenciaron de las que asaltan y padecen la mayoría de enfermos -no me gusta llamarlos pacientes, aunque deban hacer gala de ella- afectos de un tumor maligno. Y si bien la condición de oncólogo mediatizaba mis percepciones, ello no significa que las dudas perdiesen filo o dolieran menos, con el agravante de que el conocimiento objetivo sobre el estado actual de la cuestión, en cuanto a terapéuticas y sus posibilidades, impedía que pudiese asumir, sin más, los argumentos con que los colegas intentaban afianzar un pronóstico favorable.
¿Cómo me sobreponía, en lo posible? A día de hoy, en que presumo estar definitivamente curado, echo la vista atrás y me parece que, de volver a ocurrir, mi asidero sería el mismo. Porque aquel intento, por sobre los insomnios y la desesperanza, de objetivar los sentimientos, pasarlos por el cedazo del razonamiento y hacer de las notas, del dietario en suma, báculo y barrera contra la rendición, me ocupó muchas de las horas que, sin el esfuerzo por entenderme en mi nueva situación, se habrían vuelto pesadas losas sobre mí y los míos.
Y aquella escritura de los meses sombríos ha dado lugar, corregida alguna que otra coma (aunque mi amiga Cristina Frasie no quedará del todo convencida), al libro que se publica. Quizá, quienes hayan pasado por una experiencia similar, podrán identificarse en cierta medida y los demás se sientan impelidos a la reflexión, aunque también podría suceder que unos y otros lo consideren un intento fallido. Pero créanme si les aseguro que no me importa demasiado porque, lo que es a mí, poder leerlo, impreso, subraya un final feliz del que llegué a dudar. Por eso, desde que decidí darme de alta médica, me he propuesto disfrutar cada minuto de los por venir y, cuando frente a un enfermo, procuraré recordar cómo deseaba ser tratado: más acá de la estadística y el protocolo, por resumir. Sin más, esperaré cualquier opinión con sumo interés, porque una cosa es mirarse por dentro y, otra distinta, contar lo vivido sin ser requerido a ello.
















