Y es que, más allá de entender lo escrito, cuenta la actitud: la disposición de ánimo con que te sumerges si acaso eres aún capaz de olvidar lo demás por un rato; tu capacidad de entrega tras tantos intentos fallidos y poder abstraerte, abrirte a lo desconocido o, por contra, andar siempre con la mosca detrás de la oreja por si te la quieren dar con queso. Afirmó un buen día Andrés Trapiello que no se puede leer sin entusiasmo, pero a cierta edad el tal entusiasmo comparte techo desde hace años con el escepticismo; el roce hace el cariño y han terminado por ser uno solo. Eso si acaso la ilusión no se ha retirado a echar un sueñecito de puro agotada, dejando al otro campar a sus anchas.
Lees un libro pero es también el libro quien te lee y,
sabio él, va a dar de sí según te perciba. Para empezar, el zumo que le exprimas tiene mucho que ver con tus prejuicios y el sabor va a depender, incluso, del talante con que te hayas levantado. Podrías levitar de placer o fruncir el ceño frente a la misma página, y subordinarse deleite o frustración a unas experiencias, a unas vivencias totalmente ajenas al hecho de escuchar con los ojos a los muertos, que parece que así resumió Quevedo el hecho de leer. Y si el autor vive, no vaya por dicho.
Mi problema, que tal vez algunos de entre ustedes compartan, es muchas veces, y junto a las anteriores dificultades, que la inercia me vence. Así, puedo enfrascarme en una obra de ficción al modo con que analizo un artículo profesional, y pasar hoja tras hoja, incluso leyendo en diagonal, para llegar cuanto antes a unas conclusiones inexistentes o, por contra, andar buscando la frase ocurrente, la genialidad, en un dictamen técnico.

Mi velocidad de lectura puede tener nada que ver con el género a que se adscribe la obra en cuestión, y advertir al rato que he suplantado el previsible disfrute, que precisa distensión y permeabilidad de conciencia, por la tensión de quien habrá de examinarse sobre lo aprendido. Otras veces quizá intente adivinar, como si se tratara de una novela policiaca, cuando tengo enfrente un poema amoroso al que también podría criticar, según me de, que no exponga tesis alguna. O simplemente, sea prosa o rima lo que tenga entre manos, explorar los párrafos por si acaso, cambiando la sintaxis, pudiera mejorarlos.
Creo en resumen que de seguir así, confundiendo el tocino con la velocidad en cuanto empiezo a leer, lo llevo crudo aunque, por fortuna, el diagnóstico está hecho. Ya les contaré si el tratamiento termina por curarme, pero me he hecho un propósito: antes de empezar y sea cual sea el texto, interrogarme sobre el porqué y el para qué me he sentado frente a él. Quizá funcione; sin embargo, ¡hay que ver, a estas alturas…!
















