Con la inflación de por medio y consiguiente carestía, el consumidor puede optar por cerrarse el bolsillo tras conocer la subida del aceite de oliva en un 40%, el 20% los huevos… Frente a ello, fabricantes y empresarios han encontrado otra forma de manipular las circunstancias; es lo que se ha dado en llamar, en oposición a la Inflación, Reduflación: Reducir la cantidad manteniendo el precio y, con tal ardid, facilitar que el cliente siga con los hábitos compradores de antes sin que se aperciba de que, tal vez, la botella opaca de un litro sólo contiene 900 cc, o lo que antes medía 20, ahora 18. La reduflación es sin duda una forma de adaptación a las nuevas condiciones; así ha sido posible la evolución de la especie –la capacidad de modificar comportamientos frente a una crisis, quiero decir- aunque, de vivir Darwin hoy, quizá pondría los ojos como platos.
Encima, con la ventaja de no ser necesaria la modificación de etiquetas en el precio de paquetes o envases y, de tener que pesar lo adquirido por los clientes, también las básculas pueden adaptarse a los tiempos para mostrar en pantalla unos gramos más de los que soportan. Visto el escenario, no va a quedar más remedio que contar el nº de patatas fritas en la bolsa, medir el tamaño de galletas o helados y llevar a la tienda un recipiente graduado para verificar si el litro de jabón de lavadora o los cinco de agua son reales. Para que se hagan idea aproximada de la situación, ¡ incluso ha bajado, en el bar que frecuentamos, el nivel del café en la taza que nos sirven!
Dada esa -diría que casi- omnipresente reduflación tendera, en lo sucesivo me planteo encontrar el adecuado método que permita comprobar la cantidad de pasta de dientes que contiene el tubo correspondiente, sopesar azúcar o fideos, comparar el tamaño de las chuches para los nietos con alguna que otra ya olvidada en la despensa, contar el número de letras en el sobre para la sopa de las mismas, medir los metros de papel de váter en los rollos que pueda acumular en previsión de próximos brotes pandémicos y,
al repostar gasolina en cualquier surtidor, supondrán las reticencias con que muchos pagaremos, más allá de esos 20 céntimos de descuento, unos litros que quizá sean alguno más de los que cabían en el depósito.
De todo lo anterior podría concluirse que de ser cierto, como alguien afirmó en su día, que la mentira acaba por envenenar el espíritu, el de algunos debe estar que ni les cuento. Pero se trata de mantener en lo posible el IPC y evitar así los airados alaridos de la oposición política. En esa línea, nada como congelar el PVP con base a rebajar la cantidad o tamaño del producto, aunque ello suponga apostar por el MD (Meterla Doblada) con la Reduflación de por medio. Y en esas estamos.






















