Afirmaba Pessoa que para viajar basta con existir. Creo que llevaba razón, aunque el obligado tránsito hasta el propio fin, de no ser un vegetal, implica también desplazamientos más allá de uno mismo y, desde mis años de estudiante, nunca más en tranvía. Trenes sí, y algún que otro autobús en diversos países, pero nunca en mi ciudad de residencia hasta hace pocas semanas, cuando subí a uno de ellos y el disfrute que trajo aparejada la olvidada experiencia me ha movido a contarla y, por descontado, a repetirla.
Una delicia, ya les digo, esos ratos que me propongo menudear por el placer del trayecto sin volante entre manos y el destino como cuestión menor.
En la parada, asiento en el que relajarse sin otra ocupación que la de esperar su llegada, no más allá de 15 o 20 minutos y, una vez en marcha, todo el tiempo para otear en derredor esos paisajes desapercibidos cuando se es a un tiempo viajero y conductor. Las señales de tráfico o los pasos peatonales ya no reclaman nuestra atención y, en su lugar, podremos dedicarnos también, más acá de la ventanilla, a observar actitudes y comportamientos de los desconocidos que puedan acompañarnos en asientos aledaños. Dentro, precisas indicaciones luminosas en tres idiomas sobre las siguientes paradas, los minutos para llegar a ellas, conexiones posibles en cada una y todo, al disponer de tarjeta ciudadana, por treinta céntimos con independencia de la distancia, lo que se acerca bastante al regalo si consideramos el precio actual de los combustibles, ¿no les parece?
Vete por el mundo y maravíllate, aconsejaba un clásico y eso es, precisamente, lo que procura el autobús durante su periplo o en el paseo subsiguiente, sin necesidad de buscar aparcamiento y con la seguridad del regreso en iguales condiciones. Tengo la convicción de que acabaré siendo adicto al mismo, siquiera en esta urbe, Palma de Mallorca, y sus alrededores.
Pospuestas, hasta donde me sea posible, las gasolineras, y olvidada esa mirada fija más allá del motor o los controles de velocidad bajo pena de multa. Y si “viajar en autobús es vuelo gallináceo”, como escribiera Josep Pla, Pues ningún inconveniente en imitar al ave de corral. Y, en el ínterin, ¡que me quiten lo bailao!





















