En la lucha entre el yo y la realidad ponte siempre al lado de ésta, escribía Kafka. Sin embargo, Pedro Sánchez, el reiterado Presidente Provisional (PP, ya que es época de siglas y con perdón del PP), parece apostar decididamente por su persona con el adanismo de quien cree guardar el destino de todos en su propio bolsillo y es que, como alguien apuntara de otro con parecido perfil, el PP es de los que creen poder tocar el piano a cuatro manos. O a seis si se tercia y eso que tiene en común con Pablo. Como ocurría entre santos de igual nombre y de ahí, seguramente, el fraternal abrazo con el que culminaba su vía mística.
Porque Pedro el PP, ha pasado ya por las tres preceptivas fases del misticismo hasta llegar a su culminación. En la primera, la Purgativa, hubo de enfrentarse a los jerifaltes de su propio Partido y pasear en coche de la Ceca a la Meca en busca de sostén suficiente para el ansiado trampolín. Luego la Iluminativa, con éxtasis y visiones de un escenario que con inspiración podría construir a su medida por sobre elecciones y otras zarandajas; al precio que fuese y no para acercarse a Dios, sino en lo posible suplantarlo desde el laicismo tras, como el mitológico Narciso, verse reflejado con sin par belleza en los acuosos espejos del porvenir. Y por fin la tercera, Unitiva, donde recibe al otro y se funde con él en el susodicho abrazo de coalición. 
Ha sido sin duda una experiencia singular y que bien merecerá en su día otro libro de su parte en el que traduzca cómo, si dotado de oportunismo y autosuficiencia, puede lograrse esa polivalencia con la que, uno o múltiple según convenga, y del «No es no» al sí y a por todas, alcanzar el sillón del Altísimo, sito en Moncloa.
Por lo que a nosotros respecta, es sabido que en las negociaciones políticas siempre acaban pagando los mismos, y si el nuevo Narciso termina, en plazo variable y como su modelo, en el agua –de motu proprio o arrojado–, las salpicaduras podrían alcanzarnos. Así que a cuidarse, y cada quién en busca del mejor resguardo frente a lo por venir.
Muchos suponíamos que una globalización in crescendo traería aparejados beneficios sin cuento: aumento en oportunidades y de la justicia social, contagio democrático, decisiones compartidas… Sin embargo, nada más lejos de la realidad porque lo que viene primando es el interés del capital por sobre el de la población, en una concentración transnacional del poder económico en manos de corporaciones que se ciscan en el bienestar comunitario y atentas únicamente a su beneficio. Es el resultado de interacciones que subordinan solidaridad a depredación y, de ocurrir beneficios sociales, son únicamente un subproducto, toda vez que el ciudadano tiene como papel primordial el de potencial y manipulado cliente.
Ahí tenemos las cumbres de Kyoto, Johannesburgo, Río en 1992, Varsovia, París… Y Madrid en los últimos días, con ausencia de los países más contaminantes (China o USA, en primer y segundo lugar en cuanto a emisiones de CO2), así como dificultades para redactar los participantes unas líneas de consenso sobre las medidas que podrían adoptarse en determinado plazo y fingir, siquiera, avances sustanciales al respecto.
Entretanto, reuniones, cumbres y palabras vacuas: utopías para el medio plazo bajo la apariencia de concienciación, y el maquillaje para un rimbaudiano «Il faut changer la vie» que, quienes podrían hacerlo en mayor medida, se pasan por el forro, allanando el camino para que nuestros descendientes hagan suya la frase de Eluard, pero cambiando el tiempo presente por el pasado: hubo otro mundo y estaba en éste. Y así seguiremos, hasta la próxima Cumbre de Glasgow y más allá, mientras algunos sigan haciendo su particular agosto a lomos de la desertización
Han sido las típicas y tópicas sentencias papales, ejemplos de postureo y en ocasiones nebulosas vaguedades, las que hoy me empujan a estas líneas. «La amenaza más grave de los países desarrollados es la pérdida del sentido de la vida». ¡Toma ya! En Hiroshima afirmó hace poco que la posesión de armas nucleares es algo así como un pecado mortal, supongo que instando en consecuencia a la confesión y propósito de enmienda de Putin, Trump o Kim Jong Un; por la pederastia mejor pasar de puntillas, pero «La pobreza nos dignifica», sentenció. Se deduce que es la del vecino y de ahí el lujo Vaticano, de los palacios episcopales e iglesias cerradas para favorecer el dormir al raso. Son, por afianzar su papel de vigía moral, solo el culmen de una retahíla de contradicciones que explican por qué, como se ha publicado, el mayor porcentaje de creyentes se sitúa en los estratos de menor formación intelectual.
Se atribuye a Quevedo y en el siglo XVII la diatriba contra el Duque de Lerma, el mayor corrupto de su tiempo en España y que accedió al uniforme cardenalicio para procurarse la inmunidad que siguen procurando sotanas, mitras y solideos. Los curas fueron explícitos defensores del franquismo durante la guerra y tras la misma –incluido el Abad de Montserrat a tenor de sus declaraciones en 1942–; se conoce la connivencia de Pío XII con el nazismo y, por no seguir, el Vaticano no suscribió en 1966, como Estado miembro de la ONU, el pacto sobre unos derechos humanos con los que siguen llenándose la boca sin reparar en que, demasiadas veces, sus palabras no ocultan sino que subrayan las flagrantes discrepancias entre soflamas y hechos.
En resumen y hasta llegar a Bergoglio, el actual Pontífice, todo un ejemplo de lo que debiera ser modificado por tan pernicioso como lo pueda ser, en un próximo futuro, el cambio climático. Y es que si Dios existiera, el cabreo acumulado para con sus representantes imagino que sería de órdago.
La democracia en cualquier país — y en España está consolidada — tiene, entre otras funciones, la de limitar las ocurrencias tanto de gobernados como (y es tema más espinoso) de gobernantes, sin que pueda sobrevivir si se falta el respeto a las reglas previamente acordadas. El objetivo último, se decía en nuestra primera Constitución –hace ya más de dos siglos–, es procurar la felicidad de la nación y, de no estar en dicho camino como parece ocurrir en el caso de Cataluña, algo habrá que hacer de cara a esa amplia minoría que reclama, aunque sea desde una amalgama de sentimientos, razones y tópicos, el derecho a la independencia de una nueva patria: término que con independencia de quién lo pronuncie y perdón por el retruécano, sea en Madrid o Barcelona, se diría que ha perdido su antigua apostura para ser, como se apunta en Los cuadernos de Don Rigoberto, palabra tan triste como termómetro o ascensor.
No obstante, las divergencias entre los separatistas catalanes y el Estado español han llegado al extremo de que se impone la necesidad de alcanzar un equilibrio consensuado antes de que del enfrentamiento se sigan consecuencias irreparables, máxime porque conjugar opiniones distintas forma también parte de la esencia democrática, y considerar –por ambas partes — los argumentos que puedan contradecir los propios, evitaría que a día de hoy Nietzsche estuviera aún en lo cierto cuando afirmó que solo se escucha aquello para lo que se dispone de respuesta.
Sería probablemente el camino por el que avanzar al unísono, sin contradecir principio democrático alguno y daría razón a Heráclito: las mejoras nacen muchas veces de la previa discordia.
A veces, el ser uno mismo pasa también -¡hay que ver!- por gestos característicos: tics y otras minucias que obedecen a motivos varios aunque ninguno de ellos excluya necesariamente a los restantes. Así lo afirmaba Bufalino en una de sus novelas y es que ciertos detalles, que muchas veces contribuyen a perfilarnos frente a terceros, no se elijen o, de haberlo hecho en su día, el tiempo los ha convertido en inevitables.
No me refiero a la pelambrera de Trump o la coleta de Iglesias, determinantes de una imagen que ha terminado por subordinarse al color o longitud (del pelo), sino a movimientos; a tics tal vez con igual o mayor valor identitario y cuya reiteración se ha independizado de la voluntad en mayor medida que una eventual renuncia al tinte distinto o a la gomita para atar.
Cabría preguntarse si Paco Marhuenda sería el mismo de no menear la cabeza en las tertulias frente a cualquier intervención que ponga en solfa a la derecha de este país. O si acaso Rafa Nadal habría llegado a la cima del éxito de habérsele impedido frotarse las sienes y surcos nasogenianos antes de cada saque de pelota y, como es evidente, pasándose por el forro el consejo de no recorrer dos veces el mismo camino, aunque se trate de los situados a ambos lados de su nariz.
O siguiendo con él, artífice ayer de la victoria española en la Copa Davis, cómo le iría si un esparadrapo, estratégicamente colocado en una comisura labial, le impidiera torcer la boca cuando el golpe de raqueta. Y ya me parece escuchar la pregunta: ¿cada quién es presa de algún tic? No podría asegurarlo, pero estoy de oír, en mallorquín, «No xucles» (atribuyo el sonido, a modo de ronquido, a una rinitis, siquiera como excusa) hasta la coronilla. Que también me suelo acariciar cuando perplejo.