«La isla está llena de ruidos… que deleitan y no hieren». Así decía Shakespeare en La tempestad aunque, de haber vivido en nuestros días -y creo que también en otros lugares a más de cualquiera de las islas baleares-, habría suprimido el deleite para cambiarlo por tapones en los oídos tras visitar ciertos bares. Y hay excepciones, ¡faltaría más!, aunque incluso la tranquilidad de algunos puede verse interrumpida demasiadas veces por el follón del situado en sus inmediaciones.
Cuando dentro del establecimiento, la placentera convivencia se revela imposible y, de estar en soledad, ésta será sonora para dar razón a San Juan de la Cruz.
La falta de adecuada insonorización, sumada a la carpetovetónica costumbre de hablar a gritos y hacer de las carcajadas cantos de gallo, convierte con frecuencia el pretendido sosiego o el diálogo en imposible quimera. Y ni les cuento si sentados en la terraza, en la proximidad de ese omnipresente músico callejero de quien no podemos desconectar y que, de la mañana a la noche, nos torturará con el mismo repertorio en donde, con toda probabilidad, no ha de faltar O sole mío, el Bring back, bring back my bonnie to me, to me, o la musiquilla de Bella ciao, ciao ciao. Aunque de sugerir un «ciao, por favor» al intempestivo de turno, ni el menor caso.
Para acabarlo de arreglar, en los últimos meses buena parte de los bares que frecuento han sido presos del ciberfetichismo, y el camarero único y servicial que atendía, desde el pedido al cobro, ha sido sustituido por un equipo sometido al dictado de la tablet: el primero anota, teclado mediante y con variable habilidad: «Esto no funciona», «A ver: ¿qué me había dicho que quería…?». Un segundo servirá y el tercero, quizá ya el cuarto en visitarnos, vendrá a cobrar lo que marque el artilugio con el que aún debe familiarizarse.
Son los esclavos de ese «Internet de las cosas» que han suplantado al camarero de siempre, en el pasado capaz de memorizar sin sombra de error. A resultas de todo lo anterior, y de poder influir en los bares y cafeterías que jalonan mis paseos, aconsejaría cuidar el ambiente, mirar al cliente en vez de al teclado, el pan del día y una sonrisa. Como tiempo atrás.
Si nos atenemos a los registros verbales, de vocabulario, cualquiera podría colegir que mucho de lo que nos pasa no nace de nosotros como resultado de la fisiología ni el cerebro es origen o receptor, sino que los aconteceres habitan nuestro entorno hasta que, de echarnos el ojo encima, nos penetran e igualmente se van. En ambos casos sin pedir permiso. Es lo que he pensado más de una vez al escuchar alguna que otra expresión y atenerme estrictamente a lo que sugiere.
«Me ha venido una idea…», «El otro día me vino un dolor que ni te cuento, pero se me fue solo». «Últimamente se me ha ido el sueño», o «»Me entraron unas ganas de soltarle cuatro frescas…».
Se diría que estamos rodeados y a merced de imponderables; inmersos en un espacio que alberga lo que nos huye o cuanto está esperando el momento oportuno para meterse en nosotros, simples vasijas que acogen o se vacían, de modo que quizá la idea del ser supremo, dueño de un abanico que engloba cuanto pueda ocurrirnos, empezase por ahí. Y es que si todo entra y sale a su antojo, ¿cómo sentirse dueño o responsable de algo? ¿Cómo ejercer sobre esos albures el menor control?
O el pecado, nos cuentan, se inició con serpiente interpuesta, así que de libres e independientes más bien poco y, de juzgar por origen, mitos o algunas formas de expresión, ¡unos juguetes, vamos! Meros cuartuchos en los que entrar y salir, aunque también cabría en lo posible que estas líneas sean el resultado de habérseme ido la olla. ¡Y a saber dónde! Espero que me vuelva. Aunque sólo sea para elegir el tema del próximo post.
Ignoro si cabría diagnosticar las mismas como una infección que se ha cronificado en cualquier geografía pero, lo que es entre nosotros, algo así como la malaria en África central y, encima, sin vacuna a la vista ni proyecto en ciernes. De movernos por tierra, suciedad y devastación urbanizada a falta de profilaxis y, si es por aire, la estafa sobrevolando junto al viajero. En España, el descuento para los residentes insulares es compensado por las empresas de aviación aumentando el precio del billete; Iberia anulaba el viaje de regreso (ya pagado) de no tomarse el de ida y, en cuanto a Ryanair y sus desplantes o el sobrecoste por maletita, mejor un tupido velo.
Y todo lo anterior al margen de unas situaciones que deberían teñir de sonrojo a quienes aseguran, tras cada toma de poltrona, que pondrán definitivo coto a la corrupción mientras se hacen con el sueldo y en pocos años con pensión anticipada, al tiempo que estrangulan económicamente a los trabajadores autónomos y enarcan las cejas frente al mísero aumento del salario mínimo.
Y no sirve de consuelo comprobar que la abominable disyuntiva viene de antiguo, lo que podría apuntar a que la carrera hacia el desastre prosigue in crescendo y no es una mera ocurrencia propia de los pesimistas. Sin embargo, siquiera para un respiro, me propongo cualquiera de estos días argumentar en sentido inverso por tal de no abundar en la negatividad que tiñe los medios sin resultado alguno. Después, la balanza de la subjetividad dirá a cada cual hacia dónde apunta el futuro que nos aguarda.
Uno lee, oye hablar de arte con afirmaciones entre profundas y grandilocuentes ante las que no es fácil disentir, aunque el inexperto -cual es mi caso- quede en la duda sobre su justeza y verosimilitud. El arte es un medio de revelación (María Zambrano), alcanza su fin cuando se convierte en filosofía o estamos frente al único modo de decir la verdad y, para ello, debe haber intención en el mensaje que el artista pretende transmitir. Creaciones para herir la sensibilidad y evitar así la banalidad pero, a la vista de algunas «verdades» que me ha sido dado contemplar, sólo podría estar de acuerdo en lo de la herida si ésta incluye los frecuentes cabreos ante lo que parecen más bien tomaduras de pelo.

«La abstracción», comentó nuestro guía, y es que también puede ser un arte el de justificar cualquier idiotez, vacuidad o nadería (como el ejercido por muchos políticos, vamos), con la excusa de estar frente a un mundo paralelo: arte nuevo y que, por aún escasamente formados, nos coge a contrapié.
Pasados cinco años desde que anunciase la abdicación en favor de su hijo, pasando de jefe de Estado a rey emérito, el día 2 del presente mes se ha retirado de toda actividad institucional, aunque mantenga momio y prebendas que sin duda continuará agradeciendo, hasta que sea inhumado, al dictador aún por exhumar.
Más cerca de nosotros, es conocida la asiduidad con que acude a las plazas de toros para gozar del lamentable espectáculo ya prohibido en algunas CCAA. En Madrid, en la Semana Grande de San Sebastián… Y el mismo día en que anunciaba la retirada -de cuanto no le plazca o le compense como es su costumbre, aunque ahora con discurso de por medio-, apareció en la corrida de Aranjuez y no muy lejos de Abascal, el de Vox.
Tras el Roland Garros del domingo, en primera fila, ya sólo le falta aparecer en cualquier pelea de gallos (otras que las protagonizadas por los líderes políticos) para que la querencia republicana de una mayoría crezca un poquito más. Y es que para para legitimar una República no hay mejores argumentos que los que proporciona la realeza. Sobre todo cuando encarnada en según quién.